Archive for December, 2009
La tragedia del Kursk II
Algunos datos son escalofriantes. El Kursk poseía una boya de emergencia, que automáticamente debía ser desplegada en caso de un siniestro a bordo, pero había sido desactivada por motivos de seguridad, para no dar aviso de su locación.
Los reactores nucleares estaban protegidos por una pared de 13 centímetros de ancho, que gracias a Dios, y para beneficio de la humanidad, habían soportado muy bien las explosiones. De otra manera, la catástrofe hubiera alcanzado proporciones bíblicas. La mampara del quinto compartimento resistió la explosión, haciendo que las barras de control nucleares se mantuvieran en su lugar evitando un desastre nuclear. Los expertos occidentales han quedado admirados por la excelencia de la ingeniería rusa al crear un submarino que soportó semejante siniestro.
La onda expansiva de la primera explosión se propagó por los conductos de aire hasta alcanzar el puesto de mando, llenándolo de humo y fuego. Así el capitán había quedado demasiado aturdido o directamente muerto como para enviar la boya de emergencia.
La presión de los familiares de los marinos, hizo que por fin la armada soviética reconociera el siniestro. Cuando llegó la ayuda internacional ya habían pasado 16 días.
Hasta 4 horas después de la explosión final los sobrevivientes se refugiaron en la parte trasera del submarino. Se estima que allí sobrevivieron, al menos 16 de ellos, hasta 6 días después de la tragedia. Una terrible agonía. Heridos de gravedad muchos de ellos, sin comida ni agua, en el glacial fondo marino, a la espera de una ayuda que jamás llegaría.
Los supervivientes dejaron 3 notas, de las cuales solo dos se hicieron públicas, y no en su totalidad.
El Kursk fue levantado de su tumba marina por un equipo holandés de la empresa MAMMOET que usó la barcaza Giant4, y 115 de los 118 tripulantes muertos fueron recuperados y enterrados en Rusia.
Los reactores, afortunadamente intactos, fueron llevados a la Bahía de Sayda, y desarmados en 2001.
La tragedia del Kursk I
El poderío de guerra soviético había tenido su pico de desarrollo durante la década del 80, pero a partir de los 90, la falta de inversión había hecho que grandes lotes de barcos y submarinos quedaran sin la inversión necesaria para su correcto mantenimiento. Asimismo, el desarrollo del poderío nuclear ruso había sido destacado, produciendo armas de destrucción masiva de tecnología de punta. Pero, en el mundo globalizado de la década del 90 ya no había lugar para una carrera armamentista declarada, y obras de ingeniería que antes habían sido imponentes, ahora se sumían en la más triste decadencia.
Tal es el caso del K-141, el Kursk, el último submarino nuclear ruso de la clase Oscar-II. Había sido botado en 1994, y era considerado una joya de la ingeniería soviética. Medía 155 metros de largo, y cuatro pisos de alto, y era, sin medias tintas, el submarino de ataque más grande jamás construido. Su velocidad media (sumergido) era de 39 nudos, en términos de velocidad marina, era rapidísimo. Su autonomía –capacidad de funcionar sin atracar- era de 50 días, y llevaba 44 oficiales y 58 marineros. Pero, como con toda obra de ingeniería, a veces una pequeña falla puede convertirse en el principio del fin, en una trágica cadena de eventos. Tal es el caso del Kursk.
Durante la Guerra de Kosovo, en 1999 había cumplido una exitosa misión de espionaje sobre la Sexta Flota de la Marina de los Estados Unidos, y en agosto de 2000 había sido comisionado al mar de Barents, para realizar una serie de ejercicios.
El 12 de agosto del 2000, por la mañana, como parte de los ejercicios, el Kurks debía disparar dos torpedos sin carga explosiva a un crucero de batalla, clase Kirov. Pero, la falta de mantenimiento, y las insuficientes inspecciones realizadas, causaron que se derramara una pequeña cantidad de peróxido de hidrógeno (agua oxigenada) y que se filtrara por la tobera del torpedo. El peróxido de hidrógeno reaccionó químicamente con el latón de la tobera, y como la puerta de la torpedera estaba abierta (una práctica común para evitar que el aire se comprimiera en el tubo), la explosión alcanzó rápidamente el primer y el segundo compartimiento, matando en el acto a 7 marinos, y dejando aturdidos al menos a otros 36.
