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John Wayne Gacy

John Wayne Gacy

John Wayne Gacy

La historia de John Wayne Gacy es paradigmática porque muestra que la realización de lo que se conoce como el “Sueño Americano”, no garantiza la felicidad de la persona que lo logra, ni su sanidad mental.

John Wayne Gacy había nacido en el seno de una familia de clase media, el 17 de marzo de 1942, en Chicago, Illinois. Su padre era un alcohólico que maltrataba física y verbalmente a su madre. John amaba, sin embargo, a su padre, y una de las grandes frustraciones de su vida fue que él nunca llegó a devolverle ese amor.

Era un niño –fuera del tema de su padre- con una niñez normal. En la escuela no era mal estudiante, y si bien no era muy popular, tenía amigos en los Boys Scouts.

John siempre tuvo múltiples ocupaciones entre el trabajo (repartía periódicos desde muy temprana edad) y sus estudios. Hacia los 11 años recibe un golpe en la cabeza con un palo, en el que muchos quieren ver el origen de sus trastornos psiquiátricos. El golpe causó un coágulo, que recién fue descubierto varios años después. El coágulo causaba súbitos desmayos y dolores de cabeza en la nuca, que lo atormentarían toda su vida.

De joven probó suerte en Las Vegas, donde estuvo viviendo por un tiempo, gracias a trabajos de poca monta. Vuelve a Chicago, y decide estudiar en la escuela de negocios, donde obtiene un título.

En 1964 su futuro de bienestar parecía sellado, cuando se casa con Marlynn Myers, hija del dueño de la franquicia de Kentucky Fried Chickens. Muy pronto estuvo a cargo de un restaurant de la franquicia, y las cosas parecía que no podrían ir mejor. John dedicaba gran parte de su tiempo a realizar acciones de interés comunitario, vistiéndose de payaso en muchos eventos de caridad. En una ocasión fue nombrado “Hombre del Año”.

Pero, en 1968 sus instintos lo traicionan. Es sentenciado a 10 años por sodomía cuando un joven lo acusa haberlo violado, luego de haberlo engañado. Así lo secuestra en una ocasión que el joven va a su casa, lo ata, y lo sodomiza.

Luego de dos años es liberado por buena conducta. Mientras estaba en la cárcel, su esposa se divorcia de él, por haber roto los votos matrimoniales.

Con la ayuda de su familia, se compra una casa en los suburbios, y empieza una empresa constructora. También contrae matrimonio con una muchacha a quien había conocido en la escuela secundaria. Ella tenía dos hijos de un matrimonio anterior, y, si bien sabía del pasado de John, creía que estaba lo suficientemente reformado como para darle una nueva oportunidad.

John se forja nuevamente un lugar destacado en su comunidad, cosa que amaba, pues adoraba la exposición, y el ocupar un lugar destacado en la sociedad. Sus reuniones y cenas que da en su casa son muy comentadas, verdaderos eventos. Algunos de sus invitados notan un mal olor. Él dice que los cimientos de la casa tienen un problema de hongos.

No es difícil darse cuenta de qué se trata el olor nauseabundo. Cuando los jóvenes locales empiezan a desaparecer, la policía, que conocía su pasado, sabe exactamente dónde buscar.

Al principio, no ven los cuerpos, pero el 22 de diciembre de 1978 John Wayne Gacy, en compañía de sus abogados, confiesa los crímenes.

De la casa se recuperan 28 cuerpos, de jóvenes y niños de entre 9 y 20 años. Él había confesado 33 asesinatos, y dijo que los otros cinco los había tirado al río Des Plaines. Posteriormente, la policía logra recuperar todos los cuerpos.

John Wayne Gacy es sentenciado a muerte, y la sentencia ejecutada el 10 de mayo de 1994, por inyección letal. Sus últimas palabras a un guardiacarcel fueron “Puedes besarme el trasero, nunca les diré donde está el resto”.

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La Muertas de Juárez

Las muertas de Juárez, ¿hasta cuándo?

Las muertas de Juárez, ¿hasta cuándo?

