La viuda de Rodrigo


Rodrigo

Rodrigo

Esto no es un relato de ficción, ni le sucedió a un extraño. Nos pasó a mi familia y a mi el pasado año. Nos mudamos hace un par de años a una nueva casa, un lugar de ensueño, cerca de la costa del mar. Es una casa con un gran jardín al frente, por lo que, si el portón está abierto, no es inusual que se metan perros extraños en la propiedad.

A poco de mudarnos, un enorme perro, totalmente negro comenzó a seguir por el barrio a mi hijo de 15 años. Al volver a casa, el perro quedó merodeando, pero al poco rato se metió al jardín. Todos lo mirábamos con desconfianza. Pero él no parecía para nada agresivo. Era un hermoso Labrador Retriever de pelo corto. Tímidamente le acercamos algo de comida, la cual se devoró en un instante. Rodrigo fue el nombre elegido, y a partir de ese momento, Rodrigo nos adoptó como su familia.

Rodrigo era un perro de una inteligencia superior. Comprendía todo lo que le decíamos, y nos seguía a donde quiera que íbamos. Solíamos pasar el verano en la playa. Atábamos a Rodrigo para que no nos siga, pues teníamos miedo de que pudiera haber problemas con otros perros, y porque la playa es un lugar público. Pero a poco rato, con su trotecito alegre, y su rabo movedizo, aparecía al lado de la sombrilla. Cabe destacar que el frente costero tiene más de 8 kilómetros de largo, pero él nos encontraba siempre. En una ocasión, al escapar derribó él solo una pequeña pared. Al volver a casa encontramos los escombros.

Rodrigo se convirtió en el alma de la familia. Acompañaba a los niños a la mañana a tomar el transporte para la escuela, y los cuidaba de extraños y de otros perros. Cuando algún peligro aparecía, él se interponía y mostraba sus dientes. Los cuidaba a todos, hasta a los gatos de la familia.

Pero un día vimos que Rodrigo no estaba bien. Algún vecino desaprensivo había desparramado alimentos con veneno por el barrio. Más de veinte mascotas murieron. Rodrigo agonizó por dos semanas, hasta que, finalmente consumido, murió. La familia quedó devastada.

Unos meses antes de morir, una vecina vino a casa y me dijo “Mira a tus nietos”. Me quedé paralizada, no entendía lo que me quería decir. Rodrigo había dejado embarazada a su perra, una hermosa Ovejera Alemana, y de esta unión habían nacido seis cachorritos: todos completamente negros como el padre, excepto por uno que había salido muy parecido a la madre.

Rodrigo y Abril –así se llamaba esta perra- estaban juntos todo el tiempo, jugando, corriendo a los pájaros y disfrutando de la vida.

Desde que Rodrigo murió, todas las noches a la media noche siento el portón del jardín. Es Abril, que se cuela. Sigilosamente va hasta la tumba de Rodrigo –lo enterramos en el jardín- y se queda un rato, recordándolo. Es increíble, si me lo contaran, tal vez no lo creería. Pero ahí está ella todas las noches, visitando la tumba de su “pareja”. Entra cabizbaja, y se dirige exactamente a ese lugar. Se queda un rato, y luego se va. Es la viuda de Rodrigo. Parece que “extrañar” no es un sentimiento desconocido para los perros.


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