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El transbordador espacial Columbia

Última imagen del Columbia

Última imagen del Columbia

16 de Enero de 2003. Desde muy temprano los curiosos y amantes de la astronomía y los viajes espaciales se habían dado cita en Cabo Cañaveral, la mítica estación de despegue de cohetes de la NASA para presencial el lanzamiento del Columbia. Esta “nueva generación” de naves espaciales tenía la ventaja de poder recuperarse, al aterrizar a salvo en la tierra luego del viaje espacial.

La gente miraba con asombro y admiración el despegue. Es el momento en que todos sacamos el niño que llevamos dentro, y nos dejamos capturar por ese amor que toda criatura tiene por los viajes espaciales y las estrellas. Lo que nadie sabía es que la suerte del Columbia ya estaba fatalmente echada.

Un pequeño objeto, de no más de un kilo de peso, y de pequeñas dimensiones (50 x 40 x 15 centímetros, casi como un libro) había golpeado fatalmente la parte inferior del ala izquierda, provocando que se desprenda un trozo de espuma de poliuretano, aislante del tanque externo. Ni los espectadores, ni los tripulantes se dieron cuenta de nada. Control de misión lo había advertido, pero desestimó el daño.

La misión transcurrió con normalidad. Iban a bordo el comandante Rick Husband y a los astronautas Willie McCool, Michael Anderson, David Brown, Kalpana Chawla, Ilan Ramon, el primer israelí en viajar al espacio, y Laurel Clark, cuyo marido, Jonhathan Clark, antiguo oficial médico de la NASA, había participado en la investigación.

Cinco años llevó la investigación de la NASA, para llegar a la conclusión de que el Columbia estaba destinado a la tragedia, desde el segundo 84 luego de su despegue, cuando este objeto lo golpeó.

El 1º de Febrero de 2003 se terminaron los sueños espaciales del Columbia. Las losetas de protección térmica cerca del tren de aterrizaje se habían desprendido. Esta pequeña superficie de aislante faltante fue lo que hizo que el calor abrasivo del plasma que se forma durante la reentrada a la atmósfera carcomiera la estructura interna del ala izquierda. El ala se desprende de cuajo, y el transbordador se despedaza, al girar sobre si mismo en una tromba mortal, quedando reducido a incandescentes fragmentos cósmicos.

Los sensores térmicos alertaron del calentamiento excesivo en ese sector de la nave, pero nada pudieron hacer para evitarlo.

Cómo murieron exactamente los tripulantes del Columbia, está en discusión. Las causa son múltiples. Por asfixia, al despresurizarse la nave. Pero también pudieron perecer por los golpes contra las paredes y objetos de la nave, especialmente los que no estaban sentados en sus asientos cuando se produjo el accidente. Casi la mitad no llevaban guantes ni casco. Aún quienes sí llevaban casco, el mismo es un elemento externo al traje, que no termina de calzar perfectamente, por lo que lo único que el casco hizo fue golpear las cabezas de quienes supuestamente protegía con fuerza demoledora.

Los arneses que sujetaban la parte superior de los astronautas también fallaron, y tampoco se activaron mecanismos protectores que requerían activación manual cuando los astronautas ya se habían desvanecido o estaban muertos.

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“El Pelón” Sobera

El Pelón Sobera

El Pelón Sobera

La historia criminal de México se vio conmovida en la década del cincuenta con la aparición de este terrible asesino serial.

Higinio Sobera de la Flor era el hijo de un acaudalado terrateniente poseedor de una finca en Villahermosa, Tabasco. Ya desde niño, mostró graves trastornos de personalidad, pudiendo, a la luz de los desarrollos de la psicología forense actual, ser clasificado como psicótico esquizofrénico. Tenía marcados tics en su comportamiento, sorprendiendo a todos con extraños ruidos con su garganta y ademanes y gestos con sus manos. Hablaba muchas veces de manera incomprensible para el resto de las personas. Pero su madre lo apañaba: “El Pelón” Sobera era “un pobre enfermo, tranquilo e incapaz de maltratar a nadie, además de ser muy cariñoso con los animales, principalmente con los gatos”.