La nota podría titularse “Un Hostel en la ciudad de Juárez”, parafraseando a la popular saga de películas que narran acerca de un club donde los interesados se reúnen a masacrar, torturar y matar turistas por placer, con la diferencia que en este caso, no son turistas, son las mismas hijas de Juárez las que lo padecen. La cifra es espeluznante. Se habla de más de1060 casos en 14 años, aunque esta cifra nunca será del todo exacta, debido a los muchos asesinatos que pudieron haber ocurrido, de los cuales nunca tendremos noticia.

Todo ocurrió –y sigue ocurriendo- en la Ciudad Juárez, en el estado de Chihuahua, México, ciudad de unos cuatro millones de habitantes. En el 2009 se reportaron 388 mujeres y niñas asesinadas. La primera fue Alma Chavira Farel, allá por 1993, tan sólo una niña. Las edades de estos asesinatos oscilan entre los 10 y los 35 años.

Las historias son todas similarmente brutales, desgarradoras. Tanto las niñas como las mujeres son encontradas sin vida, luego de haber sido terriblemente torturadas y vejadas, a veces con signos de haberlo sido por varios días. Muchos cuerpos ni siquiera aparecen, o los restos son encontrados muchos años después, por desprevenidos transeúntes.

Ni la colaboración del FBI ha podido esclarecer estos casos. Es increíble que tantos años después, tantos cadáveres con restos forenses de por medio, no se haya podido llegar a ninguna conclusión al respecto.

Los crímenes siguen impunes al día de hoy.  Amnesty International sigue el tema de cerca. Lamentablemente, la presidenta de la seccional de México de esta entidad ha concluido que de nada ha servido que se haya creado la Fiscalía Especializada de Delitos contra la Vida, porque no hay resultados, ni medidas que garanticen la protección.

Con semejante nivel de impunidad, nos preguntamos, cuál es el límite para la ineficiencia de los investigadores a cargo. Podemos pensar en dos situaciones posibles: o estamos ante una super mente maestra de la criminalidad y el horror, capaz de llevar a cabo más de mil abducciones y asesinatos, y no dejar ni una huella, ni un rastro, ni una pista, ni un vestigio de nada. O, por el contrario, la ineptitud de quienes deben investigar es supina. También cabría una tercera posibilidad: que los intereses creados, supuestas lealtades políticas o ansias de encubrimiento sean demasiado grandes como para permitir que algún día se encuentre a algún culpable.

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Motivación de los asesinos seriales

Daño cerebral de la mayoría de los asesinos seriales

Daño cerebral de la mayoría de los asesinos seriales

A menudo leemos las historias de asesinos seriales y nos preguntamos ¿qué es lo que realmente los motiva? Del estudio de los perfiles es posible concluir que generalmente los asesinos suelen quedar traumados desde niños por algún tipo de acontecimiento sexual o psicológico, que hayan vivido en si vida familiar, sobre todo en la relación con sus padres. Desde niños se puede ver lo torturado de sus mentes. Suelen provocar incendios o disfrutan torturando y maltratando animales de todo tipo. Recientes estudios demostraron que el 95% de los asesinos seriales presentan daño en la parte frontal del cerebro. Este tipo de lesión los hace generalmente más agresivos y más intelectuales que el nivel promedio.

Los delirios detrás de los asesinatos sólo sirven para justificar el extremo placer que sienten al quitar la vida de un semejante y producir dolor más allá de niveles imaginables. Algunos dicen ser enviados de algún dios, mientras que otros niegan la existencia de un Creador.

Los patrones de conducta de los asesinos seriales pueden ser clasificados en asesinos organizados y desorganizados. Tres cuartas partes de estos criminales son asesinos organizados y presentan un coeficiente intelectual mucho más alto que el promedio, lo que hace que se sienten superiores a los demás. La mayoría pose apariencias físicas normales e incluso atractivas.

Es común que este tipo de criminal mantenga una doble vida por mucho tiempo, incluso años, siendo padres de familia, esposos y ciudadanos normales. Ante sus vecinos y conocidos son personas totalmente normales, inclusive ante su familia, esposa e hijos, quienes en gran cantidad de los casos desconocen totalmente las “aficiones” de su familiar.

