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Las Valquirias
Las Valquirias son deidades menores de la mitología escandinava. Representadas como hermosas doncellas guerreras, las Valquirias deciden la suerte de las batallas. Y la vida o la muerte de los guerreros.
Su padre, el dios Odín, las envía al campo de batalla. Las Valquirias lo sobrevuelan señalando a los que partirán con ellas. No hay escapatoria posible: los señalados terminarán el día en el Vingólf, el palacio habitado por las Valquirias. Allí, las muchachas curarán sus heridas y los deleitarán con su belleza. Les ofrecerán también hidromiel para beber y toda clase de manjares. Es tarea de las Valquirias que nada les falte durante su estadía en Vingólf. Ya repuestos, los guerreros pasarán al Valhalla, la mítica fortaleza que la mitología nórdica destina a los caídos en la batalla. En este lugar pasarán la eternidad a la espera del llamado de Odín, que los necesitará a su lado cuando llegue la hora del Ragnarök, la batalla del fin del mundo.
Según las representaciones más modernas, las Valquirias montan hermosos caballos alados. En los poemas épicos más antiguos, sin embargo, se llama al lobo “caballo de Valquiria”. Muchos estudiosos lo mencionan como una posible pista sobre el origen del mito: la imagen de lobos hambrientos y cuervos sobrevolando el campo de batalla y señalando a los que habrán de morir ese día. Pero ya sea que monten pegasos o lobos hambrientos, las Valquirias visten cota de mallas, escudo yelmo. Por debajo de su armadura se adivina un potente resplandor celeste. Es por eso que en la mitología escandinava, las auroras boreales, o “luces del norte” son atribuídas al vuelo de las Valquirias.
De las aproximadamente 10 Valquirias principales, cuyos nombres se mencionan una y otra vez en mitos y poemas épicos, es Brunhild o Brunilda la más famosa. A tal punto, que Richard Wagner la tomó como protagonista de su célebre ópera “El Anillo de los Nibelungos”. En dicha obra, la imaginación romántica de Wagner hace sufrir a Brunilda por el amor que en ella despierta el guerrero Sigfrido. Pero en los poemas épicos, las Valquirias no parecen sentir atracción alguna por los guerreros que cuidan y acompañan.
La mayoría de los mitos nórdicos señalan a la diosa Freya como la comandante de las Valquirias.
Las Nornas
Las nornas son dísir –plural de “dis”-, espíritus femeninos de la mitología escandinava. No son diosas, pero el destino de hombres y dioses pasa por sus manos. En algunos poemas épicos se habla de una gran cantidad de nornas, que habitan en los bosques y están asociadas cada una al destino de una persona en particular. Las tres nornas principales, sin embargo, las que aparecen en todos los relatos míticos, viven en el centro del cosmos, bajo las raíces del gran fresno Yggdrasil, y se ocupan de regarlo y abonarlo para que jamás se seque. Pero su labor principal es otra. Día tras día, las nornas tejen infatigables en sus telares. Cada uno de los hilos que entrelazan en sus tapices es la vida de un hombre. La longitud del hilo indica si se trata de una vida larga o corta. Cada vez que las nornas, al tejer, cortan un hilo, la vida de una persona llega a su fin.
Las nornas son las encargadas de que se cumpla el destino.
Urd es la norna de lo que ha ocurrido. Verdandi, la del presente. Skuld, la más joven, es la norna de lo que debe ocurrir: el destino. Por eso, Skuld acompaña a veces a las Valquirias durante las batallas, y decide qué guerreros deben morir ese día. Y los escolta luego junto a ellas hasta el Valhalla, la morada final de los guerreros.
En algunos relatos míticos, las tres nornas representan el pasado, el presente y el futuro, al mismo tiempo, ya que estos tres momentos se han entrelazado de tal manera en sus tapices que ya ni ellas mismas son capaces de distinguirlos y separarlos.