Pero dos minutos y quince segundos después, una explosión mucho más grande ocurrió. Para este entonces, el submarino ya había tocado fondo. La explosión fue equivalente a la de una entre 3 y 7 toneladas de TNT, y alcanzó los 3.5 grados en la escala de Ritcher, según las estaciones sismológicas cercanas. Alcanzó para abrir un agujero de 1 metro cuadrado en el casco, sentenciando la suerte de los marinos abordo. El casco del Kursk era admirable por su composición química de cromoníquel de 8,5 mm de grosor, con una excepcional resistencia a la corrosión, y tenía un doble fondo, lo que le daba el mote de “insumergible”, si tal característica puede ser aplicada a un submarino.
El evento de Tunguska
Treinta de Julio de 1908. Todavía faltaban algunos años para que se registren los sucesos de la revolución bolchevique, que alteraría la habitual tranquilidad de la Siberia Rusa. Hasta ese momento todo estaba en calma, en el poblado de Tunguska, cerca del río Podkamennaya. Pero a las 7 y 17 de la mañana, algo tremendo pasó, algo que nadie ha podido explicar fehacientemente hasta el día de hoy.
Literalmente, el cielo se abrió en dos. Una terrible explosión sacudió la tranquilidad del pueblo. En un área de casi tres kilómetros cuadrados, nada quedaba en pie. Afortunadamente, no había sido en el centro del pueblo, que sin duda se hubiera borrado de la faz de la tierra. El “evento” –tal es la categoría que se le da hasta hoy, pues nadie sabe muy bien de qué se trató en definitiva- partió en dos como si fueran mondadientes añejos árboles de decenas de metros de altura y troncos de más de dos metros de ancho. Todo se quemó en la zona impactada. Los animales y las plantas murieron calcinados en un instante.
En el poblado, ningún vidrio quedó sano. La onda expansiva tiró a las personas como si fueran muñecos.
Este es el relato del que da cuenta un sobreviviente, tal como consta en la Tunguska Home Page de la Universidad de Bolonia:
“A la hora del desayuno, yo estaba sentado cerca del puesto comercial de Vanavara, mirando al norte. De repente, vi que, directamente al norte, sobre la ruta Onkoul de Tunguska, el cielo se abrió en dos partes y apareció fuego, muy alto y muy ancho, sobre todo el bosque. La grieta en el cielo se hizo más grande, y toda la parte norte se cubrió de fuego. De golpe sentí tanto calor que se me hizo insoportable, como si mi camisa me quemara: del lado norte, donde estaba el fuego, vino una fuerte ola de calor. Me quise quitar la camisa y tirarla lejos, pero entonces los cielos se cerraron y se escuchó una fuerte explosión. Fui arrojado a varios metros de distancia. Perdí el sentido por unos instantes, pero entonces mi mujer salió y me llevó a la casa. Luego de eso se oyó un ruido, tal como si grandes rocas rodaran unas contra otras o como de un fuego de artillería. La tierra tembló, y cuando caí al piso, apreté mi cabeza contra la tierra, porque temía que me cayeran piedras encima y me golpearan. Cuando el cielo se abrió, un viento ardiente pasó entre las casas, como el que sale de la boca de los cañones, dejando surcos en el suelo y destruyendo los sembrados. Luego vimos que todas las ventanas se habían roto, y, en el granero, el pestillo de hierro de la cerradura se había partido en dos”.
Las causas que explicarían tal fenómeno son varias. Desde una bomba de hidrógeno, cosa muy improbable, porque la tecnología del momento no lo permitiría, hasta un choque de antimateria del espacio, que hubiera alcanzado la tierra en cantidades significativas como para producir la explosión. Los astrofísicos consideran tal posibilidad improbable, puesto que las cantidades de antimateria que se detectan son siempre minúsculas, y de ninguna manera alcanzarían para causar semejante explosión.
La teoría más aceptada es la de un meteorito de hielo, que al chocar con la tierra se hubiera sublimado (pasaje del estado de hielo al gaseoso directamente), causando tal cambio de estado una liberación de energía capaz de provocar los efectos mencionados.