El resto de los asesinos pueden ser clasificados como desorganizados. Este grupo actúa por impulsos repentinos, y sus actos suelen ser consecuencia de antiguas frustraciones. El acto criminal es consecuencia de su incapacidad de mediatizar estas frustraciones tempranas de su vida, y buscan el placer instantáneo e intenso que les produce matar. De alguna manera, se trata del mismo mecanismo que se registra en los adictos, o los jugadores compulsivos. Tienen un bajo nivel intelectual y su comportamiento es relajado ante los demás. Ambos grupos de asesinos, los organizados y los desorganizados, muestran una perturbadora incapacidad de sentir culpa, o remordimiento por sus crímenes.

¿Quién sabe si ese simpático extraño que nos encontramos en el bus o en la calle no es en realidad un monstruo encubierto? ¿O quizás ese vecino que saludamos regularmente? ¿Puede usted asegurarlo?

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¿Quién era Jack en realidad?

¿Quién es Jack?

¿Quién es Jack?

Nunca se pudo saber con exactitud quién era Jack, debido en parte a las burdas técnicas de investigación forense del momento, y también se especula que se quiso ocultar al verdadero autor, Alberto, Duque de Clarence, miembro de la familia real.

En la década del noventa, se encontró un pequeño reloj de oro, con la leyenda “Yo soy Jack” y las iniciales de las víctimas: MN, AC, ES, CE, MK. También fue hallado un diario donde se describía en detalle los crímenes. El nombre del autor:  James Maybrick, un prominente comisionario algodonero de Liverpool. Se dijo en un primer momento que estos objetos eran un fraude. Pero análisis posteriores realizados con microscopio electrónico, y otros modernos métodos de investigación revelaron que el reloj podría haber sido de la época en que Jack azotaba la noche londinense.

Otro sospechoso que tiene muchos puntos a su favor es  Montague John Druitt un abogado, tenista y maestro de escuela. Montague se suicidó inmediatamente luego del asesinato de la última víctima, y los crímenes cesaron. Su familia estaba convencida que de el bueno de Montague era Jack. Ya en la época era considerado un firme sospechoso, y  aparece mencionado en el Memorados Macnaghten, un libro escrito en 1889, por Sir. Melville Macnaghten, quien estaba a cargo oficialmente de la investigación. El cuerpo de Montague apareció flotando en el río Támesis, en avanzado estado de descomposición. Si su familia estaba tan convencida de que era el asesino, cabe la pregunta ¿suicidio o asesinato, en un intento de terminar con esta carrera de muerte y horror? Ciertamente tuvo éxito, porque los asesinatos cesaron. Por otro lado, es improbable que un verdadero asesino serial se suicide, ya que se trata por lo general de una personalidad extremadamente narcisista y egocéntrica. El suicidio no es opción.

En 2006 se realizó un análisis de ADN a una de las supuestas cartas que Jack había enviado, y se llegó a la conclusión de que era una mujer. Se comenzó a hablar de Jill, la destripadora. Pero también podría haber escrito la carta con sus manos manchadas con sangre de una de sus víctimas. También se duda, porque no se corresponde con el perfil de los asesinos seriales el que sea una mujer. En definitiva, una información que no ayudó a esclarecer el caso.

Otro sospechoso fue Walter Richard Sickert (1860-1942), quien era un pintor de origen alemán. La acusación se basa en que hay gran número de evidencias que apuntan a Sickert. Patricia Cornwell, una investigadora lo declara el asesino sin discusión en un libro intitulado “Retrato de un asesino. Jack el Destripador: caso cerrado”. Pero, es extraño,  o al menos inusual que un asesino serial de estas características pare porque sí. En general las ansias de matar van in crescendo, y nada, salvo la muerte o la cárcel, lo hacen detenerse.

Otra teoría seria le atribuye los asesinatos a Melville Macnaghten (1853-1921). Melville era investigador de Scotland Yard, y, se supone que cometió los asesinatos para obligar a su jefe a dimitir. Cuando Melville fue puesto a cargo de la investigación, los asesinatos misteriosamente cesaron. También se dice que la letra de Melville era igual a las de las misivas de Jack, especialmente cuando escribe “Querido Jefe”. Nuevamente, inusual actitud para un asesino serial.

