
Carta de Jack el Destripador
Segunda mitad del año 1888. Plena sociedad victoriana en Londres. Todavía era una época en que se conserva cierta ingenuidad por parte del ciudadano común. De repente, los cadáveres descuartizados de pobres prostitutas empezaron a acumularse en el barrio bajo de Whitechappel, un suburbio frecuentado por las clases más bajas de la ciudad.
Las características comunes de los asesinatos eran las siguiente: mujeres, prostitutas, a veces ocasionales, que aparecían con la garganta degollada de izquierda a derecha, y todas mutiladas. La parte favorita de Jack era el abdomen, aunque no se privaba de otras partes del cuerpo. Lo primero que hacía era agarrarlas por detrás y con un certero corte de izquierda a derecha las silenciaba, para siempre. A partir de ese momento, estaban a su más completa merced, para que se “divirtiera” como él más quisiera. A muchas les sacaba el útero, y otros órganos internos. Pero la manera en que lo hacía era como la de alguien que tenía conocimientos y herramientas de un médico, o alguien avezado en anatomía humana. Las víctimas fueron Mary Ann Nichols (de 43 años), Annie Chapman (de 47), Elizabeth Stride (de 45), Catherine Eddowes (de 46), y Mary Jane Kelly (de 25, su víctima más joven).
El nombre Jack se lo dio el mismo, supuestamente, en una misiva que envió el 27 de septiembre de 1988, a la Agencia Estatal de Noticias. Como a muchos otros asesinos seriales, a Jack le gustaba la publicidad, y burlarse abiertamente de los policías que nunca pudieron detenerlo. En la misma podía leerse:
Querido Jefe, desde hace días oigo que la policía me ha capturado, pero en realidad todavía no me han encontrado. No soporto a cierto tipo de mujeres y no dejaré de destriparlas hasta que haya terminado con ellas. El último es un magnífico trabajo, a la dama en cuestión no le dio tiempo a gritar. Me gusta mi trabajo y estoy ansioso de empezar de nuevo, pronto tendrá noticias mías y de mi gracioso jueguecito…
Firmado: Jack el Destripador
La ironía, el sadismo y la diversión que este “jueguecito” le producía es el común denominador de los asesinos seriales. Es increíble cómo, con matices, el mismo comportamiento se repite a través de los siglos de la historia forense: Zodíaco, Charles Manson, Landrú.
Muchos investigadores, a lo largo de los años, se han abocado a descubrir la identidad de Jack, llegando a considerarse el tema prácticamente como un objeto de culto. La realidad es que Jack jugó su “gracioso jueguecito” hasta cuando tuvo ganas, y nunca nadie pudo impedírselo.
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