Archive for November, 2009

Siddhārtha (Buda)

Buda, el iluminado

Buda, el iluminado

Siddhārtha fue el creador de la religión budista, un sabio hindú nacido en Nepal, al pie de la cordillera, en una pequeña aldea.

Era el hijo preferido de un noble gobernante del lugar. Nació en el año 566 ac, en un momento de profundo cambio religioso y cultural, de renovación de las prácticas religiosas de la India. Su existencia creó un punto de inflexión, no solo en la India, sino en prácticamente toda la historia cultural de la humanidad.

A poco de nacer, fue visitado por el brahmán Asita, un sabio con poderes adivinatorios, que predijo que llegaría a ser un gran líder o maestro religioso, lo que consternó a su padre, pues quería que su hijo le sucediera en el trono. Dispuesto a evitar por todos los medios que la profecía se convirtiera en realidad, se decidió a evitarle la menor exposición a cualquier tipo de sufrimiento y dolor en la vida.

Así, hasta los 29 años, Siddhārtha vivió en una realidad ficticia, donde no existían el envejecimiento, la muerte o el dolor, propios del alma humana.

Siddhārtha entonces, comenzó a sentir curiosidad acerca de cómo era la verdadera existencia, la vida fuera del palacio. Pidió permiso a su padre para abandonar su seguro refugio, y conocer la ciudad. Su padre accedió, pero ordenó que se limpiara instantáneamente la ciudad de toda imagen triste que pudiera turbar al joven príncipe. Sin embargo, los cuidadosos arreglos fracasaron, cuando Siddhārtha no pudo evitar ver el dolor humano, la vejez y la enfermedad, en los rostros de sus súbditos, que salían a raudales a saludarlo. Cuando el joven se dio cuenta de que no estaba exento de esta realidad, entró en una gran depresión que turbó su mente. No comprendía para qué vivir, si todos vamos a terminar de la misma manera. Su vida, de golpe, carecía de un propósito.

Entonces, decidió abandonar su palacio, su esposa y su hijo, a fin de buscar una verdad suprema, una explicación a su dilema, que era el dilema universal de la existencia humana.

Nuevamente Siddhārtha vuelve a salir al exterior. Conoce un joven anacoreta, un mendigo ascético, un monje que se dedicaba a mendigar, y orar y a la vida virtuosa. Siddhārtha queda muy impresionado con este encuentro, y decide también el volverse un mendigo ascético, por lo que pasa varios años de privaciones extremas, rezando, meditando, y viviendo a penas con lo mínimo para garantizarle la existencia.

Así, de la mano de cuatro diferentes maestros, Siddhārtha aprende técnicas de meditación profunda, y se adentra en la exploración de diferentes estados de conciencia, siempre tratando de encontrar una respuesta a la pregunta que lo movilizaba: ¿para qué vivimos?

Al cabo de varios años, aprendió dos importantes lecciones: que el ascetismo extremo no llevaba a la liberación, y que llega un punto en que ningún maestro puede enseñarte más nada. En ese momento Siddharta comprendió que lo justo era el camino del medio, que tanto el ascetismo extremo como la vida de placeres del palacio eran dos extremos y que la verdad se hallaría en el justo medio; ni placeres exacerbados ni ascetismo extremo, todo en su justa medida.

Siddharta llega un día a un lugar donde había una higuera, y se sienta bajo su sombra, dispuesto a no levantarse hasta no encontrar la respuesta final, ese conocimiento que le faltaba para comprender la verdadera naturaleza de la relación entre el individuo (Atman) con un absoluto (Brahman).

Fue en ese mítico momento que según la tradición, llega a la comprensión del concepto de nirvana. Ya no pesaba sobre él la ilusión del falso yo: su verdadero ser estaba más allá de las dualidades de la vida material, la ira y las emociones; había trascendido el espacio y el tiempo, la vida y la muerte. Comprendió que nunca más volvería a renacer, que había roto el eterno girar de la rueda del samsara. Esto es el nirvana.

Siddhārtha despertó de sus meditaciones como un Buda (‘despierto’, ‘iluminado’) y siguió sentado bajo el árbol por algún tiempo, disfrutando de la dicha de la renunciación, de la liberación. Después empezó a enseñar sobre el nirvana a quien le oyera; fundando lo que se llegaría a conocer como el budismo.

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Zodiaco

Una de las misteriosas misivas de Zodíaco

Una de las misteriosas misivas de Zodíaco

Pocos asesinos seriales han dado tanto para hablar como Zodíaco. Su nombre es un misterio. Nunca pudo atribuirse una identidad certera al asesino que dejó al menos siete víctimas confirmadas, y cinco posibles víctimas que pueden ser atribuidas a él. Por más de diez meses asoló la región de San Francisco, teniendo como víctimas preferidas a jóvenes entre 19 y 30 años.