Para la mitología escandinava, ni siquiera los inmortales son eternos: todo acabará algún día. Por eso, los dioses tienen sus propios tapices, en los que las nornas entretejen pacientemente la trama de sus destinos. Pese a los intentos de las divinidades, las nornas jamás les permiten verlos.
Las nornas emplean en sus tapices hilos comunes para tejer el destino de los simples mortales, e hilos de oro para las vidas extraordinarias de los héroes.
Thor, el dios del trueno
Thor es un dios compartido por las mitologías nórdica y germánica. Habitualmente se lo presenta como el dios del trueno, pero también tenía influencia sobre la protección de las cosechas, la suerte de las batallas y los viajes, la justicia y el clima.
Para las tribus germánicas era el dios principal y más venerado, y son numerosas las leyendas que narran sus hazañas. En las Eddas, recopilaciones medievales de los mitos nórdicos, Thor cumple habitualmente el papel de protector del Midgard, el mundo de los hombres.
Su arma era el martillo arrojadizo, y era habitual que sus adoradores realizaran pequeñas réplicas que les sirvieran como amuleto protector. Durante el proceso de cristianización de la península escandinava, estos amuletos adquirieron un nuevo significado al convertirse en símbolos de la rebeldía y resistencia paganas.
Thor es el hijo del dios mayor Odín, y su madre es la personificación de la tierra. Tiene una hija y un hijastro de su esposa, Sif, otro hijo de la gigante Járnsaxa y un hijo, personificación de la ira, de madre desconocida.
Considerado el patrón de la ley, se lo suele relacionar con las runas y las ceremonias de consagración y muchos poemas exaltan sus habilidades mágicas y su gran sabiduría. Se canta que es capaz de cambiar de tamaño y forma y que los truenos y relámpagos que envía durante las tormentas hacen madurar los cultivos. Habitualmente se lo representa como un gran guerrero capaz de derrotar un ejército de gigantes con la sola ayuda de Mjolnir, el martillo que jamás falla su blanco.
Sin embargo, Thor no representa la búsqueda de gloria en el campo de batalla, sino que cumple allí una función eminentemente protectora. De allí que fuera adorado principalmente por artesanos y campesinos.
Thor vive en el Asgard, la morada de los dioses, en Bilskirnir, el palacio más grande de todos. Allí, en las 540 habitaciones que comparte con su esposa Sif y sus hijos, recibe a los esclavos y campesinos muertos. El dios viaja en un carro tirado por dos machos cabríos a los que puede cocinar y luego revivir a voluntad con un toque de su martillo. El carro resquebraja las montañas y arrasa las tierras por las que pasa.
El mito de Leto
En la mitología griega Leto, hija de los titanes Febe y Ceo, es venerada junto a su hermana Asteria como diosa de la noche. Pero Leto es también célebre por haber dado a Zeus dos hijos, nada menos que los mellizos Apolo y Artemisa. Y también por los terribles sufrimientos que su aventura con el padre de los dioses le ocasionó.
Cuentan que Zeus se había interesado primero por Asteria, hermana de Leto. Ante el rechazo de la muchacha, comenzó a perseguirla hasta que ella, desesperada, se convirtió en codorniz para escapar de él y se arrojó al mar, donde se transformó en la isla flotante de Ortigia. Zeus se interesó entonces por Leto, quien le entregó su amor y engendró así a los mellizos Artemisa y Apolo. Pero Hera, la esposa de Zeus, loca de celos, prohibió que se le diera refugio para el parto, por lo que la pobre Leto vagó desesperada hasta ser acogida por Ortigia, la isla que fuera su hermana.
Pero Hera va fue allá y pidió a su hija Llitía, diosa de los nacimientos, que impidiera el parto. Leto sufrió entonces durante nueve horribles días hasta que finalmente los otros dioses, conmovidos por su suplicio, hicieron que Artemisa naciera y alcanzara rápidamente la edad adulta para ayudar a su madre en el alumbramiento de su hermano Apolo. Artemisa quedó tan impresionada por el sufrimiento de su madre que decidió permanecer virgen por siempre.