El mote de “pelón” nace de su costumbre de andar totalmente rapado. Sus trastornos mentales lo llevaron a estar internado en el Hospital Floresta. Su hermano también era un enfermo mental, que pasó varios años internado en un manicomio en Barcelona.

Dinero no le faltaba. De hecho, disfrutaba de una vida de lujo. Tenía un automóvil último modelo, y frecuentaba cuanto cabaret estaba a su alcance, pues tenía un enorme apetito sexual. Alcohol, drogas y mujeres estaban al alcance de su mano.

El 10 de marzo de 1952 comenzó su final. Sobera tenía una pistola, que llevaba a todos lados. Primero amenazó, sin razón, a una empleada de una perfumería, aunque no llegó a herirla. Mientras la amenazaba repetía sin cesar que “tenía que matar a alguien”…

Se marcha de ahí, y entra en un bar de la avenida Juárez. Pidió una copa de ginebra al camarero quien le pidió que se quitara la gorra. Sobera se enfureció. Enloquecido, sacó su arma nuevamente y le gritó al mozo: “¡Tú mejor te callas, meserito hijo de la chingada!” Bebió la copa de un sorbo, tiró algunos billetes y salió de prisa del lugar.

Al otro día, sucede la tragedia. Luego de un intrascendente altercado con otro coche, tras el cual la gente normal sólo intercambiaría a lo sumo algún toque de bocina, o una maldición, a Sobera no le alcanzó con esto. Persiguió al otro conductor, que lo había encerrado con su auto, y lo remató de varios tiros, al detenerse a la par en un semáforo.

Pero la lista de víctimas no termina aquí.

Al siguiente día se encaminó al Paseo de la Reforma. Encaró a una muchacha, que recién salía de su trabajo. La chica se puso muy nerviosa, porque Sobera la molestaba, y el autobús tardaba en venir. Decide parar un taxi. Sobera se subió con la muchacha al taxi también. El taxista pensó que eran novios peleando. Quiso tocar a la chica, ahí mismo, en el asiento trasero del auto. La chica lloraba, y le rogaba que se detuviera. Sobera sacó un arma y le pegó tres tiros a quemarropa.

Sobera logró engañar a un agente que paró el taxi, y se dirige a una zona rural, con el pobre chofer de rehén. Sobera se roba el taxi, y deja al chofer a la vera del camino.

Sobera alquila un cuarto en un hotel en Palo Alto, mete al cadáver de la muchacha, y tiene relaciones sexuales con él.

Finalmente Sobera es detenido. Se ríe mucho durante el interrogatorio. Pide que le traigan unas tortas, pues “con el ajetreo” no había podido comer.

Una vez en la cárcel, Sobera dio nuevamente muestras de su estado mental. No se bañaba, la celda estaba en desastroso estado, a pesar de que su familia pagaba una buena cantidad de dinero por mes, para que contara con más comodidades que el resto de los presos. Sobera bebía su propio orín, y se untaba el cuerpo y la boca con materia fecal. No se podía estar cerca de él.

Se lo recluye en el anexo psiquiátrico de la cárcel, pero luego entra en estado catatónico.

Entonces se toma la decisión de trasladarlo al Centro Médico. Permaneció un tiempo recluido, pero luego su familia se hizo cargo, y se lo lleva a su casa donde permaneció al cuidado permanente de una enfermera. Años después, se le podía ver algún fin de semana a orillas del Lago de Chapultepec, llevando su vieja gorra a cuadros, condenado a vivir en una silla de ruedas, arrojando migajas a los patos…

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Carlos Eduardo Robledo Puch II

Carlos Eduardo Robledo Puch, en la actualidad

Carlos Eduardo Robledo Puch, en la actualidad

Es fácil imaginarse la excitación que habrá sentido el joven al asesinar a sus primeras víctimas, el placer, la excitación que emanaba de la adrenalina del momento. Cabe destacar que todas las víctimas de Robledo no representaban amenaza, porque no es que él intentó defenderse de alguna víctima que, naturalmente, trataba de repeler a su agresor. Robledo mató a casi todas sus víctimas mientras dormían. Muchos de ellos nunca supieron qué había pasado, porque nunca despertaron de su sueño.

