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Quetzalcoátl y Tezcatlipoca
Posted by valeria in Mitos y Leyendas de Mexico, leyendas on May 11, 2010
Quetzalcoátl, “la serpiente emplumada”, es uno de los dioses más antiguos de la mitología mesoamericana. Aparece en el panteón de la cultura Chichimeca y era adorado también por los Toltecas. Entre los Mayas se lo conocía como Kukulcán. Pero fueron los Mexicas o Aztecas quienes lo convirtieron en uno de sus dioses centrales, junto a su gemelo y antagonista Tezcatlipoca. Al día de hoy, no hay acuerdo entre los historiadores acerca de cuál de los 2 tenía más peso en la religión mexica.
Tal vez, porque los Mexicas creían profundamente en la naturaleza dual del Universo, que contenía en su interior a la vez todas las posibilidades de creación y destrucción. Por eso, Quetzalcoátl es fecundidad y creación, “aquel por el cual vivimos”, según los Mexicas. Y Tezcatlipoca, su gemelo, cuyo nombre significa “espejo de humo”. Tezcatlipoca es el reverso exacto de su hermano. Ambos dioses son completamente opuestos, pero según los antiguos códices mexicas, comparten exactamente los mismos atributos y cualidades.
Tezcatlipoca es el señor de las batallas, amo de la vida y la muerte. Pero también es amparo y guía del hombre, y fuente de todo poder y felicidad. Era ante él que los espíritus de los muertos debían presentarse, con un yugo al cuello y envueltos en una piel de ocelote. Tezcatlipoca decidía entonces que pruebas debían enfrentar para demostrar que eran dignos de ingresar a la morada de Mictlan, el reino de los muertos.
Cuenta la leyenda que Quetzalcoátl y Tezcatlipoca crearon el mundo sobre el cuerpo de Cipactli, un monstruo mítico. Y que Tezcatlipoca sacrificó para eso su pie, ofreciéndolo como señuelo para atraer a la bestia. Y así la capturaron, haciéndola salir del vasto océano que era todo lo que había por entonces en el Universo.
Para los Toltecas, fue Quetzalcoátl quien creó el mundo. Y su hermano, descendiendo hacia la tierra por una tela de araña, quien destruyó toda su obra. Su acción, sin embargo, no tuvo efectos devastadores sino de transformación.
Quetzalcoátl era representado a veces como un hombre de larga barba y piel blanquísima. Por eso, los Mexicas creyeron al conquistador Hernán Cortés una encarnación de su dios creador.
Cuando comprendieron su error, ya era tarde.
Las Nornas
Las nornas son dísir –plural de “dis”-, espíritus femeninos de la mitología escandinava. No son diosas, pero el destino de hombres y dioses pasa por sus manos. En algunos poemas épicos se habla de una gran cantidad de nornas, que habitan en los bosques y están asociadas cada una al destino de una persona en particular. Las tres nornas principales, sin embargo, las que aparecen en todos los relatos míticos, viven en el centro del cosmos, bajo las raíces del gran fresno Yggdrasil, y se ocupan de regarlo y abonarlo para que jamás se seque. Pero su labor principal es otra. Día tras día, las nornas tejen infatigables en sus telares. Cada uno de los hilos que entrelazan en sus tapices es la vida de un hombre. La longitud del hilo indica si se trata de una vida larga o corta. Cada vez que las nornas, al tejer, cortan un hilo, la vida de una persona llega a su fin.
Las nornas son las encargadas de que se cumpla el destino.
Urd es la norna de lo que ha ocurrido. Verdandi, la del presente. Skuld, la más joven, es la norna de lo que debe ocurrir: el destino. Por eso, Skuld acompaña a veces a las Valquirias durante las batallas, y decide qué guerreros deben morir ese día. Y los escolta luego junto a ellas hasta el Valhalla, la morada final de los guerreros.
En algunos relatos míticos, las tres nornas representan el pasado, el presente y el futuro, al mismo tiempo, ya que estos tres momentos se han entrelazado de tal manera en sus tapices que ya ni ellas mismas son capaces de distinguirlos y separarlos.
Para la mitología escandinava, ni siquiera los inmortales son eternos: todo acabará algún día. Por eso, los dioses tienen sus propios tapices, en los que las nornas entretejen pacientemente la trama de sus destinos. Pese a los intentos de las divinidades, las nornas jamás les permiten verlos.
Las nornas emplean en sus tapices hilos comunes para tejer el destino de los simples mortales, e hilos de oro para las vidas extraordinarias de los héroes.