El bebé del Corán
Ali Yakubov, tal es el nombre de la criatura, un bebé de tan solo 9 meses. Desde hace unas semanas, el minúsculo pueblo de Dagestán, al sudoeste de Rusia y de mayoría musulmana, se encuentra revolucionado por los milagros de los que son testigos. En la piel de las piernitas del bebé aparecen citas enteras del Corán, el libro sagrado de los musulmanes, con una regularidad asombrosa, cada lunes y viernes aparecen y permanecen legibles durante tres días. Después desaparecen tan misteriosamente como aparecieron.
Lo que se ha podido leer hasta ahora son máximas como:
“Dios que Alá”
“Sé agradecido con Alá”
“Alá es creador de todo lo existente”
Nadie ha podido comprender cómo es que se pueden ver con claridad las máximas extraídas del texto musulmán sagrado en claras letras árabes, estampadas como marcas de nacimiento en la piel del bebé.
Los padres del niño no se consideraban como personas “muy religiosas”, pero, según ellos, los prodigios de los que son testigos, los han hecho replantear su la profundidad de su fe.
Ya se organizan peregrinaciones de miles de personas a la casa de la familia de creyentes, que albergan la esperanza de poder llevarse algún objeto del niño, como un botón o una prenda de ropa, ya que dicho ítem tendría poderes milagrosos.
Los padres del bebé y las autoridades musulmanas locales creen a pies juntillas en que las marcas son verdaderos mensajes de Alá, enviados para todos los hombres. Tal es la opinión de Ismail Berdyev, vocero de la iglesia musulmana del Cáucaso.
Sin embargo, lógicamente, se han levantado voces en contra, como la de Lyudmila Luss, del instituto ruso de Inmunología, quien afirma que es posible realizar las frases de manera química. Muchos defensores de los derechos de los niños temen que los padres estén aplicando algún elemento sobre la piel de la criaturita que pueda causar los visibles estigmas, tales como la sal, o la pimienta.
Por su parte, los padres se han negado a hacer los estudios que se les requirió sobre la piel de bebé, a fin de determinar cuál es la verdadera causa de tan extrañas reacciones.
El cadáver de Evita III

Cementerio de la Recoleta, Lugar ¿final? de descanso de Evita
Lo que sigue es el argumento de una película de Indiana Jones.
Se decidió trasladar varios ataúdes idénticos, a diferentes puntos del mundo, desde lugares en América Latina, hasta Europa y el Lejano Oriente, para despistar a cualquiera que quisiera seguirle el rastro. Nunca se supo quién fue el autor material de la movilización del ataúd de Evita. Pero el derrotero fue más o menos así:
El verdadero cajón enviado por barco a Bruselas, Bélgica. De allí abordó un tren con destino a Bonn, Alemania Occidental.
Con total desconocimiento por parte del Embajador argentino, el cajón fue almacenado en un sótano de la embajada, junto a unos viejos archivos.
Pero eso no es todo. En septiembre u octubre de 1956, la fecha es incierta, el cadáver fue puesto en otro ataúd y trasladado nuevamente. Roma fue el primer destino, para finalmente recalar en Milán. Durante la última etapa del viaje, el cuerpo fue acompañado por una hermana lega de la sociedad de San Pablo, a quien se le indicó que el cadáver pertenecía a una viuda italiana, María Maggi de Magistris, que acababa de morir en Rosario, Argentina.
Bajo ese nombre, Eva fue enterrada en la parcela 86 del cementerio Mussocco, de Milán. Allí permaneció por espacio de 15 años, durante los cuales su paradero sólo fue conocido por un puñado de personas.
Pero todos sabemos que si hay algo que no abunda en la historia argentina es la tranquilidad institucional. Lanusse, el militar a cargo del país allá por 1971 se dio cuenta de que ya los militares no podían gobernar más a la republica. Decide aprovecharse del viejo líder, para ganar tiempo en el poder, o tratar de organizar un poco el caos en el que estaba sumido el país. Lanusse toma la decisión de restituir el cadáver de Evita a Perón, como parte del operativo retorno, que traería de vuelta al viejo líder a su desangrada tierra, con la intención –fallida finalmente- de lograr un poco de paz institucional.
Así, el 2 de setiembre de 1971, un hombre que decía llamarse Carlos Maggi, que no era otro que Héctor Cabanillas, se presenta en Milán con la intención de llevarse a su “hermana” de vuelta a su tierra. Efectivamente, se lleva el cadáver hasta Madrid, donde estaba Perón en ese momento en el exilio. Son 800 kilómetros más que el ajetreado cadáver debe recorrer.