Con 19 años, Robledo ya era un asesino consumado. Él y su socio Ibáñez robaban sin ningún empacho negocios, y supermercados, siempre asesinando a los serenos, u ocasionales cuidadores de los lugares. El modus operandi era similar. Entraban por el techo, descolgándose con sogas o mangueras, y luego daban el atraco, con total tranquilidad.

El 24 de mayo de 1971 asesinaron al sereno de un supermercado en Olivos, para llevarse la recaudación del lugar. El dinero entraba fácilmente, pero también se iba fácil, especialmente con el gusto que tenía Ibáñez por las mujeres. Gastaban todo en la barra de bares y en mujeres, pero a Robledo las mujeres no le interesaban. Sin embargo, no tenía problemas en acompañar a Ibáñez en sus violaciones, y hasta le hacía el favor a su amigo de ejecutarlas una vez ultrajadas. Las violaciones eran efectuadas en la ruta, y los cadáveres eran abandonados allí mismo. A Ibáñez le gustaban los coches poderosos, por lo que se dedicaba a robar Torinos, su favorito.

El 5 de agosto se acabó el romance entre los socios. Para los registros, Ibáñez murió en un accidente de autos, del cual Robledo salió ileso. Se cree en realidad, que Robledo lo mató, y lo hizo pasar por un accidente. Robledo necesitaba un nuevo socio.

Héctor Somoza ocupó el lugar del fallecido Ibáñez. Pero Robledo no estaba muy feliz, decía que le traía mala suerte (en un par de atracos que realizaron, el botín había sido muy escaso).

Robledo va a comprar un auto a una concesionaria. Va acompañado por su madre. Compra el vehículo, y paga en efectivo. Aprovecha la oportunidad para estudiar la caja de seguridad que estaba empotrada en el lugar. Ese fue su próximo golpe, y el último de Somoza.

Los muchachos entraron al lugar. Por supuesto, mataron al sereno, y trabajaron por cinco horas con total tranquilidad, con un soplete, tratando de abrir el tesoro.

Mientras Somoza está ocupado en eso, Robledo le dispara de improviso. Somoza lo mira con horror, y para no dejarlo sufriendo, Robledo lo remata de un disparo en la cabeza. “Era mi amigo”, dijo más adelante. “No iba a dejarlo sufrir”.

Para cubrir sus rastros, le quema la cara y las manos con el soplete, para que no pudiera ser identificado, pero se olvida de su cédula de identidad en el bolsillo del pantalón de Somoza. Al otro día lo detiene la policía en la puerta de su casa.

Fue juzgado y condenado en 1980. Sus últimas palabras ante el tribunal de la Sala 1ra de la Cámara de Apelaciones de San Isidro fueron “Esto fue un circo romano. Algún día voy a salir y los voy a matar a todos”.

En el año 2000 ya podía gozar del beneficio de la libertad bajo palabra, beneficio que decide no aprovechar, argumentando que “no estaba listo” para ser liberado. Pero en 2008 le entran las ganas de ser libre. Para ello, solicita sea efectivo el beneficio. Pero el juez rue atiende su solicitud se la deniega por considerar que no se ha reformado de manera positiva en ningunos de los aspectos sociológicos necesarios para vivir en libertad, además de no poseer familiares directos que puedan contenerlo.

Robledo Puch sigue preso en un pabellón para homosexuales del penal de Sierra Chica.

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Carlos Eduardo Robledo Puch

Carlos Eduardo Robledo Puch

Carlos Eduardo Robledo Puch

“Un joven de 20 años no puede vivir sin plata y sin coche”. Ese había sido el justificativo que había esgrimido este ángel rubio para cometer los crímenes más atroces. Un caso emblemático para probar que para forjar un despiadado criminal no siempre es necesario un hogar roto, o padres violentos o alcohólicos, o haber sido víctima de violencia sexual.

Robledo Puch había nacido el 22 de enero de 1952 en un hogar acomodado en la zona norte del conurbano bonaerense, a pocos minutos de la ciudad de Buenos Aires. Su padre era un ejecutivo de la General Motors, por lo que la familia contaba con una buena posición.

Había ido a las mejores escuelas, y su padre abrigaba la esperanza de que se convirtiera en ingeniero, como él y como su abuelo. Para ello, lo anota en la escuela industrial. A Robledo Puch le gustaban las máquinas. También le gustaba leer. Saca muchos libros de la biblioteca, y los devuelve rápido.