Thor, el dios del trueno
Thor es un dios compartido por las mitologías nórdica y germánica. Habitualmente se lo presenta como el dios del trueno, pero también tenía influencia sobre la protección de las cosechas, la suerte de las batallas y los viajes, la justicia y el clima.
Para las tribus germánicas era el dios principal y más venerado, y son numerosas las leyendas que narran sus hazañas. En las Eddas, recopilaciones medievales de los mitos nórdicos, Thor cumple habitualmente el papel de protector del Midgard, el mundo de los hombres.
Su arma era el martillo arrojadizo, y era habitual que sus adoradores realizaran pequeñas réplicas que les sirvieran como amuleto protector. Durante el proceso de cristianización de la península escandinava, estos amuletos adquirieron un nuevo significado al convertirse en símbolos de la rebeldía y resistencia paganas.
Thor es el hijo del dios mayor Odín, y su madre es la personificación de la tierra. Tiene una hija y un hijastro de su esposa, Sif, otro hijo de la gigante Járnsaxa y un hijo, personificación de la ira, de madre desconocida.
Considerado el patrón de la ley, se lo suele relacionar con las runas y las ceremonias de consagración y muchos poemas exaltan sus habilidades mágicas y su gran sabiduría. Se canta que es capaz de cambiar de tamaño y forma y que los truenos y relámpagos que envía durante las tormentas hacen madurar los cultivos. Habitualmente se lo representa como un gran guerrero capaz de derrotar un ejército de gigantes con la sola ayuda de Mjolnir, el martillo que jamás falla su blanco.
Sin embargo, Thor no representa la búsqueda de gloria en el campo de batalla, sino que cumple allí una función eminentemente protectora. De allí que fuera adorado principalmente por artesanos y campesinos.
Thor vive en el Asgard, la morada de los dioses, en Bilskirnir, el palacio más grande de todos. Allí, en las 540 habitaciones que comparte con su esposa Sif y sus hijos, recibe a los esclavos y campesinos muertos. El dios viaja en un carro tirado por dos machos cabríos a los que puede cocinar y luego revivir a voluntad con un toque de su martillo. El carro resquebraja las montañas y arrasa las tierras por las que pasa.
La Salamanca
Se dice que en la ciudad de Salamanca, en España, hay una cueva donde el diablo mismo da lecciones de hechicería. Ya Cervantes habla de ella en su comedia La Cueva de Salamanca. Con la Conquista, la leyenda de la cueva llegó a Sudamérica y se instaló en el sur de Brasil, en Chile y en el norte de Argentina. Pero fue allí, más precisamente en la provincia de Santiago del Estero, donde adquirió mayor riqueza y fantasía.
Para los santiagueños, la Salamanca es la cueva donde Supay, el diablo, vive con su corte de brujas, duendes y demonios. Está ubicada en lo más espeso del monte, y su entrada es vigilada por animales feroces. Cuentan que quien llega allí pierde por completo el sentido de la orientación. Si es valiente, puede elegir enfrentarse a las pruebas que Supay le prepara, y si las supera, quedarse en la cueva hasta dominar las artes oscuras. Allí podrá aprender, si lo desea, a curar y a comprender el lenguaje de los animales. O a convocar a las fuerzas del mal en terribles hechizos capaces de hacer mucho daño.
Desde el anochecer hasta que llega el alba hay fiesta, baile, risas y música en la Salamanca, pero la alegría es sólo para los de adentro: si algún caminante tiene la desdicha de pasar cerca y oír la música que de allí sale, queda condenado a una vida de sufrimiento. Quien pasa por allí durante el día, debe llevar un rosario a mano, para conjurar la tentación de entrar y perderse para siempre. Los que han bajado a la cueva se reconocen porque no proyectan sombra.
Supay abandona muy pocas veces la Salamanca. Para hacerlo, toma la forma de un gaucho joven y apuesto, vestido lujosamente, y montado en un imponente caballo negro. Esta apariencia atractiva le sirve para perder almas inocentes. Sobre todo, de hermosas muchachas.
Cuentan en Santiago que Supay gusta de los músicos. Y que muchos de los artistas más famosos de esa tierra han hecho un pacto con él para obtener talento, éxito y riquezas. Supay les concede todo lo que piden. Quienes han estado en la Salamanca, dicen, se destacan por su talento para el baile, el canto y la música, y aunque no duerman, jamás se los verá cansados.
Pero el precio, claro, siempre resulta demasiado alto.