Pero el calvario de Leto no finalizó tras el parto. La rencorosa Hera, furiosa, envió a la serpiente Pitón a la isla para acabar con la pequeña familia. Los dioses, sin embargo, los protegieron nuevamente, haciendo que Apolo alcanzara la madurez en sólo cuatro días y pudiese matar a la serpiente.
Convertidos ambos en adultos, Apolo y Artemisa se transformaron en los protectores de su madre, que no sólo nunca dejó de sufrir la persecución de Hera, sino que fue atacada por el gigante Ticio, que intentaba violarla. Apolo y Artemisa mataron al gigante y también a trece de los catorce hijos de la desdichada Níobe, que se había burlado de Leto por su escasa descendencia.
La isla errante de Ortigia, en premio por haber acogido a Leto durante el parto, fue fijada al fondo del mar por cuatro columnas blancas y convertida en la isla de Delos, morada del principal templo en honor a Apolo.
La Salamanca
Se dice que en la ciudad de Salamanca, en España, hay una cueva donde el diablo mismo da lecciones de hechicería. Ya Cervantes habla de ella en su comedia La Cueva de Salamanca. Con la Conquista, la leyenda de la cueva llegó a Sudamérica y se instaló en el sur de Brasil, en Chile y en el norte de Argentina. Pero fue allí, más precisamente en la provincia de Santiago del Estero, donde adquirió mayor riqueza y fantasía.
Para los santiagueños, la Salamanca es la cueva donde Supay, el diablo, vive con su corte de brujas, duendes y demonios. Está ubicada en lo más espeso del monte, y su entrada es vigilada por animales feroces. Cuentan que quien llega allí pierde por completo el sentido de la orientación. Si es valiente, puede elegir enfrentarse a las pruebas que Supay le prepara, y si las supera, quedarse en la cueva hasta dominar las artes oscuras. Allí podrá aprender, si lo desea, a curar y a comprender el lenguaje de los animales. O a convocar a las fuerzas del mal en terribles hechizos capaces de hacer mucho daño.
Desde el anochecer hasta que llega el alba hay fiesta, baile, risas y música en la Salamanca, pero la alegría es sólo para los de adentro: si algún caminante tiene la desdicha de pasar cerca y oír la música que de allí sale, queda condenado a una vida de sufrimiento. Quien pasa por allí durante el día, debe llevar un rosario a mano, para conjurar la tentación de entrar y perderse para siempre. Los que han bajado a la cueva se reconocen porque no proyectan sombra.
Supay abandona muy pocas veces la Salamanca. Para hacerlo, toma la forma de un gaucho joven y apuesto, vestido lujosamente, y montado en un imponente caballo negro. Esta apariencia atractiva le sirve para perder almas inocentes. Sobre todo, de hermosas muchachas.
Cuentan en Santiago que Supay gusta de los músicos. Y que muchos de los artistas más famosos de esa tierra han hecho un pacto con él para obtener talento, éxito y riquezas. Supay les concede todo lo que piden. Quienes han estado en la Salamanca, dicen, se destacan por su talento para el baile, el canto y la música, y aunque no duerman, jamás se los verá cansados.
Pero el precio, claro, siempre resulta demasiado alto.
La leyenda de Deirdre y Naois
Cuentan que hace ya muchísimos años, el rey Connacher y sus Caballeros de la Rama Roja trajeron la paz a las tierras de Irlanda. Pero una noche, mientras la corte en pleno celebraba una gran fiesta, un terrible grito paralizó a los presentes. Nadie sabía de dónde había venido. El druida Cathbad, entonces, abandonó su contemplación de las estrellas y avanzando hasta el centro del salón puso su mano sobre el vientre de Elva, la embarazada esposa del buen Malcom, arpista del rey. Luego, dijo:
- Es esta niña la que ha gritado. Su nombre es Deirdre y su belleza será extraordinaria. Todos querrán desposarla. Por ella se desatará la guerra en Irlanda y se separarán los caballeros de la Rama Roja.