Es en la escuela industrial donde conoce a su primer socio del crimen, Jorge Ibáñez. Ambos abandonan la escuela. Se encuentran con frecuencia a tomar café, y a filosofar sobre las cosas de la vida. No hay plata para más, por ahora. Jorge insiste que su padre es un tipo “macanudo”. Ya tiene varias armas en su casa, y lo invita a Robledo Puch a practicar tiro. Robledo acepta encantado.

Robledo cumple 19 años. Su madre dice que está cansada, decide irse a Europa a reponerse. Por ello, prefiere viajar en barco, por lo que estaría ausente un largo período de tiempo. Su padre viaja por negocios. La casa estaría vacía. El campo perfecto para que Robledo se inicie una trágica carrera criminal. Lo primero que hace es robarse una moto que le gustó. Anda por el barrio de manera enloquecida, hasta que la choca y la deja tirada. Con excitación, le comenta a Ibáñez de su hazaña.

Pero los muchachos estaban para algo más grande. El primer golpe es a una discoteca, “Enamour”. Entran y saquean la caja con total tranquilidad. En otra habitación duermen el dueño y el sereno del lugar, que no se habían despertado. Pero Robledo los ultima de varios disparos mientras dormían. Los muchachos se alzan con un botín importante.

Ibáñez es un tipo violento. Le gusta violar mujeres, a las que Robledo ultima generalmente a los tiros.  a Robledo, las mujeres no le interesan. El 9 de mayo de 1971, a las cuatro de la mañana, Robledo Puch e Ibáñez ingresaron a un negocio de repuestos de automóviles Mercedes-Benz. Al entrar en una de las habitaciones, encontraron a una pareja y a su hijo recién nacido. Robledo  no dudó, asesinó al hombre de varios disparos. También le asesta a la mujer un certero disparo en el pecho, pero no muere, queda gravemente herida. Para Ibáñez no es inconveniente. Igualmente la viola, y deja la escena del crimen bañado en sangre. Pero la mujer, a rastras, logra pedir ayuda. Sobrevive, y luego testificaría en el juicio. Antes de huir, Robledo Puch disparó a la cuna donde lloraba un bebé de pocos meses, erró por poco, por lo que la criatura salvó su vida.

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Felicitas Guerrero de Álzaga

Felicitas Guerrero, según un daguerrotipo de la época

Felicitas Guerrero, según un daguerrotipo de la época

Corría el año 1846 en la ciudad de Buenos Aires. Allí fue donde vio la luz Felicitas Guerrero de Álzaga. Nacida en una cuna de plata, dinero nunca le faltó. Su padre, Carlos José Guerrero fue el terrateniente que introdujo a la raza de vacas Aberdeen Angus al país. Su madre, Felicitas Cueto y Montes de Oca, era también de la alta sociedad.

Felicitas creció hermosa, y deseada por todos. A los 16 años, su padre la casa con un rico adinerado, Martín Gregorio de Álzaga. Don Álzaga era a la sazón un hombre de ya sesenta años. Felicitas no quiere saber nada con ese casamiento. Pero para su padre es una excelente idea, para que la chica sentara cabeza.

Aparentemente, llega a términos con este matrimonio forzado, y realmente comienza a vivir momentos de felicidad, con su esposo. Lamentablemente, la desgracia la perseguiría desde el primer momento.

Nada deseaba más Felicitas que ser madre. Sin embargo, el destino le negó esta bendición dos veces. El primer bebé murió en el parto. Su segundo hijo, Félix, moría a muy corta edad, aquejado por la terrible peste de fiebre amarilla que azotó a la ciudad por 1869. Al siguiente año, fallece Don Álzaga, aquejado por una profunda depresión.

Así Felicitas queda viuda, a una edad de no más de 26 años, y extremadamente rica. No pasa mucho tiempo hasta que se convierte en el blanco favorito de todo caballero que se preciara de tal de la ciudad de Buenos Aires.

Felicitas nunca se decide por ninguno, y así coquetea con todos, pero no le da sus favores a nadie. Uno de estos personajes, que revoloteaban alrededor de Felicitas era Enrique Ocampo, un hombre también mucho mayor que ella. Poco menos que Ocampo se convierte en un acosador, del cual Felicitas no puede despegarse.

