
El Apocalipsis
“Todo concluye al fin, nada puede escapar”, reza una popular canción argentina. Y es completamente cierto. De forma dramática, o de manera imperceptible, todo va cambiando día a día, por lo que ningún objeto permanece hoy exactamente igual a como era ayer, ni desde un punto de vista físico ni filosófico. Todo cambia, se producen ciclos de nacimiento, crecimiento y muerte. Y el mundo tal cual lo conocemos llegará a su fin también. Es una ley del Universo.
El Apocalipsis es la descripción bíblica de cómo será este fin del mundo. Es decir, para la doctrina cristiana, el fin de los tiempos se producirá de la manera en que se describe en este apartado bíblico. El mismo fue dictado a Juan, el profeta, y constituye el último libro del Nuevo Testamento.
Es muy difícil extraer significados de este escrito, por el extenso carácter simbólico del contenido. Podemos, entonces, dedicarnos a leerlo y tomarlo literalmente, o ir un paso más allá y tratar de descifrar esta riquísima simbología.
El texto en si es un misterio. Las cartas originales están escritas en griego y hebreo en su mayor parte. Hay palabras que no se pueden traducir a la par por que tienen varios y diferentes significados. Es decir que estos textos ya han pasado por varias manos (editores y traductores). Pero lo importante es tomar el mensaje en su totalidad y qué es lo que Dios quiere transmitir a sus hijos.
Son tres las escuelas existentes para interpretar el Apocalipsis. La primera manera, lo toma como historia contemporánea del autor pero relatada de manera apocalíptica. Así, el relato carecería del valor profético, y por ende no tendría gran significación para el creyente. La segunda teoría, o de recapitulación, busca en el libro de San Juan las distintas etapas de la historia de la Iglesia, pasadas y futuras, o por lo menos de la historia primera de la Iglesia hasta los siglos IV y V, sin excluir el final de los tiempos. Finalmente, la tercera manera de interpretarlo ve en el Apocalipsis exclusivamente un libro profético escatológico, como lo hicieron sus primeros comentadores e intérpretes, es decir San Ireneo, San Hipólito, San Victorino y San Gregorio Magno.
Cualquiera sea la manera que nos aproximemos a este texto, su fuerza visual y su impacto en el lector es enorme, y no importa de qué manera lo tomemos, ya sea de manera profética o no, las metáforas y riquezas de este escrito subyugan desde la primera línea.
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