Un profundo silencio cayó sobre el salón. Todos sabían que las profecías de Cathbad siempre se cumplían. Pronto, todos pedían al rey la muerte de la niña, para evitar males mayores.
Pero Connacher sintió pena por los afligidos padres. Y un enorme deseo de conocer a esa belleza fascinante. Por eso, dijo:
-La niña no morirá. Apenas nazca será llevada a lo profundo del bosque, donde será criada hasta que cumpla los dieciséis años. Entonces, yo me casaré con ella, y así impediré que la profecía se cumpla.
Deirdre nació poco después. La crió en una oculta cabaña en el bosque Levarcham, la narradora de historias. Y Deirdre creció bellísima, bondadosa y feliz. La muchacha sabía que debía casarse con el rey apenas cumpliera los dieciséis años, pero no lograba conformarse. Ella aguardaba al joven alto y de cabello negro que la había cautivado en sueños.
Una tarde, Deirdre se cruzó en el bosque con tres cazadores. Se trataba de los hermanos Naois, Allen y Arden, tres de los mejores guerreros del rey. Naois, el mayor, era el joven que Deirdre había visto en sueños. El flechazo entre los jóvenes fue inmediato.
Temiendo la ira del rey Connacher, Deirdre y los tres hermanos se refugiaron en Escocia. Pero el rey mandó decirles que los perdonaba y los esperaba de vuelta en el castillo. Naois, que añoraba su patria, decidió emprender el regreso, pese a la desconfianza de Deirdre. En cuanto supo que los cuatro jóvenes se encontraban en una posada cercana, Connacher envió a cien de sus mejores hombres a matar a los hermanos y capturar a la muchacha. Naois, Allen y Arden los enfrentaron con nobleza y valentía, y murieron peleando. La profecía se había cumplido.
Deirdre fue llevada prisionera al castillo. Allí pidió un arpa y cantó durante toda la noche dulces melodías para su amor perdido. Por la mañana, cuando el rey quiso verla, la muchacha estaba muerta.
Connacher mandó enterrarla en el bosque donde había pasado su infancia, pero los aldeanos, conmovidos, la llevaron durante la noche hasta el sitio donde yacía Naois, y la enterraron a su lado.
Cuentan que de cada tumba creció un árbol, y que estos árboles entrelazaron sus copas y sus ramas. Y hasta hoy, son uno solo.
La leyenda de Píramo y Tisbe
Píramo y Tisbe eran dos jóvenes babilonios que vivieron, según se cuenta, durante el reinado de Semiramis. Vivían en casa contiguas y estaban perdidamente enamorados. Pero sus familias, ferozmente enfrentadas, les habían prohibido verse. Píramo y Tisbe se encontraban en secreto, entonces, a través de una grieta en la pared que separaba sus casas. Y cuando nadie los veía, alimentaban su amor con dulces palabras, aunque apenas podían verse ni tocarse a través de la estrecha hendidura.
Un día, los jóvenes decidieron terminar con ese suplicio y fugarse juntos. Convinieron en encontrarse esa noche a la orilla del río, junto a un árbol de moras. Tisbe llegó temprano, pero al ver a una leona acercarse al río para beber, huyó del lugar, asustada, dejando caer su velo. La leona, manchada de sangre de su reciente cacería, se puso entonces a jugar con el velo. Al llegar Píramo, y ver a la leona desgarrando el velo de Tisbe, manchado de sangre, creyó que su amada había muerto. Desesperado, el pobre muchacho se suicidó atravesándose con su espada. Su sangre bañó las moras, que desde entonces son de color púrpura.
