Carlos Barreda, de profesión odontólogo, era un hombre aparentemente normal, que vivía con su familia en la ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires.
Pero esa aparente normalidad, dejó de ser tal el día 15 de noviembre de 1992.
Barreda discutió con Gladys Mac Donald, su mujer y luego sin decir una palabra, buscó su escopeta calibre 16,5 (que le había regalado su suegra) y asesinó a toda su familia. Ésta estaba formada por su mujer Gladys, sus hijas Adriana (24 años), Cecilia (26 años) y su suegra Elena Arreche.

Luego de asesinarlas, se sentó en un sillón y abrazó la escopeta, pensando como todo había sucedido. Ese domingo, se había levantado con buen ánimo, dispuesto a hacer las pases con su esposa y quebrar así la indiferencia que ella le demostraba constantemente. Fue donde estaba Gladys y le comentó que iba a limpiar las telarañas del techo, a ésto su mujer, le contestó con desprecio, “Andá a limpiar, que los trabajajos de mujer, son los que mejor haces“.
Entonces, decidió ir a podar la parra y fue al abrir el armario para buscar un casco, cuando vio la escopeta. La tomó en sus manos, la cargó, guardó más cartuchos en su bolsillo y fue a la cocina donde estaba su mujer y su hija Adriana, primero le disparó a Gladys y luego a su hija menor.
Por las escaleras venía bajando su suegra y su precisión al disparar fue nuevamente acertada, su hija mayor se tiró sobre el cuerpo de su abuela y mirándolo a Barreda le dijo “Que hiciste hijo de p…” esta vez los disparos fueron contra Cecilia.
Luego, comenzó a levantar uno por uno los cartuchos, los colocó en una caja y los guardó en el baúl de su auto. Regresó a la casa y comenzó a desparramar cosas y desacomodar el living, con la idea de simular un robo.
Al mediodía tomó su auto, tiró los cartuchos en una boca de tormenta y la escopeta en un canal.
De allí y pensando que ninguna evidencia podía incriminarlo, fue al zoológico, al cementerio a visitar a sus padres y posteriormente a un hotel alojamiento con su amiga Hilda Bono.
Regresó a su casa cerca de medianoche, al encender la luz vio los 4 cuerpos, entonces llamó a un servicio de ambulancias y cuando llegó junto con la policía, Barreda contó la historia de un robo, fingiendo sorpresa y dolor.
Fue llevado a la comisaría y el comisario Petti sospechó que algo no estaba cerrando en esta historia. El policía entonces tomó un Código Penal y se lo entregó a Barreda, abierto en el art. 34 (que establece la inimputabilidad, para casos en los que la persona no puede comprender la criminalidad de sus actos, por locura o emoción violenta).
Barreda entonces, al sentirse más tranquilo, le confiesa a la policía todo lo que había ocurrido ese día. Años más tarde el 7 de agosto de 1995, reveló ante los jueces de la Sala I de la Cámara Penal, todos los detalles del cuádruple homicidio. Lo hizo con suma frialdad y no se quebró ni mostró arrepentimiento en ningún momento.
Los peritos dijeron que Barreda padecía de psicósis delirante, teoría que no fue aceptada, de haberlo sido el acusado hubiese ido a parar a un manicomio.
Luego de un largo juicio, que fue seguido por toda la opinión pública, Barreda fue codenado a prisión perpetua por tríple homicidio calificado por el vínculo y homicidio simple.
Desde la cárcel afirma “Lo volvería a hacer, porque vivía en un infierno y me tenían loco. Eran ellas o yo”.
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