Zodíaco solía elegir parejas que estuvieran en sus coches, en momentos de intimidad. Los sorprendía y les disparaba a quemarropas. Pero también a una pareja la apuñaló.

Un periodista, Paul Avery, del San Francisco Chronicle, fue el vínculo elegido por este enfermo para comunicarse con la sociedad, y la policía. Solía enviar al diario misivas, en forma de criptograma (tres de ellas aún no han podido ser descifradas), donde explicaba las razones de sus ataques. Aparentemente, Zodíaco adoraba matar, le encantaba sentir la excitación y la diversión que arrancarle la vida a jóvenes personas le causaba. Él decía que cuando muriera y fuera al paraíso, sus víctimas le servirían de esclavos por toda la eternidad.

Entre diciembre de 1968 y octubre de 1969 duró el azote de Zodíaco. Luego, de la misma extraña manera en que comenzó, pareció calmarse. En 2001 se dio al caso el estatus de inactivo, pero por presión popular fue reabierto en 2007. Hasta el momento se ha podido extraer un perfil parcial de ADN. El mismo sólo sirvió para descartar a los posibles sospechosos, ya que nunca coincidió el perfil genético encontrado con los de quienes se pensaban que podrían haber sido los autores de los atroces crímenes

El sospechoso más firme había sido Arthur Leigh Allen, nacido 18 de diciembre de 1933. El 26 de agosto de 1992 muere, dejando muchas preguntas sin respuesta. Fue el único sospechoso investigado seriamente por la policía. En julio de 1971 un amigo de Allen comentó a la Policía de Manhattan Beach que él pensaba que Allen era Zodíaco. Efectivamente, se encontraron cuchillos ensangrentados en su auto, pero él dijo que los había usado para matar gallinas. También confesó haber leído un libro que Zodíaco mencionaba en sus crípticas notas, “El juego más peligroso”, y que le había encantado, y lo había impresionado mucho. Pero hasta ahí avanzó la investigación.

Nunca pudo atribuirse una identidad certera a Zodíaco, quien firmaba todas sus misivas con un círculo atravesado por una cruz. La dificultad para darle un nombre, radicó también en las increíbles diferencias que relataban los pocos testigos que lo habían visto, al tratar de hacer un identikit. Inclusive aún hoy no se sabe a ciencia cierta su raza.

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Carlos Eduardo Robledo Puch II

Carlos Eduardo Robledo Puch, en la actualidad

Carlos Eduardo Robledo Puch, en la actualidad

Es fácil imaginarse la excitación que habrá sentido el joven al asesinar a sus primeras víctimas, el placer, la excitación que emanaba de la adrenalina del momento. Cabe destacar que todas las víctimas de Robledo no representaban amenaza, porque no es que él intentó defenderse de alguna víctima que, naturalmente, trataba de repeler a su agresor. Robledo mató a casi todas sus víctimas mientras dormían. Muchos de ellos nunca supieron qué había pasado, porque nunca despertaron de su sueño.

Con 19 años, Robledo ya era un asesino consumado. Él y su socio Ibáñez robaban sin ningún empacho negocios, y supermercados, siempre asesinando a los serenos, u ocasionales cuidadores de los lugares. El modus operandi era similar. Entraban por el techo, descolgándose con sogas o mangueras, y luego daban el atraco, con total tranquilidad.

El 24 de mayo de 1971 asesinaron al sereno de un supermercado en Olivos, para llevarse la recaudación del lugar. El dinero entraba fácilmente, pero también se iba fácil, especialmente con el gusto que tenía Ibáñez por las mujeres. Gastaban todo en la barra de bares y en mujeres, pero a Robledo las mujeres no le interesaban. Sin embargo, no tenía problemas en acompañar a Ibáñez en sus violaciones, y hasta le hacía el favor a su amigo de ejecutarlas una vez ultrajadas. Las violaciones eran efectuadas en la ruta, y los cadáveres eran abandonados allí mismo. A Ibáñez le gustaban los coches poderosos, por lo que se dedicaba a robar Torinos, su favorito.

El 5 de agosto se acabó el romance entre los socios. Para los registros, Ibáñez murió en un accidente de autos, del cual Robledo salió ileso. Se cree en realidad, que Robledo lo mató, y lo hizo pasar por un accidente. Robledo necesitaba un nuevo socio.

Héctor Somoza ocupó el lugar del fallecido Ibáñez. Pero Robledo no estaba muy feliz, decía que le traía mala suerte (en un par de atracos que realizaron, el botín había sido muy escaso).

Robledo va a comprar un auto a una concesionaria. Va acompañado por su madre. Compra el vehículo, y paga en efectivo. Aprovecha la oportunidad para estudiar la caja de seguridad que estaba empotrada en el lugar. Ese fue su próximo golpe, y el último de Somoza.