Al ver alejarse a la leona, Tisbe salió de su escondite y volvió a la orilla del río, donde encontró a su novio agonizando rodeado de extrañas moras violáceas. Tisbe no dudó: atravesándose ella también con la espada, se acostó junto a Píramo y se abrazó a él. Poco después los amantes, tal como se lo habían propuesto, partían juntos para siempre.
Según otra versión tal vez aún más antigua, los hechos ocurrieron en la región de Cilicia y Tisbe se suicidó al saberse embarazada, por temor a las represalias de su familia. Píramo, al encontrarla sin vida, la siguió, metamorfoseándose la joven Tisbe en una fuente, y el muchacho en un río. El río Píramo, que conserva su nombre hasta el día de hoy.
Esta trágica leyenda ha inspirado innumerables historias de amor a lo largo de los siglos. Entre ellas, la inmortal Romeo y Julieta, de William Shakespeare.
Dentro de la tradición latina, la morera es conocida como Árbol de Píramo, en honor al joven babilonio y su sacrificio de amor.
Avistamiento de Ovnis en la época colonial
La Argentina cuenta una larga tradición de avistamiento de ovnis y supuestos contactos interplanetarios. Fue el primer país donde se registraron casos de mutilaciones de ganado como los que hoy se atribuyen a seres extraterrestres. Y es probablemente el primer país de América donde se registran testimonios de avistamiento de objetos voladores no identificados. Testimonios que en algunos casos, superan los 300 años de antigüedad.
En la misión jesuítica de San Ignacio de Ipaná se conserva un documento que relata que, el 10 de agosto de 1631, un extraño globo luminoso fue avistado surcando el cielo. Según el texto, el misterioso objeto apareció por oriente entre las 6 y las 7 de la tarde, y luego de surcar el cielo lenta y majestuosamente en dirección occidental, se estrelló en la lejanía lanzando centellas.
Para muchos, este documento conservado en los archivos de la Compañía de Jesús reseña la primera caída de un ovni en territorio argentino de la que se tenga memoria.
Pero mucho más impactante resulta el caso registrado por el diario La Capital, de Rosario entre los días 13 y 14 de 1877. Los artículos se basan en el testimonio de un hombre de apellido Sevarg, químico de profesión. Sevarg relata que, caminado a la orilla del río, se topó con una enorme piedra negra de forma ovoide. Creyendo que podía tratarse de un aerolito, convocó a los geólogos John Paxton y Charles Davis para que lo ayudasen a perforarlo.
Según Sevarg, se trataba de una roca tan dura que les tomó 6 días penetrarla. Así descubrieron en el interior una espaciosa habitación con un ánfora blanca en el centro. Pero la sorpresa llegó cuando descorrieron una plancha de metal y se encontraron con una segunda sala, en cuyo centro reposaba un cuerpo. Según el químico, correspondía a un criatura sin cabellos, de cráneo triangular y trompa en vez de nariz. La boca, diminuta, sólo tenía 14 dientes, y los brazos eran extremadamente largos. Sevarg declaró haber encontrado también, junto al cadáver, una plancha de metal con grabados que representaban al sol, la luna y las estrellas. Este y otros objetos supuestamente pertenecientes a la nave fueron exhibidos durante algunos días en un céntrico hotel de la ciudad. Del extraterrestre, en cambio, nada más se supo.
¿Realidad? ¿Mentira? ¿Engaños para ganar algún dinero? ¿O una historia de visitas de otros mundos que ya lleva varios siglos?
El alma mula
En las provincias argentinas de Chaco y Santiago del Estero, se asegura que una mula maldita vaga por la espesura de los montes. De color plomizo, una franja de pelo negro le atraviesa el lomo, desde la cabeza hasta la cola, y despide fuego por los ojos y el hocico. Lleva riendas sueltas que se pisa, lastimándose, y arrastra como freno una terrible y pesada cadena.