La última teoría, desarrollada en 1997 por Trevor Marriott, ex investigador de Scotland Yard, apunta a que Jack era en realidad un marino, que había llegado a Londres en el barco “Sylph”, un carguero de 600 toneladas. El barco había tocado puerto en Londres procedente de las islas Barbados en julio de 1888, justo un mes antes del asesinato de la primera víctima, y había zarpado hacia Managua (Nicaragua) dos semanas después del asesinato de la última víctima.

En Managua, justamente, se produce una serie de homicidios brutales similares a los de Jack que dejaron perplejos a los investigadores. De hecho, se especulaba en los diarios de ese entonces, que en realidad fuera Jack.

Las coincidencias siguen: el 17 de julio de 1889, Alice McKenzie, otra prostituta, aparece muerta de igual forma en Londres. Más tarde, en octubre de ese mismo año, en Hamburgo, otro puerto muy frecuentado por marinos, es escenario de otro crimen similar.

En definitiva, los años han pasado. Las técnicas de investigación forense han mejorado de manera astronómica. Pero la verdadera identidad de Jack sigue siendo tan misteriosa como en 1888. Tal vez sea esta aura de misterio la que ha marcado a fuego los atroces crímenes de Jack en la memoria de la humanidad.

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Jack el destripador

Carta de Jack el Destripador

Carta de Jack el Destripador

Segunda mitad del año 1888. Plena sociedad victoriana en Londres. Todavía era una época en que se conserva cierta ingenuidad por parte del ciudadano común. De repente, los cadáveres descuartizados de pobres prostitutas empezaron a acumularse en el barrio bajo de Whitechappel, un suburbio frecuentado por las clases más bajas de la ciudad.

Las características comunes de los asesinatos eran las siguiente: mujeres, prostitutas, a veces ocasionales, que aparecían con la garganta degollada de izquierda a derecha, y todas mutiladas. La parte favorita de Jack era el abdomen, aunque no se privaba de otras partes del cuerpo. Lo primero que hacía era agarrarlas por detrás y con un certero corte de izquierda a derecha las silenciaba, para siempre. A partir de ese momento, estaban a su más completa merced, para que se “divirtiera” como él más quisiera. A muchas les sacaba el útero, y otros órganos internos. Pero la manera en que lo  hacía era como la de alguien que tenía conocimientos y herramientas de un médico, o alguien avezado en anatomía humana. Las víctimas fueron Mary Ann Nichols (de 43 años), Annie Chapman (de 47), Elizabeth Stride (de 45), Catherine Eddowes (de 46), y Mary Jane Kelly (de 25, su víctima más joven).

El nombre Jack se lo dio el mismo, supuestamente, en una misiva que envió el 27 de septiembre de 1988, a la Agencia Estatal de Noticias. Como a muchos otros asesinos seriales, a Jack le gustaba la publicidad, y burlarse abiertamente de los policías que nunca pudieron detenerlo. En la misma podía leerse:

Querido Jefe, desde hace días oigo que la policía me ha capturado, pero en realidad todavía no me han encontrado. No soporto a cierto tipo de mujeres y no dejaré de destriparlas hasta que haya terminado con ellas. El último es un magnífico trabajo, a la dama en cuestión no le dio tiempo a gritar. Me gusta mi trabajo y estoy ansioso de empezar de nuevo, pronto tendrá noticias mías y de mi gracioso jueguecito…

Firmado: Jack el Destripador

La ironía, el sadismo y la diversión que este “jueguecito” le producía es el común denominador de los asesinos seriales. Es increíble cómo, con matices, el mismo comportamiento se repite a través de los siglos de la historia forense: Zodíaco, Charles Manson, Landrú.

Muchos investigadores, a lo largo de los años, se han abocado a descubrir la identidad de Jack, llegando a considerarse el tema prácticamente como un objeto de culto. La realidad es que Jack jugó su “gracioso jueguecito” hasta cuando tuvo ganas, y nunca nadie pudo impedírselo.

