El lago sagrado de Antañavo


El Lago de Antañavo

El Lago de Antañavo

El lago Antañavo, en el norte de Madagascar es considerado sagrado por los nativos del lugar, los Antankarana. Por eso, está prohibido bañarse allí, o incluso sumergir las manos o los pies en él. Para extraer agua, los Antankarana se valen de una larga vara en cuyo extremo colocan un recipiente. Con estas aguas bañan a los enfermos que, según aseguran, se recuperan de inmediato. Pero no solo las aguas del lago  son consideradas sagradas: también los cocodrilos que lo habitan y hasta el gran tamarindo que custodia la orilla.

Y es que el árbol tiene mucho que ver con la leyenda sobre el origen del lago.

Cuentan los Antankarana que hace muchos años, en el lugar del lago se levantaba un pueblo próspero y feliz. Una noche, el hijo recién nacido de una joven pareja del pueblo comenzó a llorar sin consuelo. Nada parecía poder tranquilizarlo. La madre, entonces, lo tomó en sus brazos y se sentó con él en un mortero de arroz, bajo el enorme tamarindo, pensando que la brisa lo calmaría. Al sentirse bajo el árbol, el niño se durmió en el acto, pero apenas la madre lo llevó nuevamente a la casa, volvió a llorar con renovado desconsuelo.

Tres veces se repitió la escena hasta que la madre, resignada, decidió pasar la noche bajo el tamarindo. Apenas se había acomodado bajo el árbol cuando se oyó un terrible estruendo. La tierra se abrió en una enorme grieta que se tragó el poblado entero en segundos. Luego, de la grieta comenzó a brotar agua que creció hasta bañar los pies del tamarindo. La aterrorizada madre corrió hasta el poblado más cercano para pedir ayuda, pero al regresar, todos comprobaron que del pueblo no quedaban ni rastros. Y que en su lugar, había nacido un nuevo lago, al que bautizaron Antañavo.

Nada más se cuenta del pequeño clarividente que presintió la tragedia de su pueblo. Pero los Antankarana que no pueden tener hijos se acercan al lago para pedir una descendencia numerosa. Y si son escuchados, sacrifican animales para que puedan alimentarse los espíritus de los desdichados pobladores que, según los nativos, aún habitan el fondo del lago.


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