Dicen que cuando Perón abre el ataúd, irrumpe en un terrible llanto, de volver a ver a su amada, tan perfecta, tan viva todavía, después de tantos años. Allí pronuncia las inmortales palabras: “No está muerta, solo está durmiendo”.
Perón vuelve al país, es elegido presidente. Asume, con su segunda esposa, María Isabel Martínez, de vice presidenta. Perón muere de un cáncer terminal, y el país arde en llamas. Isabel, quien está a cargo de los destinos de la república en esos momentos, es una mujer incapaz, insegura y mediocre. Decide repatriar el cuerpo de Evita, para que descanse al lado del General Perón. Y así lo hace. Finalmente Eva regresa al país, para descansar en paz.
El cuerpo fue depositado en una tumba de cuatro metros y medio de profundidad, en un sector privado del cementerio de la Recoleta, en Buenos Aires. Se construyó una tumba fuerte como la cámara acorazada de un banco, con la intención de prevenir cualquier tipo de robo del cuerpo. El destino quiso que ella estuviera en la Recoleta, mientras que Perón permanece en la quinta de San Vicente, residencia favorita del mandatario. Nunca más pudieron estar juntos nuevamente.
El cadáver de Evita II

No hay paz para María Eva Duarte de Perón
El pueblo lloraba a su reina muerta. Los grafitties abundaban en la ciudad. El pedido era uno solo: “Devuelvan el cadáver de Evita”. Rápidamente se organizaron patrullas de seguidores peronistas que requisaban cada rincón de la ciudad en busca del preciado tesoro. Cualquier pista, cualquier rumor era investigado de inmediato. Los militares que ocultaban el cuerpo se dieron cuenta de que no podrían permanecer con semejante objeto por mucho más tiempo.
El cadáver de Evita había sido colocado en un cajón de embalaje, sellado y trasladado a un depósito cerca del cuartel general del Servicio de Inteligencia del Ejército. Durante un mes ese fue el lugar donde estuvo escondido en secreto. Pero en enero de 1956 se tomó la decisión de trasladarlo. Así el ataúd peregrinó por media docena de depósitos y oficinas oficiales de Buenos Aires. Finalmente, la desesperación de los militares era tanta que no tuvieron más remedio que apelar a otra medida extrema –a la que los militares son tan afectos: se lo llevó al piso donde vivía el ayudante de Mori-Koenig, el mayor Antonio Arandia, junto con su esposa.
Arandia estaba paranoico que descubrieran que el cadáver estaba allí. Dormía con su arma reglamentaria debajo de la almohada. Una noche, siente ruidos en el baño. Dispara dos tiros en la oscuridad. Los ruidos los había hecho su mujer, que simplemente había ido al baño. De dos tiros la mata en el acto. La mujer estaba embarazada.
El cadáver volvió a ser trasladado. Fue llevado al 4º piso del cuartel general del Servicio de Inteligencia, el organismo que dirigía Mori-Koenig (quien primeramente había robado el cuerpo). Con una leyenda que decía “Equipos de radio”, el cajón fue apilado junto a otros cajones idénticos.
Al coronel Morl-Koerilg se le terminó la suerte. Fue destituido y reemplazado por el jefe del Servicio Secreto del presidente Aramburu, el coronel Héctor Cabanillas. Cabanillas se horrorizó al descubrir que el cuerpo todavía estaba escondido en el cuartel. Inmediatamente decidió tomar cartas en el asunto. Para los que dicen que el fin de todo es la muerte, la historia de Evita demuestra todo lo contrario.
El cadáver de Evita

Así se embalsamó el cuerpo de Evita
La abanderada de los pobres, la más bella de todas, había fallecido para desconsuelo de su pueblo que, en su gran mayoría, la adoraba, como se adora a una santa. A los 33 años, en la plenitud de su vida, un cáncer se había llevado inexorablemente a Eva Duarte de Perón. La tragedia sucedió el 26 de Julio de 1952.