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El padrino de Matamoros

Adolfo de Jesús Constanzo

Adolfo de Jesús Constanzo

Adolfo de Jesús Constanzo era el nombre real de este temible asesino serial. Una de las características que muchos matadores seriales comparten es poseer una inspiración religiosa o mística para sus horribles matanzas. Esto responde mayormente a un tipo de mecanismo de defensa, que trata de proyectar en algo externo (Dios, las voces de mi cabeza, el Demonio, etc.) la responsabilidad por tales atroces actos. Y el caso de Constanzo no era excepción.

Nacido el 1º de noviembre de 1962 en Miami, de pequeño de mudó a San Juan de Puerto Rico. Su madre  era una inmigrante cubana- había enviudado, y había tenido tres hijos de tres padres diferentes. Constanzo fue bautizado como católico, pero ya de pequeño mamó la religión satanista Palo Mayombe. Este culto había sido desarrollado por esclavos africanos negros que se habían establecido en Cuba. Esta creencia veneraba a los espíritus y creía en la existencia de poderes sobrenaturales. Era común para sus practicantes practicar técnicas adivinatorias, para lo cual usan conchas o discos de varios materiales, frecuentemente cascaras duras de coco. Así, Constanzo se crió sumergido en estas creencias, que sin duda moldearían su carácter criminal.

En 1972 la familia regresa a Miami, pero no tiene una infancia muy normal. Tanto él como su madre son acusados en varias oportunidades de crímenes menores –pequeños robos y vandalismo. Si bien termina la escuela secundaria, luego es expulsado del colegio. Su madre estaba convencida de que Constanzo tenía poderes psíquicos.

Más adelante se hace sacerdote del rito Palo Mayombé. Pero en realidad su verdadera vocación era ser un estafador y narcotraficante, labores que desempeñaba con regularidad.

Constanzo visita la ciudad de México, y mientras tanto sobrevive tirando las cartas del tarot. Allí se granjea la lealtad de dos jóvenes, Martín Quintana Ramírez y Omar Orea Ochoa, quienes en realidad eran sus sirvientes, y sus esclavos sexuales. Todas las condiciones están dadas, como en el devenir de muchos otros asesinos seriales, para comenzar una carrera de masacres y sangre. El denominador común es rodearse de un séquito que los alabe y los adore sin condiciones.

Así, Constanzo crea un culto, asentado en la región de Matamoros, que recluta principalmente narcotraficantes, vendía drogas y realizaba rituales satánicos. Las primeras víctimas no tardarían en venir. La idea era usar a las víctimas como sacrificios humanos. Los rituales, mediante los cuales prometía a sus seguidores poderes sobrenaturales, como ser inmunes a las balas, o poder de invisibilidad, consistían en sacrificar víctimas, preferentemente de raza blanca, ya que se creía que el blanco era más permeable que otras razas, y hacer en un caldero una especie de sopa con la sangre, el cerebro y otras partes mutiladas de las víctimas. Entonces, todos tomaban un trago de eso.

Mark Kilroy, un americano de 21 años desaparecería en la zona de Matamoros, dejando a la policía local bastante perpleja, en cuanto a la causa de su desaparición. Este fue el principio del fin, para Constanzo. Las autoridades de Texas, de donde era oriundo Kilroy, presionaron, y la policía descubre la existencia de la secta, y pronto hacen los primeros arrestos.

Asediado por la policía, Constanzo ve que no tiene escapatoria. Es rodeado por efectivos policiales en un departamento de la ciudad de México. Cuando ve que no tiene escapatoria, le pide a uno de sus seguidores que le dispare, y luego este se suicida también.

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Gary Leon Ridgway


Gary Leon Ridgway

Gary Leon Ridgway

Por ese nombre, tal vez no lo recuerden. Pero si digo que es el Asesino del Río Verde, tal vez suene más familiar.

Nacido en 1949, en Salt Lake City, en 2001 fue arrestado por la policía. Y fue una cosa muy buena que esto sucediera, porque de esta manera se pudo poner fin a la carrera criminal de uno de los asesinos seriales más sanguinarios de los Estados Unidos.