Los muchachos entraron al lugar. Por supuesto, mataron al sereno, y trabajaron por cinco horas con total tranquilidad, con un soplete, tratando de abrir el tesoro.

Mientras Somoza está ocupado en eso, Robledo le dispara de improviso. Somoza lo mira con horror, y para no dejarlo sufriendo, Robledo lo remata de un disparo en la cabeza. “Era mi amigo”, dijo más adelante. “No iba a dejarlo sufrir”.

Para cubrir sus rastros, le quema la cara y las manos con el soplete, para que no pudiera ser identificado, pero se olvida de su cédula de identidad en el bolsillo del pantalón de Somoza. Al otro día lo detiene la policía en la puerta de su casa.

Fue juzgado y condenado en 1980. Sus últimas palabras ante el tribunal de la Sala 1ra de la Cámara de Apelaciones de San Isidro fueron “Esto fue un circo romano. Algún día voy a salir y los voy a matar a todos”.

En el año 2000 ya podía gozar del beneficio de la libertad bajo palabra, beneficio que decide no aprovechar, argumentando que “no estaba listo” para ser liberado. Pero en 2008 le entran las ganas de ser libre. Para ello, solicita sea efectivo el beneficio. Pero el juez rue atiende su solicitud se la deniega por considerar que no se ha reformado de manera positiva en ningunos de los aspectos sociológicos necesarios para vivir en libertad, además de no poseer familiares directos que puedan contenerlo.

Robledo Puch sigue preso en un pabellón para homosexuales del penal de Sierra Chica.

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Carlos Eduardo Robledo Puch

Carlos Eduardo Robledo Puch

Carlos Eduardo Robledo Puch

“Un joven de 20 años no puede vivir sin plata y sin coche”. Ese había sido el justificativo que había esgrimido este ángel rubio para cometer los crímenes más atroces. Un caso emblemático para probar que para forjar un despiadado criminal no siempre es necesario un hogar roto, o padres violentos o alcohólicos, o haber sido víctima de violencia sexual.

Robledo Puch había nacido el 22 de enero de 1952 en un hogar acomodado en la zona norte del conurbano bonaerense, a pocos minutos de la ciudad de Buenos Aires. Su padre era un ejecutivo de la General Motors, por lo que la familia contaba con una buena posición.

Había ido a las mejores escuelas, y su padre abrigaba la esperanza de que se convirtiera en ingeniero, como él y como su abuelo. Para ello, lo anota en la escuela industrial. A Robledo Puch le gustaban las máquinas. También le gustaba leer. Saca muchos libros de la biblioteca, y los devuelve rápido.

Es en la escuela industrial donde conoce a su primer socio del crimen, Jorge Ibáñez. Ambos abandonan la escuela. Se encuentran con frecuencia a tomar café, y a filosofar sobre las cosas de la vida. No hay plata para más, por ahora. Jorge insiste que su padre es un tipo “macanudo”. Ya tiene varias armas en su casa, y lo invita a Robledo Puch a practicar tiro. Robledo acepta encantado.

Robledo cumple 19 años. Su madre dice que está cansada, decide irse a Europa a reponerse. Por ello, prefiere viajar en barco, por lo que estaría ausente un largo período de tiempo. Su padre viaja por negocios. La casa estaría vacía. El campo perfecto para que Robledo se inicie una trágica carrera criminal. Lo primero que hace es robarse una moto que le gustó. Anda por el barrio de manera enloquecida, hasta que la choca y la deja tirada. Con excitación, le comenta a Ibáñez de su hazaña.

Pero los muchachos estaban para algo más grande. El primer golpe es a una discoteca, “Enamour”. Entran y saquean la caja con total tranquilidad. En otra habitación duermen el dueño y el sereno del lugar, que no se habían despertado. Pero Robledo los ultima de varios disparos mientras dormían. Los muchachos se alzan con un botín importante.

Ibáñez es un tipo violento. Le gusta violar mujeres, a las que Robledo ultima generalmente a los tiros.  a Robledo, las mujeres no le interesan. El 9 de mayo de 1971, a las cuatro de la mañana, Robledo Puch e Ibáñez ingresaron a un negocio de repuestos de automóviles Mercedes-Benz. Al entrar en una de las habitaciones, encontraron a una pareja y a su hijo recién nacido. Robledo  no dudó, asesinó al hombre de varios disparos. También le asesta a la mujer un certero disparo en el pecho, pero no muere, queda gravemente herida. Para Ibáñez no es inconveniente. Igualmente la viola, y deja la escena del crimen bañado en sangre. Pero la mujer, a rastras, logra pedir ayuda. Sobrevive, y luego testificaría en el juicio. Antes de huir, Robledo Puch disparó a la cuna donde lloraba un bebé de pocos meses, erró por poco, por lo que la criatura salvó su vida.

