Anastasia Nikoláyevna Románova


Anastasia Nikoláyevna Románova

Anastasia Nikoláyevna Románova

Pocas historias cumplen tan bien los arquetipos de las novelas románticas del siglo XIX como la historia de Anastasia Nikoláyevna Románova.

Corría el año de 1917. Rusia, en manos de la revolución bolchevique, era un polvorín. Rápidamente los insurrectos tomaron como prisioneros  al Zar Nicolás II, a su esposa  Alejandra Fiódorovna, y a sus cinco hijos Olga, Tatiana, María y al malogrado zarévich de Rusia, Alexis. Luego de mantenerlos en cautiverio, con la promesa de que se los sacaría fuera del país, la noche del 17 de Julio de 1918 fueron despertados en el medio de la noche de manera intempestiva. Sus captores les dijeron que se vistieran, que por fin serían exiliados a la seguridad de otro país europeo amigo. Pero antes de partir, fueron conducidos a un sótano, con el pretexto de que se les sacaría una foto. Así, la familia real, y un reducido círculo de sirvientes y ayudantes (el doctor Sergéi Botkin, la doncella Ana Demídova, el cocinero Iván Jaritonov, el lacayo Alekséi Trupp y un perro) fueron llevados a uno de los sótanos de la casa. Ese fue el fin. ¿O no?

El ejecutor: Yákov Mijáilovich Yurovski. En 1989 se descubrió el informe de Yurovski, que había sido remitido al comando en jefe del ejército bolchevique: con el primer disparo murió el zar, de un certero tiro en la cabeza. Todo el resto de los presentes fueron alcanzados por la segunda ráfaga de balas. La zarina fue rematada a bayonetazos, inmediatamente. Pero, las niñas llevaban en sus corsés cosidas gran cantidad de joyas, debido a que sufrían constantes robos por parte de los soldados bolcheviques que los custodiaban. De esta manera, los mismos actuaron como improvisados chalecos antibalas, por lo que las niñas, aún con vida fueron llevadas fuera de la casa.

Según el informe de Yorovski, Anastasia y María se acurrucaron contra una pared con las manos en la cabeza, antes de ser alcanzadas por las balas. Según la versión de otro soldado, Piotr Yermakov, éste le explicó a su esposa que Anastasia había sido rematada a bayonetazos. Cuando llevaron los cuerpos fuera, una o más de una de las chicas empezaron a llorar, y fueron rematadas con golpes en la cabeza, de acuerdo con el relato de Yurovski.

Así comienza el derrotero de Anastasia, o su fantasma, por todo el mundo. Los rumores nunca cesaron. Inclusive, se recogieron testimonios que aseguraban haberla visto con vida en diversos lugares, tanto de Rusia como de Europa. De hecho, varios registros oficiales hablaban de allanamientos y búsquedas activas por parte del ejército en búsqueda de “Anastasia Románova”.

Un hecho sucedido en septiembre de 1918, que parece más factible de haber sucedido, relata que varios testigos pudieron ver  cómo soldados bolcheviques capturaban a una joven que intentaba huir del andén 37 de una estación de ferrocarril al noroeste de Perm. Los testigos fueron Maxim Grigoyev, Tatiana Sitnikova y su hijo Fyodor Sitnikov, Ivan Kuklin y Matrina Kuklina, Vassily Ryabov, Ustinya Varankina, y el doctor Pavel Utkin. Utkin era un médico que prestó asistencia médica a la chica luego del incidente. Cuando detectives del ejército blanco –brazo armado de la familia real- les mostraron a los testigos las fotos de Anastasia, la opinión de que se trataba de la heredera real fue unánime. Inclusive, el  doctor Utkin también explicó a los detectives que la muchacha le dijo: “Soy la hija del soberano, Anastasia“. Utkin consiguió una receta de una farmacia para un paciente llamado “N”, custodiado por la policía secreta. Más tarde, detectives del Ejército Blanco encontrarían registros de esa receta.

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