El General Perón, por entonces presidente de la República Argentina, ordenó que el cuerpo fuera embalsamado. El proceso de embalsamamiento duró más de un año. El mismo estuvo a cargo de un experto, el patólogo español, el Dr. Pedro Ara. Parte del proceso consistió en reemplazar la sangre primero por alcohol y luego por glicerina, que mantiene el cuerpo intacto y otorga a la piel un aspecto casi transparente. Luego se le aplica una capa de cera al cuerpo, y al pelo también, el cual posteriormente es peinado con un peine fino, para dar un aspecto natural.
Dos millones de argentinos desfilaron por la capilla ardiente donde se realizaron las exequias de Santa Evita, como se le decía entonces.
Pero la suerte estaba a punto de cambiar para el general Perón. En 1955 se produce el golpe militar, y Perón debe huir al exilio en Madrid. Los militares habían tomado el poder.
Su misión fue sistemáticamente desarmar el aparato de poder de Perón, desacreditarlo, y minar el apego de la gente hacia su figura. Para eso, se apeló a violentas campañas de prensa, primero desacreditando al General, y luego, por ende, a Evita y a su matrimonio. Pero no fue suficiente.
El General Lonardi, el presidente de facto de ese momento, estaba desesperado. El cariño y el recuerdo de la gente no cesaban. Su idea era directamente destruir el cadáver de la ex Primera Dama. El mismo estaba en exhibición en la sala 63 del edificio de la Confederación General del Trabajo, en Buenos Aires.
Las cosas para Lonardi tampoco resultaron como él esperaba. El militar fue destituido por sus pares, víctima de una especie de golpe militar dentro del propio gobierno militar. Pedro Aramburu se convirtió en presidente. Corría el año 1955.
Aramburu también recibió “una papa caliente”, como era el recuerdo permanente de los pobladores por su extinta líder. Aramburu decidió tomar medidas extremas. Esa noche de Noviembre de 1955, el Dr. Ara, quien había embalsamado el cadáver, se encontraba sólo, como muchas veces en la sala donde estaba el cuerpo de Evita. De golpe, un grupo de militares irrumpe en el sitio, comandados por el coronel Carlos Mori-Koenig, jefe del servicio de inteligencia del Ejército. Lacónicamente explicó: “He venido a llevarme el cadáver”. Por más que el Dr. Ara protestó, nada se pudo hacer. Los soldados retiraron el cuerpo del fino ataúd de tapa de cristal donde se exhibía, lo colocaron en un ataúd modesto, corriente, como el de cualquier pobre mortal, y se lo llevaron. Por 16 años, su destino fue un misterio.
Las manos de Perón

El General, en su ataúd sin manos
Diez de Junio de 1987. La República Argentina hace sólo 4 años que ha salido de un gobierno de facto devastador. Todavía no ha pasado el tiempo necesario para que se borren de la mente de la gente los fantasmas de los desaparecidos, las torturas y la inteligencia de estado. Muchos fantasmas dan vuelta por la ciudad de Buenos Aires, pero nada tienen que ver con el ectoplasma o con el otro mundo. Son bien de este mundo, y bien corpóreos.
El lugar es el mausoleo del mítico General Juan Domingo Perón, en el cementerio más grande de la orbe porteña: el cementerio de la Chacarita. Si de buscar fantasmas se trata, este es el lugar indicado.
Muchos fanáticos del general acuden a ver su cadáver embalsamado, tras un cristal que permanece inmutable, aún cuando su querida Argentina se debata en terribles convulsiones internas, como la hiper inflación, los intentos de levantamiento militares y la pobreza, que crece a ritmo desenfrenado. Todavía no le perdonan que una terrible enfermedad haya evitado que se hiciera cargo de un país en llamas, y añoran al líder carismático que podía resolver con mano firme todos los problemas que se presentaran.
Pero ese diez de Junio, el horror se apodera de los presentes. Las manos del general habían sido cortadas con precisión quirúrgica, a la altura de las muñecas.
Un grupo de expertos que trabajan “como profesionales” entra al cementerio, presumiblemente cuando está cerrado el acceso al público, entra al mausoleo, abre la tapa de cristal del cajón, le corta las manos y se las lleva.
A partir de allí, ni siquiera le queda al pueblo el consuelo de una explicación para semejante aberración. Nunca se volvió a saber de esto, ni quién lo hizo, ni por qué.