El día del trágico final de Felicitas era un día de fiestas y felicidad. El  2 de Febrero, se inauguraría el Puente de la Postrera. La Postrera era una estancia, si, propiedad de Felicitas. El lugar estratégico donde se encontraba, la hacía el paso obligatorio por muchos años  de los pasajeros en ruta a la costa atlántica (la ciudad de Mar del Plata). El puente unía Castelli con Chascomús (dos ciudades del interior bonaerense).

Al acto asistiría el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Emilio Mitre.

Ese día, entonces, el 29 de enero de 1872, Felicitas parte hacia Buenos Aires, para comprar algunas cosas que necesitaba para la fiesta. Al regresar, se encuentra con Ocampo. Al parecer, el hombre le reclama violentamente, no haber resultado favorecido finalmente por Felicitas, ya que ella se había inclinado por otro pretendiente.

Sucede que un día, en viaje a una de sus estancias, se desata una terrible tormenta. Felicitas encuentra refugio en una estancia de un tal Samuel  Pedro Sáenz Valiente Higuimbothom. Inmediatamente queda enamorada de él. Por lo que ya había tomado una decisión con respecto a Ocampo.

Ocampo no acepta un no por respuesta y le dispara por la espalda. Luego, él muere. No queda claro si se suicida, o el primo de Felicitas lo remata. Felicitas muere al otro día en brazos de sus padres.

Presos de un dolor sin final, los padres, también sus únicos herederos, deciden invertir parte de la fortuna de Felicitas en realizar una iglesia, en el lugar exacto en que Felicitas muere. Así se construye la Iglesia de Santa Felicitas.

Dicen los testigos que se puede ver el fantasma de Felicitas, llorando en los días de tormenta, aferrada a los barrotes del portón de entrada.

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Krakatoa (ii)

Lo que queda de la Isla de Krakatoa, hoy día

Lo que queda de la Isla de Krakatoa, hoy día

Las consecuencias de la erupción del volcán fueron desastrosas. Los 3000 habitantes en la isla de Sebesi, aproximadamente a 13 kilómetros de Krakatoa fallecieron en el acto. Este número era solo una porción de los 36.000 muertos que la explosión dejaría como saldo final.

En las costas de Sumatra, 40 kilómetros al norte de Krakatoa, la lava mató instantáneamente a más de 1.000 personas.

Un año después de la explosión todavía podían encontrarse cadáveres flotando en lugares tan distantes como la costa de África.

Pero la lava no se llevó sino una porción de las víctimas. Lo más pavoroso fueron los tsunamis. Las olas fueron tan gigantescas, que azotaron a barcos anclados en las costas de África, como si fueran cáscaras de nuez flotando en el mar.

Los millones de metros cúbicos de lava ardiente que se volcaron al mar alrededor de la isla, no solo  hicieron que la misma hirviera, sino que desplazaron masas de agua gigantescas. Había lava en el fondo del mar hasta a 40 kilómetros de distancia, en Sumatra. La ceniza caliente viajó sobre el agua en una nube de vapor, causando un tsunami.

Pero ¿dónde había quedado nuestro holandés amigo, el ingeniero Verbeek? Él relató su experiencia de la siguiente manera: “El fragor fue haciéndose más intenso. Violentas explosiones interrumpían cada vez más el sordo rugido del volcán. El cielo aparecía cubierto por una cortina opaca. En el mar ya no había ningún navío. Al caer la tarde, el aire se estremeció con pavorosas detonaciones y la gente, presa del pánico y viendo que era algo más que una tempestad, empezó a rogar a Dios”.

Un viento huracanado y caliente, como el aliento del mismísimo Diablo, azotaba la tierra en un radio de 2.000 kilómetros. El cielo cambió de color en ciudades como Roma, París o Nueva York.

Una bola de lava hirviente de casi kilómetro y medio de profundidad pugnaba por salir a través de los cráteres, y luchaba con el mar, que se interponía en el camino de su liberación. Cuando finalmente logró salir al aire, lo hizo con una fuerza cataclísmica. El agua del mar ingresó a raudales por nuevo agujero en el volcán  y, al entrar en contacto con la lava, se convirtió una enorme caldera de vapor, lista a explotar. Gigantescos bloques de granito y obsidiana salieron disparados hasta más de 20 kilómetros de altura. Pero esta explosión fue insignificante comparada con la segunda.