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El petiso orejudo

El Petiso Orejudo

El Petiso Orejudo

Todos tratamos de pensar que hay algo de bueno, de bondad en todos los seres humanos. Creemos que algo ha llevado a delinquir a ciertos individuos, pero que de alguna manera aún conservan ciertos valores, que los hacen en definitiva miembros de la raza humana. Pero con Cayetano Santos Godino, también conocido como el Petiso Orejudo, nos damos cuenta de que existe un componente de maldad humana innato en algunas personas. Son personas –si es que se las puede considerar así- que no solo realizan actos llenos de maldad, sino que gozan con un placer enfermo de sus obras. El contemplar el abismo negro de estas almas causa un escalofrío que conmueve a cualquiera. Da miedo el solo pensar que en el mundo en que vivimos puedan existir seres humanos así. Sin embargo, están, y algunos de ellos caminan libremente por las calles.

Tal es el caso de Godino, uno de los delincuentes más terribles, no sólo en la historia penal de la Argentina, sino del mundo entero. Pocas veces se han documentado casos de tanta maldad y sadismo, y menos en personas tan jóvenes, un niño como era Godino cuando cometió sus atroces crímenes.

Su carrera criminal comienza a los siete años de edad. En ese momento,  el  28 de septiembre de 1904 llevó a Miguel de Paoli, un niño de 21 meses de edad, a un terreno baldío donde lo golpeó hasta que fue detenido por un policía.

Al próximo año, llevó a Ana Neri,  una beba de 18 meses, a un baldío donde comenzó a golpearle la cabeza con una piedra. Afortunadamente volvió a ser detenido, pero fue liberado esa misma noche.

En 1906, volvió a llevar a una niña a un baldío donde intentó estrangularla –uno de sus métodos preferidos de muerte y tortura-  y luego la enterró viva. A los 10 años Cayetano se divertía torturando animales –una actividad común a muchos asesinos seriales, quienes comienzan su carrera criminal de esta manera-. Su padre mismo se dio cuenta de la bestialidad y maldad de su hijo, y lo entregó a la policía. Pero no sirvió de mucho, ya que sólo pasó dos meses detenido en una alcaldía, tras lo cual fue liberado.

A los 12 años, trató de ahogar a un bebé de 22 meses, pero fue detenido justo a tiempo. El 6 de diciembre los padres volvieron a llevarlo a la comisaría, pero esta vez permaneció encerrado tres años en la Colonia de Menores de Marcos Paz, pero a petición de sus padres fue liberado el 23 de diciembre de 1911.

Los crímenes, por supuesto, siguieron.  El próximo fue Arturo Laurona, de 13 años, muerto por estrangulación. Luego, prendió fuego al vestido de una niña de sólo 5 años, Reyna Vainicoff, quien murió días después a causa de las terribles quemaduras.

A Cayetano también le gustaba el fuego. Según sus propias palabras: “Me gusta ver trabajar a los bomberos… es lindo ver como caen en el fuego”. Al poco tiempo, incendió una estación de tranvías, y un aserradero. Pero no dejaría de lado su hobbie preferido, matar.

El 8 de noviembre de 1912 intentó estrangular a Roberto Russo, un niño de dos años, pero fue detenido. Esta vez fue procesado por intento de homicidio, pero fue liberado por falta de méritos.

El 16 de noviembre golpeó a Carmen Ghittoni, de 3 años, quien sólo recibió heridas leves ya que Cayetano fue detenido por un policía. El 20 de noviembre raptó a una niña de 5 años, Catalina Neolener, quien comenzó a gritar y alertó a un vecino de la zona que la rescató. A finales de noviembre incendió dos galpones, que fueron rápidamente apagados.

Su último crimen, y también el más comentado, sucedió el 3 de diciembre de 1912. A esta altura, con 16 años, raptó a un niño do tan solo 3 años, Jesualdo Giordano. Primero quiso estrangularlo, con el cordel con el que se ataba sus pantalones. Pero el niño se resistía a morir, entonces decide atarlo de pies y manos. Como no estaba seguro si había muerto, le clavo un clavo en la cabeza, con una piedra que uso de martillo. No conforme con eso, asistió al velorio del niño, y acercándose al cajón tocó al cadáver, y preguntó donde estaba el clavo que tenía en la cabeza, dónde lo habían puesto.

Finalmente, al siguiente día fue detenido, esta vez para siempre.

Fue condenado en primera instancia a dos años en el hospicio de las mercedes, ya que se lo consideraba inimputable. Pero, en 1915, la Corte Suprema, decidió que en realidad era capaz, por lo que ordenó su traslado al penal de Ezeiza, en la provincia de Buenos Aires.

