
El General, en su ataúd sin manos
Diez de Junio de 1987. La República Argentina hace sólo 4 años que ha salido de un gobierno de facto devastador. Todavía no ha pasado el tiempo necesario para que se borren de la mente de la gente los fantasmas de los desaparecidos, las torturas y la inteligencia de estado. Muchos fantasmas dan vuelta por la ciudad de Buenos Aires, pero nada tienen que ver con el ectoplasma o con el otro mundo. Son bien de este mundo, y bien corpóreos.
El lugar es el mausoleo del mítico General Juan Domingo Perón, en el cementerio más grande de la orbe porteña: el cementerio de la Chacarita. Si de buscar fantasmas se trata, este es el lugar indicado.
Muchos fanáticos del general acuden a ver su cadáver embalsamado, tras un cristal que permanece inmutable, aún cuando su querida Argentina se debata en terribles convulsiones internas, como la hiper inflación, los intentos de levantamiento militares y la pobreza, que crece a ritmo desenfrenado. Todavía no le perdonan que una terrible enfermedad haya evitado que se hiciera cargo de un país en llamas, y añoran al líder carismático que podía resolver con mano firme todos los problemas que se presentaran.
Pero ese diez de Junio, el horror se apodera de los presentes. Las manos del general habían sido cortadas con precisión quirúrgica, a la altura de las muñecas.
Un grupo de expertos que trabajan “como profesionales” entra al cementerio, presumiblemente cuando está cerrado el acceso al público, entra al mausoleo, abre la tapa de cristal del cajón, le corta las manos y se las lleva.
A partir de allí, ni siquiera le queda al pueblo el consuelo de una explicación para semejante aberración. Nunca se volvió a saber de esto, ni quién lo hizo, ni por qué.
La investigación después se contamina de pistas falsas. El comisario de la Federal Zunino, de la comisaría 29 de la calle Loyola es quien se encarga de la investigación. Las amenazas no faltan. El juez Jaime Far Suau del juzgado 27 que atiende la causa, recibe presiones de todas partes. Agobiado, decide tomarse unos días de vacaciones en Bariloche. Volvía de allí cuando murió en un sospechoso accidente en la ruta. No fue un accidente. Las gomas del auto habían sido infladas con gas.
Queda el sinsabor de no poder explicar la causa. Se especulaba sobre los motivos de semejante acto de necrofilia. Deseos de venganza de la cúpula militar de la dictadura. Muy improbable. Tomarse semejante molestia para lograr muy pocos efectos reales. Las míticas cuentas bancarias en Suiza, que solamente se abrirían con las huellas digitales del General, quedaron rápidamente descartadas. Al momento de realizarse los depósitos, no existía tal tecnología. Otra teoría da cuenta de un acto de la célebre logia P2 (Propaganda Due), integrada por el fascista Licio Gelli como respuesta a un incumplimiento de Perón, quien supuestamente, le solicito ayuda antes de asumir su tercer mandato.
Nada pudo comprobarse. Mientras tanto, los años siguieron corriendo, pero nunca pudo saberse la verdad. Ni siquiera la muerte le ha podido garantizar el eterno descanso a Perón y Evita.
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