A medida que pasaban los años, el número de casos en su contra fue creciendo de manera espeluznante. En un primer momento, se lo acusó y se lo condenó de 4 asesinatos. Las pruebas eran contundentes: la nueva estrella de la criminología, el ADN, había hecho su parte. Pero a poco de estar detenido confesó 71 asesinatos.

De apariencia amistosa y sencilla, usaba la foto de su propio hijo (se había casado tres veces, había engendrado un niño), para atraer a las incautas víctimas a su pick up.

Su infancia, como la de muchos asesinos seriales, fue dura. Era el segundo hijo de Mary Rita Steinman, una mujer estricta que no dudaba en apelar a la mano de hierro para con toda su familia, especialmente para con Gary. De hecho, los testigos afirman que su madre jamás lo quiso.

Ridgway era miembro de la iglesia Pentecostal, a la que asistía con devoción. Poco a poco, fue desarrollando una desviación sexual, y una obsesión con las prostitutas. Todos sus conocidos dijeron que era una persona amistosa, pero extraña.

Los cuerpos de sus víctimas, en especial mujeres, aunque no tenía una preferencia de raza, aparecían entre la maleza del río (de ahí su nombre) desnudas, y semi descuartizadas.

Ridgway había trabajado como pintor en una fábrica de camiones, por los últimos 30 años, y ahí mismo es donde fue atrapado, a la salida del trabajo.

Desde 1982 a 1984, se identificaron los cuerpos de 42 víctimas. Pero la policía no lograba dar con el terrible asesino. Todos los cadáveres aparecieron cerca de Portland, Oregon, donde Ridgway vivía.

Sus dichos son terribles: “He asesinado tantas mujeres que me cuesta acordarme de todas ellas”, dijo en la corte, mientras era acusado dehaber asesinado a las 48 mujeres en su casa o en su camión. También confesó: “El plan era: quería asesinar a tantas mujeres que yo consideraba prostitutas como pudiera”. Creía que porque eran prostitutas jamás lo atraparían.

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Andrei Romanovich Chikatilo

Andrei Romanovich Chikatilo

Andrei Romanovich Chikatilo

El hombre trabajaba y vivía en Rostov del Don, una ciudad a 800 kilómetros de Moscú. Respetado en su comunidad, casado, y miembro del partido Comunista. Por más de 12 años llevó adelante 53 asesinatos, con mutilaciones y canibalismo, hasta que finalmente fue descubierto en 1990.

Una de las razones que demoraron su detención fue la negativa del gobierno local de ver la obra de un asesino serial como responsable de todas las muertes y desapariciones acontecidas a lo largo del tiempo.

Chikatilo decía de si mismo que era un error de la naturaleza. Y vaya que lo era. Su predilección eran los niños, a quienes mataba y en ocasiones destripaba o mutilaba, no sin antes vejarlos sexualmente.

Su hermano mayor, Stephan, había sido raptado y devorado durante los momentos de gran hambruna en Rusia, en la década del 40. De niño era sujeto de burla por parte de sus compañeros. Era terriblemente miope, pero no usó gafas hasta bien entrado los 30 años, y por esa causa se burlaban de él.

Finaliza la escuela y se recibe de maestro, en 1971. Ya a esta altura le atraían las niñas de menos de 12 años, a quienes gustaba espiar.

Chikatilo se casa, y logra dejar embarazada a su esposa, a pesar de su problema de impotencia. Chikatilo creía que la naturaleza lo había castigado, castrándolo al nacer. Como marido, era un dominado por su mujer, un asexual que hacía todo lo que ella le mandaba. Pero por dentro era “una bestia enfadada”, como se describía a sí mismo.

A los 42 años mató por primera vez a una niña de 9 años. La convence con su labia para que vaya con él a una cabaña que tenía. Chikatilo tenía una enorme facilidad para hablar con los niños y convencerlos de que hicieran lo que él quería. En la cabaña la mata a puñaladas, y descubre que la sangre de la nena lo exacerbaba hasta hacerlo llegar al orgasmo –que nunca o muy pocas veces tenía. Es en este momento fatal que descubre qué es lo que realmente le gusta en la vida: ver sufrir a las criaturas.