En 1923 es llevado al penal de Ushuaia, en la provincia de Tierra del Fuego, un terrible lugar.

Aun en la cárcel no dejaba de lado su mayor placer: matar y causar sufrimiento. En 1933 mató a dos gatos, a uno de ellos lo tiró dentro de una estufa encendida, causando la muerte del animal. Los presos le dieron una terrible paliza que lo dejó enfermo por mucho tiempo. Jamás recibió atención ni visitas. Finalmente en 1944 muere, y se especula que fue a causa de la paliza que le habían propinado hacía ya 12 años.

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El oro de los incas II

Grabado de la época que muestra la ejecución de Atahualpa

Grabado de la época que muestra la ejecución de Atahualpa

Finalmente, en 1531 Francisco de Pizarro llega al Perú. La situación entre los Incas propiciaba la invasión por parte de los españoles. El emperador Inca Huayna Cápac, había muerto de viruela –una terrible enfermedad, inexistente hasta ese momento en América, que ingresó de la mano de los españoles, que se la contagiaban a propósito a los indígenas, dándoles ropas infectadas. Una vez que el emperador había muerto, se desató a su vez una guerra civil que enfrentó a los sucesores, Atahualpa y a su hermano, el Sapa Inca Huáscar.

Pizarro sólo contaba 180 soldados y 37 caballos, pero de todos modos avanzó sobre Cajamarca (ciudad del norte del Perú), donde toma prisionero a Atahualpa el 16 de noviembre de 1532.

Inmediatamente marcha sobe Cuzco, capital del Imperio Inca, siempre motivado por el fabuloso tesoro que se decía que tenían los Incas.

El Inca Atahualpa prometió pagar rescate, a fin de lograr su liberación, y ofreció llenar una vez de oro y dos veces de plata y piedras preciosas, y hasta donde alcanzara su mano, la gran estancia donde se lo mantenía prisionero. Los incas, así, para lograr la liberación de Atahualpa, se dispusieron a juntar plata y oro de todo Perú. Los metales preciosos fueron traídos a Cajamarca desde todas partes del imperio.

Los tesoros comenzaron a llegar a las manos de Pizarro, pero poco antes de completar el rescate, Pizarro decidió no devolverle la libertad a Atahualpa y quedarse con el rescate.

Movidos por la codicia, y en la búsqueda de más oro y plata, se decidió enjuiciar a Atahualpa, por cargos irrisorios, como idolatría, fratricidio, poligamia, usurpar el trono, incesto y no cumplir el rescate.

Atahualpa fue condenado a la muerte en la hoguera. Merced al vínculo que se había creado entre Pizarro y Atahualpa, Pizarro decidió conmutarle la brutal pena de morir en la hoguera por otra más “benigna”, morir por la de garrote, al abrazar la fe católica antes de ser ejecutado, el 26 de julio de 1533. Pizarro dejó testimonio de su afecto en su crónica, donde dice “yo vide llorar al Marqués. La noticia de su muerte dispersó a los pocos ejércitos indígenas que todavía se oponían a los españoles, y allanó el camino para la colonización de América del Sur, desde el norte del continente.

El hermano de Pizarro, Hernando, llevó lo que se había juntado hasta ese momento a España, a cambio de lo cual le fue otorgado el título de marqués a Francisco Pizarro.

Mientras se llevaba a cabo la pantomima de juicio, porque al decir verdad, la suerte de Atahualpa ya estaba echada, algunos vasallos del Inca creían que si juntaban el oro suficiente, mucho más que lo que ya se había entregado , los españoles se darían por satisfechos y soltarían a Atahualpa. Los fieles súbditos del Inca recorrieron las cuatro partes del Tahuantinsuyo, juntando todo el oro y las joyas que pudieron encontrar, y en interminable caravana se dirigieron a Cajamarca a hablar con los españoles. Pero antes de llegar recibieron la terrible noticia: Atahualpa ya había sido asesinado. Ya nada se podía hacer al respecto, por lo que abandonaron su camino.

Nunca se supo qué sucedió con aquel tesoro, si es que alguna vez existió realmente. Algunos especulan que fue enterrado bajo tierra, otros que en el fondo de una gruta sagrada a la que sólo algunos sacerdotes indígenas sabían llegar. La mayoría de los expertos creen se lo llevaron con ellos a una ciudad secreta en las montañas, la legendaria Paititi, último refugio y bastión inca que los españoles nunca encontraron y que muchos aún siguen buscando.

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El oro de los incas

El oro de los Incas

El oro de los Incas

Se dice que la codicia es uno de los siete pecados capitales. Por ello tal vez sea una de las motivaciones más viles que pueden movilizar a una persona a cometer actos atroces. Tal es el caso de los españoles, y los innumerables crímenes cometidos, en busca del mítico oro de los incas.

