La flor del ceibo es la flor nacional de la República Argentina, y su origen se narra en la bellísima leyenda de Anahí, la de la voz de pájaro. Cuentan los indios guaraníes que hace muchos años, su gran cacique tuvo una hija única, Anahí, que por su gran fealdad no conseguía marido. La muchacha, sin embargo, había sido recompensada con una voz maravillosa que las aves mismas envidiaban, y era feliz entonando dulces melodías mientras paseaba por los bosques de su patria amada.
Un día, los guaraníes avistaron el desembarco de los primeros españoles en sus tierras. Pronto descubrirían que esos hombres a los que en un principio habían confundido con dioses sólo querían despojarlos y esclavizarlos. Pese a su inferioridad numérica, el padre de Anahí decidió atacarlos: prefería una muerte digna a una vida de esclavitud para su pueblo. Anahí lo despidió con orgullo. Días después lloraba sobre su cadáver, traído por los escasos sobrevivientes de la terrible derrota. Tras la muerte del cacique, la tribu se reunió en asamblea para discutir sus acciones futuras. Pero cuando la idea de entregarse voluntariamente como esclavos a los españoles para tener una mínima chance de sobrevivir comenzaba a hacerse fuerte, Anahí se puso de pie y pidió que la siguieran en una lucha distinta, basada en la astucia y no en la fuerza.
Desde entonces, el pueblo guaraní aprovechó al máximo su única ventaja sobre el enemigo. Los españoles no conocían bien el terreno, lo que se volvería su talón de Aquiles. Pronto comenzaron a notar que quien se alejaba unos pocos pasos del campamento moría atravesado por flechas que parecían venir de ninguna parte, y que los supuestos ataques de los indios no eran más que celadas para conducirlos a lo profundo del bosque, donde eran devorados por los animales salvajes. No tardó en difundirse entre ellos la leyenda de que los guaraníes eran comandados por un guerrero casi sobrenatural, de muchos metros de altura y manos como garras.
Grande fue su sorpresa cuando apresaron a la verdadera artífice de la resistencia, una muchacha menuda y delicada. Anahí, traicionada por sus sentimientos, se había acercado demasiado al campamento español, dispuesta a matar al soldado que había acabado con la vida de su padre. Los españoles atribuyeron sus hazañas a las artes de la hechicería y la condenaron a morir en la hoguera. Fue así que la condujeron a un bosque cercano, donde luego de abusar salvajemente de la indiecita, encendieron la hoguera del terrible suplicio.
Anahí, sin embargo, no gritó de dolor al ser abrasada por las llamas. De su garganta, en cambio, salió un dulce canto que pedía por su pueblo y por sus bosques. El mismo que había entonado para despedir a su padre. Y ante los ojos atónitos de sus verdugos, su cuerpo fue transformándose en un robusto tronco del que pendían ramilletes de bellas flores coloradas. Había nacido la flor del ceibo, símbolo de libertad y dignidad. La flor nacional de la Argentina.
