La maldición de Tutankamón


Howard Carter descubre el sarcófago

Howard Carter descubre el sarcófago

El calor del desierto deformaba las imágenes como si estuvieran envueltas en halos de vapores desconocidos. El aire candente se colaba en los pulmones, causando en todos los presentes la extraña sensación de tener aire para respirar pero a la vez faltarles el aliento. La arena devolvía la brillantez del sol multiplicada infinitas veces, cegando a quien se atreviera a posar su mirada en ella. El inglés comandaba un ejército de peones y trabajadores que realizaban la remoción de piedra y arena, bajo su atenta mirada. Cada dos minutos se secaba su sudorosa frente, con un gesto de expectación y de impaciencia. De pronto alguien grita “¡Hemos llegado! ¡Rápido profesor Carter, venga a ver!”. La tumba de Tutankamón había dejado de ser uno de los grandes misterios de la ciencia moderna, sólo dar lugar a otro más grande y tenebroso.

Ese día en que todo cambiaría para estos ingleses, y para el mundo entero era el  4 de noviembre de 1922. Ese día se descubrieron los escalones que descendían hasta una puerta que aún mantenía los sellos originales. El 26 de noviembre, en presencia de la familia de Lord Carnarvon, -quinto conde de Carnarvon, mecenas financiero de la expedición- se hizo el famoso agujero en la parte superior de la puerta por el que Carter introdujo una vela y vio según sus palabras “cosas maravillosas”. Pero esas “cosas maravillosas serían de las últimas que este inglés y casi todos los que estaban presentes en ese momento verían de esta tierra.

Marzo de 1923. Lord Carnarvon era picado por un mosquito. Al afeitarse, se cortaba la picadura. Esa minúscula perforación de su piel marcaría su trágico final. Nada pudieron hacer los médicos ante una infección que se propago veloz y letalmente. Muere el 5 de Abril. El lugar donde lo picó el mosquito era el mismo lugar donde el cadáver de Tutankamon evidenciaba una herida.

A esta muerte, se le debe sumar la de su hermano  Audrey Herbert, por causas desconocidas, sucedida ni bien retornó a Londres.

Como siguiendo una lista bien definida, el hombre que le dio el último golpe de cincel a la entrada al santuario, Arthur Mace, muere en El Cairo poco después, sin ninguna explicación médica.

Sigue en esta lista macabra Sir Douglas Reid, el radiólogo que tomó las placas de la momia de Tutankamon. Reid enfermó repentinamente y volvió a Suiza, país de donde era oriundo, para morir poco después.

Siguen en la fatídica lista la secretaria de Carter, de un certero ataque al corazón, a la que le sigue su padre cuando se entera de la muerte de su hija.

Mucho se ha especulado de esta cadena de muertes. Por más escéptico que se sea, son demasiadas muertes encadenadas como para pensar simplemente en la casualidad. Es en este punto donde las teorías razonables comienzan. Se decía que la tumba albergaba una espora venenosa, que había sido colocada allí para castigar a los ladrones de tumbas que por siglos asolaron las tumbas del Valle Real por siglos.

Pero la maldición no termina ahí. En los años 60 y 70 algunas piezas de la tumba fueron movidas del Museo de Egipcio del Cairo a diversos museos en Europa. Los directivos del museo que aprobaron los traslados, también murieron de manera extraña. ¿Casualidad o la Maldición del Faraón que no perdonó a aquellos que desgraciaron su última morada?

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