Francisco Pizarro González era el hijo ilegítimo del hidalgo Gonzalo Pizarro Rodríguez de Aguilar, llamado “El Largo”. Nació en Trujillo, Extremadura, el 16 de marzo de 1476. Su madre era una manceba, campesina y doncella de la tía de Gonzalo, Beatriz Pizarro. En consecuencia, su infancia fue muy pobre, a tal punto que se había convertido en un joven iletrado, que criaba chanchos para ganarse la vida. A los 20 años se marcha hacia Sevilla, donde se enlista en los tercios españoles. Así comienza su carrera militar. Es de destacar que la primera vez que llega a América, lo hace con el menor de los rangos, lejos de ser el marqués en que se convertiría luego, a fuerza de traiciones, engaños y brutalidad.

En 1502, llegó a América en la expedición de Nicolás de Ovando, quien había viajado par asumir el cargo de gobernador en lo que se conocía como la Isla de Santo Domingo, que alberga los países de República Dominicana y Haití. En 1509 se une a una expedición para socorrer al gobernador de Cartagena de Indias (en ese momento se llamaba Nueva Andalucía), ya que los nativos del lugar eran muy belicosos y usaban armas venenosas. Ojeda, quien era el gobernador de Nueva Andalucía, había sido herido en una pierna por uno de estos dardos venenosos, y se retiró a Santo Domingo, dejando la fortificación a cargo nada menos que de Pizarro, quien no era más que un soldado en ese momento. A partir de este evento, Pizarro comenzará a reunir poder, títulos y riquezas, a costa de sus “expediciones” y “conquistas” que no eran otra cosa que  hostiles para tomar el territorio indígena.

En 1524, Pizarro se asocia con Diego de Almagro y Hernando de Luque, un hombre influyente, cura de Panamá, para conquistar “Birú” o “El Birú” (el Imperio Inca del Perú). Los rumores hablaban de una fortuna incalculable, el oro de los incas, sobre la cual los conquiestadores tenían aspiraciones.

Pero, no era un viaje fácil. A finales de 1526, dos años después, la expedición de Pizarro llegó devastada y extenuada a la isla del Gallo. Los hombres se revelaron, y Pizarro marcó una raya en el suelo, y dijo que los que quisieran seguirlo, la cruzaran. Trece hombres tomaron la decisión de continuar con él, conocidos como los “Trece de la Fama“, o los “Trece caballeros de la isla del Gallo”.

Cinco meses esperaron los 14 hombres refuerzos en la isla del Gallo, hasta que llegaron, y así comenzaron su marcha sobre el imperio Inca, movidos por el deseo de riquezas.

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Felicitas Guerrero de Álzaga

Felicitas Guerrero, según un daguerrotipo de la época

Felicitas Guerrero, según un daguerrotipo de la época

Corría el año 1846 en la ciudad de Buenos Aires. Allí fue donde vio la luz Felicitas Guerrero de Álzaga. Nacida en una cuna de plata, dinero nunca le faltó. Su padre, Carlos José Guerrero fue el terrateniente que introdujo a la raza de vacas Aberdeen Angus al país. Su madre, Felicitas Cueto y Montes de Oca, era también de la alta sociedad.

Felicitas creció hermosa, y deseada por todos. A los 16 años, su padre la casa con un rico adinerado, Martín Gregorio de Álzaga. Don Álzaga era a la sazón un hombre de ya sesenta años. Felicitas no quiere saber nada con ese casamiento. Pero para su padre es una excelente idea, para que la chica sentara cabeza.

Aparentemente, llega a términos con este matrimonio forzado, y realmente comienza a vivir momentos de felicidad, con su esposo. Lamentablemente, la desgracia la perseguiría desde el primer momento.

Nada deseaba más Felicitas que ser madre. Sin embargo, el destino le negó esta bendición dos veces. El primer bebé murió en el parto. Su segundo hijo, Félix, moría a muy corta edad, aquejado por la terrible peste de fiebre amarilla que azotó a la ciudad por 1869. Al siguiente año, fallece Don Álzaga, aquejado por una profunda depresión.

Así Felicitas queda viuda, a una edad de no más de 26 años, y extremadamente rica. No pasa mucho tiempo hasta que se convierte en el blanco favorito de todo caballero que se preciara de tal de la ciudad de Buenos Aires.

Felicitas nunca se decide por ninguno, y así coquetea con todos, pero no le da sus favores a nadie. Uno de estos personajes, que revoloteaban alrededor de Felicitas era Enrique Ocampo, un hombre también mucho mayor que ella. Poco menos que Ocampo se convierte en un acosador, del cual Felicitas no puede despegarse.

