
Jarabo, al momento de ser detenido
La masacre comienza. Jarabo toca la puerta, diciendo que es amigo de Fernández. Lo atiende la doméstica, y lo deja esperando en la sala, mientras ella vuelve a la cocina a preparar la cena familiar. Jarabo toma una plancha, que se encuentra en una mesa cercana, y le asesta un certero golpe. Mientras la mujer estaba grogui, le mete una certera puñalada con un cuchillo que toma de la cocina, que le parte el corazón en dos. Jarabo, a pesar de la enorme cantidad de sangre que emana de la víctima, esconde el cadáver.
Es el turno del prestamista. Llega Emilio Fernández. Jarabo no le da chance de nada, le mete un tiro en la nuca, y Fernández queda tirado en el baño, entre la pileta y el bidet.
Ahora le toca a Amparo Alonso, la mujer. Llega a la casa, y se encuentra con Jarabo, Mentira tras mentira, Jarabo le dice que es inspector de Hacienda, y que Emilio y Paulina, la doméstica, han sido enviados a la central para aclarar un asunto de tráfico de divisas. Amparo desconfía. De repente, se da cuenta de que su aspecto es muy extraño. De un salto, corre por la casa, tratando de escapar. Jarabo la atrapó en su dormitorio, y le disparó en la nuca. Amparo estaba embarazada.
Jarabo, en su locura, da vuelta la casa buscando la dichosa sortija y la carta, pero no encuentra ninguna de las dos. Frustrado, se va. Cena, va al cine, y después se va a dormir a una pensión. Al otro día lleva el traje manchado de sangre a la tintorería. Ese fue el primero de sus muchos errores.
Era viernes. El va por el socio de Emilio Fernández, Felix López Robledo. Lo espera en la puerta del negocio. Sin decir agua va, le disparó dos tiros en la nuca, muriendo éste en el acto. Entró en la tienda e hizo un registro completo sin encontrar la joya ni la carta.
Llegó el fin de Jarabo. A la mañana del martes 22 de julio la policía lo detuvo en la puerta de la tintorería.
En 1959 es juzgado, y encontrado culpable. Se lo sentencia a muerte por el garrote vil, una especie de prensa con un largo tornillo que apretaba el cuello del condenado hasta que su cuello se partía. Jarabo, dado su fortaleza y la debilidad del verdugo, tomó largo rato en morir. Fue el último preso en morir por este método, el 4 de Julio de 1959.
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