La leyenda de Deirdre y Naois
Cuentan que hace ya muchísimos años, el rey Connacher y sus Caballeros de la Rama Roja trajeron la paz a las tierras de Irlanda. Pero una noche, mientras la corte en pleno celebraba una gran fiesta, un terrible grito paralizó a los presentes. Nadie sabía de dónde había venido. El druida Cathbad, entonces, abandonó su contemplación de las estrellas y avanzando hasta el centro del salón puso su mano sobre el vientre de Elva, la embarazada esposa del buen Malcom, arpista del rey. Luego, dijo:
- Es esta niña la que ha gritado. Su nombre es Deirdre y su belleza será extraordinaria. Todos querrán desposarla. Por ella se desatará la guerra en Irlanda y se separarán los caballeros de la Rama Roja.
Un profundo silencio cayó sobre el salón. Todos sabían que las profecías de Cathbad siempre se cumplían. Pronto, todos pedían al rey la muerte de la niña, para evitar males mayores.
Pero Connacher sintió pena por los afligidos padres. Y un enorme deseo de conocer a esa belleza fascinante. Por eso, dijo:
-La niña no morirá. Apenas nazca será llevada a lo profundo del bosque, donde será criada hasta que cumpla los dieciséis años. Entonces, yo me casaré con ella, y así impediré que la profecía se cumpla.
Deirdre nació poco después. La crió en una oculta cabaña en el bosque Levarcham, la narradora de historias. Y Deirdre creció bellísima, bondadosa y feliz. La muchacha sabía que debía casarse con el rey apenas cumpliera los dieciséis años, pero no lograba conformarse. Ella aguardaba al joven alto y de cabello negro que la había cautivado en sueños.
Una tarde, Deirdre se cruzó en el bosque con tres cazadores. Se trataba de los hermanos Naois, Allen y Arden, tres de los mejores guerreros del rey. Naois, el mayor, era el joven que Deirdre había visto en sueños. El flechazo entre los jóvenes fue inmediato.
Temiendo la ira del rey Connacher, Deirdre y los tres hermanos se refugiaron en Escocia. Pero el rey mandó decirles que los perdonaba y los esperaba de vuelta en el castillo. Naois, que añoraba su patria, decidió emprender el regreso, pese a la desconfianza de Deirdre. En cuanto supo que los cuatro jóvenes se encontraban en una posada cercana, Connacher envió a cien de sus mejores hombres a matar a los hermanos y capturar a la muchacha. Naois, Allen y Arden los enfrentaron con nobleza y valentía, y murieron peleando. La profecía se había cumplido.
Deirdre fue llevada prisionera al castillo. Allí pidió un arpa y cantó durante toda la noche dulces melodías para su amor perdido. Por la mañana, cuando el rey quiso verla, la muchacha estaba muerta.
Connacher mandó enterrarla en el bosque donde había pasado su infancia, pero los aldeanos, conmovidos, la llevaron durante la noche hasta el sitio donde yacía Naois, y la enterraron a su lado.
Cuentan que de cada tumba creció un árbol, y que estos árboles entrelazaron sus copas y sus ramas. Y hasta hoy, son uno solo.
Los fantasmas de la Torre de Londres
El pueblo inglés cree en fantasmas. Y si se han reportado apariciones de espectros en calles, palacios y hasta estaciones de tren, qué mejor lugar para cobijar una gran cantidad de ellos que la Torre de Londres, testigo durante años de la ejecución de las condenas a muerte.
Uno de los fantasmas que, se dice, se pasea por la torre es la del pequeño y desdichado Eduardo V. El muchacho fue proclamado rey con sólo 12 años, a la muerte de su padre, por lo que se designó como regente a su tío, el duque de Gloucester, hasta que Eduardo alcanzara la mayoría de edad. Pero el duque, hambriento de poder, declaró ilegítimo a Eduardo y a su hermano menor, de 9 años, por ser hijos de un segundo matrimonio de su padre, y los encerró en la Torre de Londres. Nunca más se supo nada de los niños. Algunos sostienen que su tío mandó asfixiarlos. Otros, que los mantuvo encerrados de por vida. Muchos, que han visto el fantasma de Eduardo V vagar por los corredores de la torre que fue su prisión.
Otro de los fantasmas célebres de la Torre de Londres es el de la reina Ana Bolena, ejecutada por orden de su esposo Enrique VIII por sospechas de adulterio. De creer en los numerosos testimonios al respecto, también gustan pasearse por allí una misteriosa dama de luto que no tiene rostro y Sir Walter Raleigh, político, pirata y amante de la reina Isabel I, decapitado en 1618 tras una denuncia de conspiración contra el rey Jacobo I.