El día del trágico final de Felicitas era un día de fiestas y felicidad. El  2 de Febrero, se inauguraría el Puente de la Postrera. La Postrera era una estancia, si, propiedad de Felicitas. El lugar estratégico donde se encontraba, la hacía el paso obligatorio por muchos años  de los pasajeros en ruta a la costa atlántica (la ciudad de Mar del Plata). El puente unía Castelli con Chascomús (dos ciudades del interior bonaerense).

Al acto asistiría el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Emilio Mitre.

Ese día, entonces, el 29 de enero de 1872, Felicitas parte hacia Buenos Aires, para comprar algunas cosas que necesitaba para la fiesta. Al regresar, se encuentra con Ocampo. Al parecer, el hombre le reclama violentamente, no haber resultado favorecido finalmente por Felicitas, ya que ella se había inclinado por otro pretendiente.

Sucede que un día, en viaje a una de sus estancias, se desata una terrible tormenta. Felicitas encuentra refugio en una estancia de un tal Samuel  Pedro Sáenz Valiente Higuimbothom. Inmediatamente queda enamorada de él. Por lo que ya había tomado una decisión con respecto a Ocampo.

Ocampo no acepta un no por respuesta y le dispara por la espalda. Luego, él muere. No queda claro si se suicida, o el primo de Felicitas lo remata. Felicitas muere al otro día en brazos de sus padres.

Presos de un dolor sin final, los padres, también sus únicos herederos, deciden invertir parte de la fortuna de Felicitas en realizar una iglesia, en el lugar exacto en que Felicitas muere. Así se construye la Iglesia de Santa Felicitas.

Dicen los testigos que se puede ver el fantasma de Felicitas, llorando en los días de tormenta, aferrada a los barrotes del portón de entrada.

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Anastasia Nikoláyevna Románova II

Anastasia, en tiempos felices, con su familia

Anastasia, en tiempos felices, con su familia

La idea de que Anastasia continuara con vida luego de la terrible masacre de la que habían sido víctimas su familia y sus colaboradores más cercanos, fue alimentada por muchos rumores, y testimonios que se prestaron en los años venideros. Siempre se especuló con la posibilidad de que varios de los soldados bolcheviques encargados de custodiar a la familia real terminaran de hecho simpatizando con ellos. Además, por bastante tiempo, los cuerpos peromanecieron sin ser vigilados en el camión que los transportaría, en el sótano o en los pasillos de la casa. También se apunta a que varios soldados, que no habían participado en la matanza y que también se habían relacionado de manera afectiva con las grandes duquesas, pudieron estar en el sótano con los cuerpos.

Es decir que si fuéramos un detective investigando un crimen, existió motivo y oportunidad para el “delito” de ayudar a Anastasia, en caso de haber sido solamente herida, y no rematada con el resto de la familia.

De las decenas de personas que dijeron ser supuestos miembros de la familia real con vida, el caso más resonante fue el de Anna Anderson.

En 1922 aparece en Alemania una mujer que decía ser Anastasia. Dos años después de la masacre, fue encontrada a punto de suicidarse saltando desde lo alto de un puente del río Spree en Berlín. Esto le valió la internación en una institución mental por dos años. La diferencia entre esta Anastasia y las demás, era la cantidad de detalles íntimos que supuestamente conocía de la princesa, su familia y su vida.

Así, nace el juicio más largo en la historia de Alemania, el de Anna Anderson reclamando su identidad como Anastasia Nikoláyevna Románova.

Durante una de las jornadas de este juicio, realizado entre 1964 y 1967,  el sastre vienés Heinrich Kleibenzetl, que vivía y trabajaba frente a la casa donde sucedió la masacre, declaró que pudo ver a Anastasia muy mal herida inmediatamente después de la matanza. La joven estaba siendo atendida por su casera, Anna Boudin, en una casa situada justo frente a la residencia real. Peter Kurth, relata en su libro Anastasia: El misterio de Anna (Anderson), Kleibenzetl declaró haber oído disparos que provenían de la casa real y una de las chicas que gritaba “Mamá”, y salió corriendo de allí. Kleibenzetl, turbado por lo que había sucedido, estuvo una hora y media caminando por el pueblo y al regresar vio cómo su casera llenaba un cubo con agua: “No entres en tu habitación” le dijo, para después decirle “Dios mío, en ti puedo confiar. Es Anastasia, la Gran Duquesa, está en tu habitación. Está herida. Estoy intentando que beba un poco de té”. Kleibenzetl le dijo que le ayudaría y subió las escaleras hasta su habitación: “La parte inferior de su cuerpo estaba cubierta de sangre, tenía los ojos cerrados y estaba pálida como una hoja”, declaró.”Le lavamos la barbilla, Frau Annouchka y yo, y la muchacha gimió. Debía tener los huesos rotos. Y entonces abrió los ojos durante un minuto“. Tres días estuvo la chica al cuidado de la casera, hasta que el mismo soldado que la había traído se la volvió a llevar. Kleibenzetl  no volvió a escuchar de ella.