Así, comenzó una carrera en la que la frecuencia entre víctimas se acortaba (en 1984 asesinó 15 personas), a la vez que la violencia se incrementaba. Niños, niñas, personas con retraso mental, prostituta, todos ellos jóvenes, formaron la nutrida lista de víctimas de esta perversa bestia. A algunos de ellos nunca se los encontró.

La dificultad mayor para atrapar a Chikatilo, donde se demuestra que es un error de la naturaleza como él mismo decía, es que su sangre era tipo A, y su semen, era tipo AB. Al no existir el análisis de ADN en ese momento, esto era todo de lo que disponía la policía para atraparlo.

Fue encarcelado, y en 1992 fue sentenciado a muerte. Fue ejecutado en prisión de un tiro en la nuca el 14 de Febrero de 1994.

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“El Pelón” Sobera

El Pelón Sobera

El Pelón Sobera

La historia criminal de México se vio conmovida en la década del cincuenta con la aparición de este terrible asesino serial.

Higinio Sobera de la Flor era el hijo de un acaudalado terrateniente poseedor de una finca en Villahermosa, Tabasco. Ya desde niño, mostró graves trastornos de personalidad, pudiendo, a la luz de los desarrollos de la psicología forense actual, ser clasificado como psicótico esquizofrénico. Tenía marcados tics en su comportamiento, sorprendiendo a todos con extraños ruidos con su garganta y ademanes y gestos con sus manos. Hablaba muchas veces de manera incomprensible para el resto de las personas. Pero su madre lo apañaba: “El Pelón” Sobera era “un pobre enfermo, tranquilo e incapaz de maltratar a nadie, además de ser muy cariñoso con los animales, principalmente con los gatos”.

El mote de “pelón” nace de su costumbre de andar totalmente rapado. Sus trastornos mentales lo llevaron a estar internado en el Hospital Floresta. Su hermano también era un enfermo mental, que pasó varios años internado en un manicomio en Barcelona.

Dinero no le faltaba. De hecho, disfrutaba de una vida de lujo. Tenía un automóvil último modelo, y frecuentaba cuanto cabaret estaba a su alcance, pues tenía un enorme apetito sexual. Alcohol, drogas y mujeres estaban al alcance de su mano.

El 10 de marzo de 1952 comenzó su final. Sobera tenía una pistola, que llevaba a todos lados. Primero amenazó, sin razón, a una empleada de una perfumería, aunque no llegó a herirla. Mientras la amenazaba repetía sin cesar que “tenía que matar a alguien”…

Se marcha de ahí, y entra en un bar de la avenida Juárez. Pidió una copa de ginebra al camarero quien le pidió que se quitara la gorra. Sobera se enfureció. Enloquecido, sacó su arma nuevamente y le gritó al mozo: “¡Tú mejor te callas, meserito hijo de la chingada!” Bebió la copa de un sorbo, tiró algunos billetes y salió de prisa del lugar.

Al otro día, sucede la tragedia. Luego de un intrascendente altercado con otro coche, tras el cual la gente normal sólo intercambiaría a lo sumo algún toque de bocina, o una maldición, a Sobera no le alcanzó con esto. Persiguió al otro conductor, que lo había encerrado con su auto, y lo remató de varios tiros, al detenerse a la par en un semáforo.

Pero la lista de víctimas no termina aquí.

Al siguiente día se encaminó al Paseo de la Reforma. Encaró a una muchacha, que recién salía de su trabajo. La chica se puso muy nerviosa, porque Sobera la molestaba, y el autobús tardaba en venir. Decide parar un taxi. Sobera se subió con la muchacha al taxi también. El taxista pensó que eran novios peleando. Quiso tocar a la chica, ahí mismo, en el asiento trasero del auto. La chica lloraba, y le rogaba que se detuviera. Sobera sacó un arma y le pegó tres tiros a quemarropa.

Sobera logró engañar a un agente que paró el taxi, y se dirige a una zona rural, con el pobre chofer de rehén. Sobera se roba el taxi, y deja al chofer a la vera del camino.