Pero tal vez el fantasma más curioso de los que habitan la torre sea el de Lady Jane Grey, la reina olvidada. Considerada una de las mujeres más cultas de la corte inglesa, Lady Jane subió al trono de Inglaterra el 10 de julio de 1553, en una maniobra forzada por los protestantes, que querían evitar que el rey Eduardo VI fuese sucedido por la legítima heredera, su hermana María, que era católica. Pero María era mucho más popular que Jane, y pronto consiguió el apoyo necesario para derrocarla. Lady Jane Grey fue ejecutada en la Torre de Londres el 12 de febrero de 1554. Había sido reina de Inglaterra por 9 días. Apenas tenía 16 años.
Desde entonces, aseguran, su fantasma ronda los pasillos de la torre. Tal vez, para evitar que la olviden.
La leyenda de Píramo y Tisbe
Píramo y Tisbe eran dos jóvenes babilonios que vivieron, según se cuenta, durante el reinado de Semiramis. Vivían en casa contiguas y estaban perdidamente enamorados. Pero sus familias, ferozmente enfrentadas, les habían prohibido verse. Píramo y Tisbe se encontraban en secreto, entonces, a través de una grieta en la pared que separaba sus casas. Y cuando nadie los veía, alimentaban su amor con dulces palabras, aunque apenas podían verse ni tocarse a través de la estrecha hendidura.
Un día, los jóvenes decidieron terminar con ese suplicio y fugarse juntos. Convinieron en encontrarse esa noche a la orilla del río, junto a un árbol de moras. Tisbe llegó temprano, pero al ver a una leona acercarse al río para beber, huyó del lugar, asustada, dejando caer su velo. La leona, manchada de sangre de su reciente cacería, se puso entonces a jugar con el velo. Al llegar Píramo, y ver a la leona desgarrando el velo de Tisbe, manchado de sangre, creyó que su amada había muerto. Desesperado, el pobre muchacho se suicidó atravesándose con su espada. Su sangre bañó las moras, que desde entonces son de color púrpura.
Al ver alejarse a la leona, Tisbe salió de su escondite y volvió a la orilla del río, donde encontró a su novio agonizando rodeado de extrañas moras violáceas. Tisbe no dudó: atravesándose ella también con la espada, se acostó junto a Píramo y se abrazó a él. Poco después los amantes, tal como se lo habían propuesto, partían juntos para siempre.
Según otra versión tal vez aún más antigua, los hechos ocurrieron en la región de Cilicia y Tisbe se suicidó al saberse embarazada, por temor a las represalias de su familia. Píramo, al encontrarla sin vida, la siguió, metamorfoseándose la joven Tisbe en una fuente, y el muchacho en un río. El río Píramo, que conserva su nombre hasta el día de hoy.
Esta trágica leyenda ha inspirado innumerables historias de amor a lo largo de los siglos. Entre ellas, la inmortal Romeo y Julieta, de William Shakespeare.
Dentro de la tradición latina, la morera es conocida como Árbol de Píramo, en honor al joven babilonio y su sacrificio de amor.
La Telesita
Por Santiago del Estero, en Argentina, deambula el alma de la Telesita. Pero el de Telésfora Castillo, nacida en la región del Salado a mediados del siglo XIX, es un espíritu tan bondadoso y amigable como lo fuera también en vida.
Cuenta la leyenda que Telesita, como la llamaban, era una muchacha de extraordinaria belleza a la que un retraso mental mantenía en una niñez eterna. Muy pobre, pasaba el día vagando por el monte, vestía siempre de harapos y vivía de la caridad de los lugareños, que habían aprendido a quererla por su sencillez y bondad. Dicen que Telesita no se perdía ninguna fiesta: bailar era lo que más amaba.
Todos sabían que apenas los músicos empezaran a tocar, la muchacha aparecería con su mirada, en general ausente, llena de vida, y danzaría hasta mucho después de que todos los demás cayesen rendidos. Por eso supieron que algo muy malo sucedía cuando una fiesta terminó sin que nadie la hubiese visto. Los vecinos se internaron en el monte, buscándola, y así encontraron su cadáver carbonizado.
Algunos dicen que, en su inocencia, confundió un incendio con las luces de una fiesta, y se acercó demasiado. Otros, que se aproximó demasiado a un fogón porque tenía frío, o que en el frenesí de su danza no notó que una chispa saltaba del fuego a su humilde vestidito. Pero todos coinciden en que, desde entonces, su espíritu continúa paseándose por el monte. Y que es bueno y generoso con los viajeros o los peones que la reconocen y le recitan una copla a la que ella adora responder:
- Qué andás haciendo, Telesita.
- Aquí ando, pues.
- A ver, bailámelo, Telesita.
- Bueno, te lo bailaré.
