Contaban los mexicas que luego de la Creación, los dioses principales descubrieron algo terrible: el nuevo mundo no tenía quien lo iluminara. Reunieron entonces al resto de las deidades y solicitaron que alguna se prestara a cumplir esta importante labor. Al mismo tiempo, dos dioses de rango menor se adelantaron: Tecuciztécatl, bello, fuerte, radiante y vanidoso, y Nanahuatzin, enclenque y miserable, el más humilde de todos los dioses.
Los dioses principales escogieron al primero y los condujeron ante una enorme hoguera, pidiéndole que saltara dentro. De allí, le explicaron, saldría listo para iluminar al mundo. Pero Tecuciztécatl no tuvo el valor suficiente para arrojarse a la hoguera. 4 veces avanzó hasta ella y otras tantas retrocedió, acobardado, ante las burlas de los demás dioses.
De pronto, un intenso resplandor encegueció a los presentes: el mísero Nanahuatzin se había arrojado sin dudar a las llamas. Y del interior de la hoguera emergió transformado en Tonatiuh, el luminoso, dios del sol y guerrero de los cielos.
Tecuciztécatl, al ver esto, se avergonzó de su cobardía y se arrojó a la hoguera también. De allí salió transformado en Meztli, diosa de la luna y la noche.
En un principio, ambos cuerpos celestes brillaban por igual, pero luego los dioses principales consideraron que esto no era justo y arrojaron un conejo a la cara de Meztli que oscureció grandemente su brillo.
Para los mexicas, Tonatiuh era el dios que arrojaba dardos de luz a los 4 puntos cardinales cada mañana para iluminar la Tierra. Lo representaban con la piel completamente roja y el disco solar en la espalda. Tonatiuh era uno de los dioses que más sacrificios recibía: los mexicas creían que si se los negaban se ocultaría para siempre.
En el cielo, este dios gobernaba el paraíso al que iban al morir los guerreros, los sacrificados en su honor y las mujeres que fallecían en su primer parto.
La figura de Meztli, por su parte, era de gran ambivalencia. Los mexicas conocían ya el poder de la luna sobre las mareas y realizaban numerosos sacrificios destinados a evitar que Meztli los castigara con tormentas e inundaciones. Pero por otra parte, la consideraban también patrona de los embarazos, los partos y el amor maternal, e inventora del arte del tejido.
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