La investigación después se contamina de pistas falsas. El comisario de la Federal Zunino, de la comisaría 29 de la calle Loyola es quien se encarga de la investigación. Las amenazas no faltan. El juez Jaime Far Suau del juzgado 27 que atiende la causa, recibe presiones de todas partes. Agobiado, decide tomarse unos días de vacaciones en Bariloche. Volvía de allí cuando murió en un sospechoso accidente en la ruta. No fue un accidente. Las gomas del auto habían sido infladas con gas.
Queda el sinsabor de no poder explicar la causa. Se especulaba sobre los motivos de semejante acto de necrofilia. Deseos de venganza de la cúpula militar de la dictadura. Muy improbable. Tomarse semejante molestia para lograr muy pocos efectos reales. Las míticas cuentas bancarias en Suiza, que solamente se abrirían con las huellas digitales del General, quedaron rápidamente descartadas. Al momento de realizarse los depósitos, no existía tal tecnología. Otra teoría da cuenta de un acto de la célebre logia P2 (Propaganda Due), integrada por el fascista Licio Gelli como respuesta a un incumplimiento de Perón, quien supuestamente, le solicito ayuda antes de asumir su tercer mandato.
Nada pudo comprobarse. Mientras tanto, los años siguieron corriendo, pero nunca pudo saberse la verdad. Ni siquiera la muerte le ha podido garantizar el eterno descanso a Perón y Evita.
¿Quién era Jack en realidad?
Posted by valeria in Asesinos y crimen on December 16th, 2009

¿Quién es Jack?
Nunca se pudo saber con exactitud quién era Jack, debido en parte a las burdas técnicas de investigación forense del momento, y también se especula que se quiso ocultar al verdadero autor, Alberto, Duque de Clarence, miembro de la familia real.
En la década del noventa, se encontró un pequeño reloj de oro, con la leyenda “Yo soy Jack” y las iniciales de las víctimas: MN, AC, ES, CE, MK. También fue hallado un diario donde se describía en detalle los crímenes. El nombre del autor: James Maybrick, un prominente comisionario algodonero de Liverpool. Se dijo en un primer momento que estos objetos eran un fraude. Pero análisis posteriores realizados con microscopio electrónico, y otros modernos métodos de investigación revelaron que el reloj podría haber sido de la época en que Jack azotaba la noche londinense.
Otro sospechoso que tiene muchos puntos a su favor es Montague John Druitt un abogado, tenista y maestro de escuela. Montague se suicidó inmediatamente luego del asesinato de la última víctima, y los crímenes cesaron. Su familia estaba convencida que de el bueno de Montague era Jack. Ya en la época era considerado un firme sospechoso, y aparece mencionado en el Memorados Macnaghten, un libro escrito en 1889, por Sir. Melville Macnaghten, quien estaba a cargo oficialmente de la investigación. El cuerpo de Montague apareció flotando en el río Támesis, en avanzado estado de descomposición. Si su familia estaba tan convencida de que era el asesino, cabe la pregunta ¿suicidio o asesinato, en un intento de terminar con esta carrera de muerte y horror? Ciertamente tuvo éxito, porque los asesinatos cesaron. Por otro lado, es improbable que un verdadero asesino serial se suicide, ya que se trata por lo general de una personalidad extremadamente narcisista y egocéntrica. El suicidio no es opción.
En 2006 se realizó un análisis de ADN a una de las supuestas cartas que Jack había enviado, y se llegó a la conclusión de que era una mujer. Se comenzó a hablar de Jill, la destripadora. Pero también podría haber escrito la carta con sus manos manchadas con sangre de una de sus víctimas. También se duda, porque no se corresponde con el perfil de los asesinos seriales el que sea una mujer. En definitiva, una información que no ayudó a esclarecer el caso.
Otro sospechoso fue Walter Richard Sickert (1860-1942), quien era un pintor de origen alemán. La acusación se basa en que hay gran número de evidencias que apuntan a Sickert. Patricia Cornwell, una investigadora lo declara el asesino sin discusión en un libro intitulado “Retrato de un asesino. Jack el Destripador: caso cerrado”. Pero, es extraño, o al menos inusual que un asesino serial de estas características pare porque sí. En general las ansias de matar van in crescendo, y nada, salvo la muerte o la cárcel, lo hacen detenerse.