Dicen también en Santiago que si alguien pierde un objeto de valor, o faltan animales de su corral, debe ofrecerle una Telesiada y podrá entonces recuperarlos al instante. Se trata de un baile que comienza con el promesante y su mujer bailando siete chacareras seguidas, sirviéndose un vaso de caña entre danza y danza. Luego, se incorporan al baile las demás parejas. Se permite beber, pero no cambiar de pareja ni detenerse hasta que cada cual cae al suelo, rendido. Una ceremonia en la que, seguramente, la Telesita participaría encantada.
Victoria Regia
Cuentan los nativos de la tribu amazónica Tupí-Guaraní que cuando la luna desaparece del cielo al nacer el día, y parece perderse entre los montes, va en realidad a descansar junto a las muchachas que ha elegido como amigas. Y que de tanto en tanto, transforma en estrellas a las que le son más queridas. Cuentan también que hace muchos, muchísimos años la princesa Naiá, la bella hija del jefe de la tribu, conoció la historia e, impresionada, quiso convertirse ella también en estrella.
Por eso cada noche, cuando todos dormían, Naiá se levantaba sigilosa y salía a vagar por las colinas con la esperanza de que la luna la viese y la eligiese como amiga. Pero la luna nunca venía a buscarla, ni parecía conmoverse por el llanto de la muchacha, que cada mañana regresaba a su aldea sumida en una tristeza más y más profunda. Una noche, Naiá llegó a la orilla de un lago y descubrió a la luna brillando nítida y redonda sobre las aguas.
Llena de felicidad, creyendo que por fin había bajado a buscarla, la princesa se internó profundamente en las aguas del lago, donde murió ahogada. La luna, conmovida por la fuerza del sueño de la muchacha, quiso entonces cumplir su deseo y transformarla en una estrella. Pero en una estrella diferente y especial, más cercana que las distantes estrellas del cielo, para que todos recordasen a Naiá para siempre.
Y así fue como de las aguas del lago surgió la victoria regia, la estrella de las aguas, esa bellísima planta acuática que deslumbra a todo aquel que visite la selva amazónica. Una planta cuyas flores blancas y perfumadas se abren de noche, para saludar a la luna, y se vuelven rosadas con la salida del sol.
Poco importa a los nativos que algún botánico obsecuente la haya bautizado victoria regia nada menos que en honor a la reina Victoria de Inglaterra. O que actualmente, en un rasgo de corrección política, se proponga denominarla victoria amazónica. Para ellos, la hermosa flor nocturna no es ni será nunca otra cosa que el deseo cumplido de Naiá.
El alma mula
En las provincias argentinas de Chaco y Santiago del Estero, se asegura que una mula maldita vaga por la espesura de los montes. De color plomizo, una franja de pelo negro le atraviesa el lomo, desde la cabeza hasta la cola, y despide fuego por los ojos y el hocico. Lleva riendas sueltas que se pisa, lastimándose, y arrastra como freno una terrible y pesada cadena.
Por eso en las noches de tormenta se escuchan sus terribles aullidos de dolor y el estrépito de la cadena entre las hojas, aunque de vez en cuando deja la espesura y se acerca a las iglesias. Según afirman los lugareños, la mula ánima mata a patadas a todo aquel que se atreva a internarse de noche en lo espeso del monte.
Cuenta la leyenda que el alma mula, también llamada mula ánima, era una hermosa mujer de vida disipada que se enredó en amores con un hombre prohibido. Algunos dicen que con un sacerdote.
Otros, que con su propio padre o hermano. Los más atrevidos doblan la apuesta y afirman que con su padre, su hermano, el cura del pueblo y hasta con un caballo. Lo cierto es que, como castigo por su pecado, fue transformada en mula y condenada a vagar eternamente por los montes, arrastrando su pesada cadena. Pero se dice también que hay para ella una esperanza. Y que si un hombre valiente se atreve a tomar las riendas y sofrenarla, sin temor a sus mortales patadas, el alma mula volverá a convertirse en la bella muchacha que era. Y su espíritu, purificado de sus pecados, podrá volar por fin al cielo.
Según otras versiones, más extendidas en las zonas serranas, el valiente puede invocar al alma mula en el patio de una iglesia, si dibuja una habitación en el suelo y espera su aparición de rodillas. Confiando en la forma de cruz de la empuñadura de su facón para protegerlo, podría entonces acercarse sin temor hasta la mula y cortar su freno, liberándola así de su terrible maldición.
Esta tradición también advierte que quienes mantienen relaciones inmorales sin arrepentirse pueden comenzar a convertirse en mula durante las noches como castigo por su comportamiento.