Por eso en las noches de tormenta se escuchan sus terribles aullidos de dolor y el estrépito de la cadena entre las hojas, aunque de vez en cuando deja la espesura y se acerca a las iglesias. Según afirman los lugareños, la mula ánima mata a patadas a todo aquel que se atreva a internarse de noche en lo espeso del monte.
Cuenta la leyenda que el alma mula, también llamada mula ánima, era una hermosa mujer de vida disipada que se enredó en amores con un hombre prohibido. Algunos dicen que con un sacerdote.
Otros, que con su propio padre o hermano. Los más atrevidos doblan la apuesta y afirman que con su padre, su hermano, el cura del pueblo y hasta con un caballo. Lo cierto es que, como castigo por su pecado, fue transformada en mula y condenada a vagar eternamente por los montes, arrastrando su pesada cadena. Pero se dice también que hay para ella una esperanza. Y que si un hombre valiente se atreve a tomar las riendas y sofrenarla, sin temor a sus mortales patadas, el alma mula volverá a convertirse en la bella muchacha que era. Y su espíritu, purificado de sus pecados, podrá volar por fin al cielo.
Según otras versiones, más extendidas en las zonas serranas, el valiente puede invocar al alma mula en el patio de una iglesia, si dibuja una habitación en el suelo y espera su aparición de rodillas. Confiando en la forma de cruz de la empuñadura de su facón para protegerlo, podría entonces acercarse sin temor hasta la mula y cortar su freno, liberándola así de su terrible maldición.
Esta tradición también advierte que quienes mantienen relaciones inmorales sin arrepentirse pueden comenzar a convertirse en mula durante las noches como castigo por su comportamiento.
El mito de Cirene
Cirene era una bella ninfa, hija de Hipseo, rey de los lapitas, y de la ninfa Clidánope. La muchacha, sin embargo, renegó de la vida de palacio y de las actividades propias de las mujeres de la época, y eligió llevar una existencia retirada y casi salvaje en los bosques de Pindo. Allí se dedicó a cuidar los rebaños de su padre. En una ocasión, se cuenta que un fiero león comenzó a causar estragos entre los animales del rey. Y que Cirene, sobreponiéndose a su temor inicial, se atrevió a enfrentarlo sin armas. La valerosa muchacha consiguió dominarlo y vencerlo utilizando únicamente sus manos. El poderoso dios Apolo, que presenció la hazaña, se enamoró perdidamente de Cirene, sin saber de quién se trataba.
Cuando finalmente el centauro Quirón le reveló el nombre de la joven, Apolo se presentó ante ella para declararle su amor. Ante el rechazo de la muchacha, el dios decidió raptarla en su carro de oro y conducirla a las tierras de Libia, donde finalmente se unieron en un palacio, de oro también. Como prueba de su amor, Apolo obsequió a la muchacha las tierras en las que se hallaba el palacio, dando así origen a la ciudad de Cirene, célebre en la Antigüedad.
Cirene dio a Apolo un hijo Aristeo. Según algunos mitos, su padre confió la crianza del pequeño a las Horas y a su bisabuela, Gea, deidad de la tierra. Por eso, se atribuye a Aristeo el haber enseñado a los hombres cómo destilar el vino y cómo obtener la leche y la miel. Según otros, Aristeo fue raptado en su temprana infancia por el centauro Quirón, celestino de sus padres, quien encargó su crianza a las Musas para que aprendiera medicina y adivinación. Pero las Musas, además de instruirlo, le confiaron el cuidado de los rebaños que poseían en la llanura de Ptía. Y fue allí donde las ninfas le enseñaron a obtener vino, leche y miel, valiosas enseñanzas que él comunicó luego a los hombres.
De Cirene, que no crió a su hijo pero seguramente aprobaba su vida entre los rebaños, nada más se cuenta. Sin embargo, su increíble valentía para dominar al león perduró en la imaginación de los pueblos a través de los siglos. No en vano, la escena de la desigual batalla ilustra la carta de tarot que representa la fuerza.









