La tragedia del Kursk I


El submarino ruso Kursk

El submarino ruso Kursk

El poderío de guerra soviético había tenido su pico de desarrollo durante la década del 80, pero a partir de los 90, la falta de inversión había hecho que grandes lotes de barcos y submarinos quedaran sin la inversión necesaria para su correcto mantenimiento. Asimismo, el desarrollo del poderío nuclear ruso había sido destacado, produciendo armas de destrucción masiva de tecnología de punta. Pero, en el mundo globalizado de la década del 90 ya no había lugar para una carrera armamentista declarada, y obras de ingeniería que antes habían sido imponentes, ahora se sumían en la más triste decadencia.

Tal es el caso del K-141, el Kursk, el último submarino nuclear ruso de la clase Oscar-II. Había sido botado en 1994, y era considerado una joya de la ingeniería soviética. Medía 155 metros de largo, y cuatro pisos de alto, y era, sin medias tintas, el submarino de ataque más grande jamás construido. Su velocidad media (sumergido) era de 39 nudos, en términos de velocidad marina, era rapidísimo. Su autonomía –capacidad de funcionar sin atracar- era de 50 días, y llevaba 44 oficiales y 58 marineros. Pero, como con toda obra de ingeniería, a veces una pequeña falla puede convertirse en el principio del fin, en una trágica cadena de eventos. Tal es el caso del Kursk.

Durante la Guerra de Kosovo, en 1999 había cumplido una exitosa misión de espionaje sobre la Sexta Flota de la Marina de los Estados Unidos, y en agosto de 2000 había sido comisionado al mar de Barents, para realizar una serie de ejercicios.

El 12 de agosto del 2000, por la mañana, como parte de los ejercicios, el Kurks debía disparar dos torpedos sin carga explosiva a un crucero de batalla, clase Kirov. Pero, la falta de mantenimiento, y las insuficientes inspecciones realizadas, causaron que se derramara una pequeña cantidad de peróxido de hidrógeno (agua oxigenada) y que se filtrara por la tobera del torpedo. El peróxido de hidrógeno reaccionó químicamente con el latón de la tobera, y como la puerta de la torpedera estaba abierta (una práctica común para evitar que el aire se comprimiera en el tubo), la explosión alcanzó rápidamente el primer y el segundo compartimiento, matando en el acto a 7 marinos, y dejando aturdidos al menos a otros 36.

Pero dos minutos y quince segundos después, una explosión mucho más grande ocurrió. Para este entonces, el submarino ya había tocado fondo. La explosión fue equivalente a la de una entre 3 y 7 toneladas de TNT, y alcanzó los 3.5 grados en la escala de Ritcher, según las estaciones sismológicas cercanas. Alcanzó para abrir un agujero de 1 metro cuadrado en el casco, sentenciando la suerte de los marinos abordo. El casco del Kursk era admirable por su composición química de cromoníquel de 8,5 mm de grosor, con una excepcional resistencia a la corrosión, y tenía un doble fondo, lo que le daba el mote de “insumergible”, si tal característica puede ser aplicada a un submarino.


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