
No hay paz para María Eva Duarte de Perón
El pueblo lloraba a su reina muerta. Los grafitties abundaban en la ciudad. El pedido era uno solo: “Devuelvan el cadáver de Evita”. Rápidamente se organizaron patrullas de seguidores peronistas que requisaban cada rincón de la ciudad en busca del preciado tesoro. Cualquier pista, cualquier rumor era investigado de inmediato. Los militares que ocultaban el cuerpo se dieron cuenta de que no podrían permanecer con semejante objeto por mucho más tiempo.
El cadáver de Evita había sido colocado en un cajón de embalaje, sellado y trasladado a un depósito cerca del cuartel general del Servicio de Inteligencia del Ejército. Durante un mes ese fue el lugar donde estuvo escondido en secreto. Pero en enero de 1956 se tomó la decisión de trasladarlo. Así el ataúd peregrinó por media docena de depósitos y oficinas oficiales de Buenos Aires. Finalmente, la desesperación de los militares era tanta que no tuvieron más remedio que apelar a otra medida extrema –a la que los militares son tan afectos: se lo llevó al piso donde vivía el ayudante de Mori-Koenig, el mayor Antonio Arandia, junto con su esposa.
Arandia estaba paranoico que descubrieran que el cadáver estaba allí. Dormía con su arma reglamentaria debajo de la almohada. Una noche, siente ruidos en el baño. Dispara dos tiros en la oscuridad. Los ruidos los había hecho su mujer, que simplemente había ido al baño. De dos tiros la mata en el acto. La mujer estaba embarazada.
El cadáver volvió a ser trasladado. Fue llevado al 4º piso del cuartel general del Servicio de Inteligencia, el organismo que dirigía Mori-Koenig (quien primeramente había robado el cuerpo). Con una leyenda que decía “Equipos de radio”, el cajón fue apilado junto a otros cajones idénticos.
Al coronel Morl-Koerilg se le terminó la suerte. Fue destituido y reemplazado por el jefe del Servicio Secreto del presidente Aramburu, el coronel Héctor Cabanillas. Cabanillas se horrorizó al descubrir que el cuerpo todavía estaba escondido en el cuartel. Inmediatamente decidió tomar cartas en el asunto. Para los que dicen que el fin de todo es la muerte, la historia de Evita demuestra todo lo contrario.
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