El juicio de Anna Anderson fue oficialmente cerrado en 1970. En el mismo, se estableció que Anna Anderson no había podido establecer pruebas suficientes de que era Anastasia. Sin embargo, también se aclaró que no había evidencia suficiente de que Anastasia estuviera muerta.

Anna –o Anastasia- murió a los 94 años, en 1984, de neumonía, y su cuerpo fue cremado. No obstante, se extrajo adn de un pañuelo que le había pertenecido, el cual fue comparado con el de otros miembros de la familia, y se estableció que no había parentesco. ¿Sería verdaderamente de ella ese pañuelo?

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Anastasia Nikoláyevna Románova

Anastasia Nikoláyevna Románova

Anastasia Nikoláyevna Románova

Pocas historias cumplen tan bien los arquetipos de las novelas románticas del siglo XIX como la historia de Anastasia Nikoláyevna Románova.

Corría el año de 1917. Rusia, en manos de la revolución bolchevique, era un polvorín. Rápidamente los insurrectos tomaron como prisioneros  al Zar Nicolás II, a su esposa  Alejandra Fiódorovna, y a sus cinco hijos Olga, Tatiana, María y al malogrado zarévich de Rusia, Alexis. Luego de mantenerlos en cautiverio, con la promesa de que se los sacaría fuera del país, la noche del 17 de Julio de 1918 fueron despertados en el medio de la noche de manera intempestiva. Sus captores les dijeron que se vistieran, que por fin serían exiliados a la seguridad de otro país europeo amigo. Pero antes de partir, fueron conducidos a un sótano, con el pretexto de que se les sacaría una foto. Así, la familia real, y un reducido círculo de sirvientes y ayudantes (el doctor Sergéi Botkin, la doncella Ana Demídova, el cocinero Iván Jaritonov, el lacayo Alekséi Trupp y un perro) fueron llevados a uno de los sótanos de la casa. Ese fue el fin. ¿O no?

El ejecutor: Yákov Mijáilovich Yurovski. En 1989 se descubrió el informe de Yurovski, que había sido remitido al comando en jefe del ejército bolchevique: con el primer disparo murió el zar, de un certero tiro en la cabeza. Todo el resto de los presentes fueron alcanzados por la segunda ráfaga de balas. La zarina fue rematada a bayonetazos, inmediatamente. Pero, las niñas llevaban en sus corsés cosidas gran cantidad de joyas, debido a que sufrían constantes robos por parte de los soldados bolcheviques que los custodiaban. De esta manera, los mismos actuaron como improvisados chalecos antibalas, por lo que las niñas, aún con vida fueron llevadas fuera de la casa.

Según el informe de Yorovski, Anastasia y María se acurrucaron contra una pared con las manos en la cabeza, antes de ser alcanzadas por las balas. Según la versión de otro soldado, Piotr Yermakov, éste le explicó a su esposa que Anastasia había sido rematada a bayonetazos. Cuando llevaron los cuerpos fuera, una o más de una de las chicas empezaron a llorar, y fueron rematadas con golpes en la cabeza, de acuerdo con el relato de Yurovski.

Así comienza el derrotero de Anastasia, o su fantasma, por todo el mundo. Los rumores nunca cesaron. Inclusive, se recogieron testimonios que aseguraban haberla visto con vida en diversos lugares, tanto de Rusia como de Europa. De hecho, varios registros oficiales hablaban de allanamientos y búsquedas activas por parte del ejército en búsqueda de “Anastasia Románova”.

Un hecho sucedido en septiembre de 1918, que parece más factible de haber sucedido, relata que varios testigos pudieron ver  cómo soldados bolcheviques capturaban a una joven que intentaba huir del andén 37 de una estación de ferrocarril al noroeste de Perm. Los testigos fueron Maxim Grigoyev, Tatiana Sitnikova y su hijo Fyodor Sitnikov, Ivan Kuklin y Matrina Kuklina, Vassily Ryabov, Ustinya Varankina, y el doctor Pavel Utkin. Utkin era un médico que prestó asistencia médica a la chica luego del incidente. Cuando detectives del ejército blanco –brazo armado de la familia real- les mostraron a los testigos las fotos de Anastasia, la opinión de que se trataba de la heredera real fue unánime. Inclusive, el  doctor Utkin también explicó a los detectives que la muchacha le dijo: “Soy la hija del soberano, Anastasia“. Utkin consiguió una receta de una farmacia para un paciente llamado “N”, custodiado por la policía secreta. Más tarde, detectives del Ejército Blanco encontrarían registros de esa receta.

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