A mediados del siglo XIX, la bella plazuela Miguel Auza, en el corazón de la ciudad de Zacatecas, era el jardín del convento de San Agustín. Y a él solían acudir los habitantes de las casas vecinas para pasear y charlar entre las hermosas flores y los frondosos árboles.
Uno de estos árboles, que aún hoy permanece en su sitio, despertaba las discusiones de los lugareños, que no conseguían determinar de qué especie de árbol se trataba. Algunos afirmaban incluso que no había otro parecido en toda América. Por eso, todos lo llamaban el árbol de Oralia, en honor a la bella muchachita que había tomado la costumbre de cuidarlo y regarlo a diario. Cada tarde, los vecinos del convento recibían la visita de Juan, el humilde aguatero que, siempre acompañado por su fiel burrito, se había ganado la simpatía de todos.
Oralia en especial, lo esperaba con impaciencia, para que la ayudara a regar su querido árbol. La muchacha, de familia acaudalada, no sabía que Juan, perdidamente enamorado de ella, había empezado a trabajar también largas horas en una mina, en busca del soñado filón de plata que le permitiera ofrecerle una vida de princesa. Tal vez por eso se dejó deslumbrar por Pierre, un apuesto francés enviado a México por el gobierno de su país. El joven había quedado deslumbrado por Oralia, cuya familia, complacida, lo invitaba diariamente a visitarlos. Pierre cautivaba a la chica con sus modales finos, sus atenciones y sus promesas de una vida de lujos y riquezas en Europa.
Pero Oralia sabía también que su corazón se aceleraba cada vez que veía acercarse el burrito de Juan, y que esperaba con impaciencia todos los días el momento de regar el árbol junto a él. Cada vez más confundida, se sentó una noche a llorar bajo las ramas de su querido árbol. Y el árbol, apenado, lloró con ella: cuentan que sus lágrimas, al caer sobre el regazo de la muchacha, se convirtieron en un hermoso ramillete de flores blancas, y que Oralia, al verlas, supo con claridad que amaba a Juan y nada le importaban las riquezas.
A la mañana siguiente, la muchacha recibió la visita de Pierre, quien tentado por un puesto de mayor importancia política en otro país, se despedía sin remordimientos. Así supo Oralia que su corazón no se había equivocado, y esa tarde, apenas Juan se reunió con ella bajo el árbol, le demostró todo su amor con un beso. El muchacho, en su enorme felicidad, olvidó decirle que había encontrado la tan ansiada veta de plata y sólo atinó a abrazarla mientras el árbol, lleno de felicidad, los cubría con una lluvia de flores blancas.
Es por eso que desde entonces, los enamorados se refugian bajo las ramas del árbol de Oralia, y le piden que su amor dure para siempre.
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