Sobera alquila un cuarto en un hotel en Palo Alto, mete al cadáver de la muchacha, y tiene relaciones sexuales con él.

Finalmente Sobera es detenido. Se ríe mucho durante el interrogatorio. Pide que le traigan unas tortas, pues “con el ajetreo” no había podido comer.

Una vez en la cárcel, Sobera dio nuevamente muestras de su estado mental. No se bañaba, la celda estaba en desastroso estado, a pesar de que su familia pagaba una buena cantidad de dinero por mes, para que contara con más comodidades que el resto de los presos. Sobera bebía su propio orín, y se untaba el cuerpo y la boca con materia fecal. No se podía estar cerca de él.

Se lo recluye en el anexo psiquiátrico de la cárcel, pero luego entra en estado catatónico.

Entonces se toma la decisión de trasladarlo al Centro Médico. Permaneció un tiempo recluido, pero luego su familia se hizo cargo, y se lo lleva a su casa donde permaneció al cuidado permanente de una enfermera. Años después, se le podía ver algún fin de semana a orillas del Lago de Chapultepec, llevando su vieja gorra a cuadros, condenado a vivir en una silla de ruedas, arrojando migajas a los patos…

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Zodiaco

Una de las misteriosas misivas de Zodíaco

Una de las misteriosas misivas de Zodíaco

Pocos asesinos seriales han dado tanto para hablar como Zodíaco. Su nombre es un misterio. Nunca pudo atribuirse una identidad certera al asesino que dejó al menos siete víctimas confirmadas, y cinco posibles víctimas que pueden ser atribuidas a él. Por más de diez meses asoló la región de San Francisco, teniendo como víctimas preferidas a jóvenes entre 19 y 30 años.

Zodíaco solía elegir parejas que estuvieran en sus coches, en momentos de intimidad. Los sorprendía y les disparaba a quemarropas. Pero también a una pareja la apuñaló.

Un periodista, Paul Avery, del San Francisco Chronicle, fue el vínculo elegido por este enfermo para comunicarse con la sociedad, y la policía. Solía enviar al diario misivas, en forma de criptograma (tres de ellas aún no han podido ser descifradas), donde explicaba las razones de sus ataques. Aparentemente, Zodíaco adoraba matar, le encantaba sentir la excitación y la diversión que arrancarle la vida a jóvenes personas le causaba. Él decía que cuando muriera y fuera al paraíso, sus víctimas le servirían de esclavos por toda la eternidad.

Entre diciembre de 1968 y octubre de 1969 duró el azote de Zodíaco. Luego, de la misma extraña manera en que comenzó, pareció calmarse. En 2001 se dio al caso el estatus de inactivo, pero por presión popular fue reabierto en 2007. Hasta el momento se ha podido extraer un perfil parcial de ADN. El mismo sólo sirvió para descartar a los posibles sospechosos, ya que nunca coincidió el perfil genético encontrado con los de quienes se pensaban que podrían haber sido los autores de los atroces crímenes

El sospechoso más firme había sido Arthur Leigh Allen, nacido 18 de diciembre de 1933. El 26 de agosto de 1992 muere, dejando muchas preguntas sin respuesta. Fue el único sospechoso investigado seriamente por la policía. En julio de 1971 un amigo de Allen comentó a la Policía de Manhattan Beach que él pensaba que Allen era Zodíaco. Efectivamente, se encontraron cuchillos ensangrentados en su auto, pero él dijo que los había usado para matar gallinas. También confesó haber leído un libro que Zodíaco mencionaba en sus crípticas notas, “El juego más peligroso”, y que le había encantado, y lo había impresionado mucho. Pero hasta ahí avanzó la investigación.

Nunca pudo atribuirse una identidad certera a Zodíaco, quien firmaba todas sus misivas con un círculo atravesado por una cruz. La dificultad para darle un nombre, radicó también en las increíbles diferencias que relataban los pocos testigos que lo habían visto, al tratar de hacer un identikit. Inclusive aún hoy no se sabe a ciencia cierta su raza.

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