Otra teoría seria le atribuye los asesinatos a Melville Macnaghten (1853-1921). Melville era investigador de Scotland Yard, y, se supone que cometió los asesinatos para obligar a su jefe a dimitir. Cuando Melville fue puesto a cargo de la investigación, los asesinatos misteriosamente cesaron. También se dice que la letra de Melville era igual a las de las misivas de Jack, especialmente cuando escribe “Querido Jefe”. Nuevamente, inusual actitud para un asesino serial.
La última teoría, desarrollada en 1997 por Trevor Marriott, ex investigador de Scotland Yard, apunta a que Jack era en realidad un marino, que había llegado a Londres en el barco “Sylph”, un carguero de 600 toneladas. El barco había tocado puerto en Londres procedente de las islas Barbados en julio de 1888, justo un mes antes del asesinato de la primera víctima, y había zarpado hacia Managua (Nicaragua) dos semanas después del asesinato de la última víctima.
En Managua, justamente, se produce una serie de homicidios brutales similares a los de Jack que dejaron perplejos a los investigadores. De hecho, se especulaba en los diarios de ese entonces, que en realidad fuera Jack.
Las coincidencias siguen: el 17 de julio de 1889, Alice McKenzie, otra prostituta, aparece muerta de igual forma en Londres. Más tarde, en octubre de ese mismo año, en Hamburgo, otro puerto muy frecuentado por marinos, es escenario de otro crimen similar.
En definitiva, los años han pasado. Las técnicas de investigación forense han mejorado de manera astronómica. Pero la verdadera identidad de Jack sigue siendo tan misteriosa como en 1888. Tal vez sea esta aura de misterio la que ha marcado a fuego los atroces crímenes de Jack en la memoria de la humanidad.
Jack el destripador
Posted by valeria in Asesinos y crimen on December 16th, 2009

Carta de Jack el Destripador
Segunda mitad del año 1888. Plena sociedad victoriana en Londres. Todavía era una época en que se conserva cierta ingenuidad por parte del ciudadano común. De repente, los cadáveres descuartizados de pobres prostitutas empezaron a acumularse en el barrio bajo de Whitechappel, un suburbio frecuentado por las clases más bajas de la ciudad.
Las características comunes de los asesinatos eran las siguiente: mujeres, prostitutas, a veces ocasionales, que aparecían con la garganta degollada de izquierda a derecha, y todas mutiladas. La parte favorita de Jack era el abdomen, aunque no se privaba de otras partes del cuerpo. Lo primero que hacía era agarrarlas por detrás y con un certero corte de izquierda a derecha las silenciaba, para siempre. A partir de ese momento, estaban a su más completa merced, para que se “divirtiera” como él más quisiera. A muchas les sacaba el útero, y otros órganos internos. Pero la manera en que lo hacía era como la de alguien que tenía conocimientos y herramientas de un médico, o alguien avezado en anatomía humana. Las víctimas fueron Mary Ann Nichols (de 43 años), Annie Chapman (de 47), Elizabeth Stride (de 45), Catherine Eddowes (de 46), y Mary Jane Kelly (de 25, su víctima más joven).
El nombre Jack se lo dio el mismo, supuestamente, en una misiva que envió el 27 de septiembre de 1988, a la Agencia Estatal de Noticias. Como a muchos otros asesinos seriales, a Jack le gustaba la publicidad, y burlarse abiertamente de los policías que nunca pudieron detenerlo. En la misma podía leerse:
Querido Jefe, desde hace días oigo que la policía me ha capturado, pero en realidad todavía no me han encontrado. No soporto a cierto tipo de mujeres y no dejaré de destriparlas hasta que haya terminado con ellas. El último es un magnífico trabajo, a la dama en cuestión no le dio tiempo a gritar. Me gusta mi trabajo y estoy ansioso de empezar de nuevo, pronto tendrá noticias mías y de mi gracioso jueguecito…
Firmado: Jack el Destripador
La ironía, el sadismo y la diversión que este “jueguecito” le producía es el común denominador de los asesinos seriales. Es increíble cómo, con matices, el mismo comportamiento se repite a través de los siglos de la historia forense: Zodíaco, Charles Manson, Landrú.
Muchos investigadores, a lo largo de los años, se han abocado a descubrir la identidad de Jack, llegando a considerarse el tema prácticamente como un objeto de culto. La realidad es que Jack jugó su “gracioso jueguecito” hasta cuando tuvo ganas, y nunca nadie pudo impedírselo.