El mar y la lava ardiente luchaban, uno contra otro. Como resultado, se registró una explosión monumental, en la que  una parte de la isla saltó en mil pedazos como un plato de loza por la presión de vapor. En ese instante, una inmensa tromba de agua se precipitó al centro volcánico de la isla, provocando una explosión  similar al estallido de 7000 bombas atómicas de Hiroshima.

Barcos anclados en la costa de Sumatra terminaron a 4 kilómetros de la costa, en medio de la selva. Habían sido levantados como una maderita que flota en el mar, y arrojados adonde ahora descansaban, sobre la copa de los árboles de la selva.

Tres cuartas partes de la isla de Krakatoa fueron  arrancadas de cuajo. Una superficie como casi toda Manhattan desapareció. Otros testigos lejanos, los tripulantes del buque británico “Charles Bal”, se taparon los oídos mientras asistían a un espectáculo indescriptible: la isla volaba en el horizonte con el aspecto de un “pino brillantemente iluminado”. La detonación, considerada como “el mayor ruido de la historia“, se escuchó en el centro de Australia a unos 5000 Kilómetros. Muchos nativos de Java y Sumatra quedaron sordos de por vida, al estallarles los tímpanos.

El mundo nunca volvería a ser el mismo. La tierra se había hecho escuchar.

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Krakatoa

Antiguo grabado de cómo lucía Krakatoa antes de la explosión

Antiguo grabado de cómo lucía Krakatoa antes de la explosión

El ingeniero holandés R. D. M. Verbeek era un hombre de mar. Había acompañado muchas expediciones por todo el mundo, como representante del Reino de Holanda. Holanda no tenía aspiraciones de conquista de los nuevos territorios, pero lo que sí buscaban los holandeses frenéticamente eran nuevas rutas y destinos para su creciente comercio.

Verbeek tenía experiencia en el mar, podría decirse que nada lo asustaba. En esta oportunidad iba a bordo del navío mercante Bervice, que surcaba plácidamente el mar frente a la isla de Sumatra. Pero lo que le tocó vivir, no puede ser comparado con ninguna otra experiencia humana, o quizás tal vez con lo que experimentan las pobres almas de los pecadores cuando entran al infierno.

Todo comenzó en Krakatoa, una pequeña isla –que en rigor de verdad era el pico de un volcán que emergía sobre el mar. La isla estaba situada entre Java y Sumatra, en el estrecho de Sunda. Lo que nadie sabía entonces, que se descubriría gracias a los avances de la geología muchos años después, es que donde se encontraba esa paradisíaca isla, es la convergencia de dos importantes placas tectónicas, la placa Indoaustraliana y la placa Euroasiática, si se quiere, el área más inestable de la tierra.

A partir del 20 de mayo de 1883, las crónicas del momento relataban que el volcán comenzó avisando del inminente desastre con una serie de emisiones de gases, y con el registro de algunos sismos en lugares muy distantes, como Australia. La nube de ceniza y humo ya se elevaba a 6.000 metros. La explosión de esta primera erupción se escuchó a 150 kilómetros, en Yakarta. Pero, pronto el furioso volcán pareció calmarse, al menos temporariamente.

El 19 de junio, la actividad comenzó de nuevo. La erupción fue tan violenta que causó mareas excepcionalmente altas en la zona, y los barcos anclados tuvieron que ser amarrados con cadenas.

El 11 de agosto comenzó el principio del fin. Al menos 11 fisuras se abrieron en el volcán. El 24 de agosto, las erupciones lejanas se hicieron más poderosas. Alrededor de la una de la tarde del 26 de agosto, el volcán entró en su fase de máxima actividad, y una hora más tarde, los testigos relataron que vieron una nube negra de ceniza de una altura de 27 kilómetros. La erupción era prácticamente continua y, con el ritmo de una parturienta a punto de tener familia,  las explosiones podían oírse con intervalos de unos diez minutos.

Desde los barcos que se encontraban a 20 kilómetros se informó acerca de la caída de ceniza pesada, con pedazos de piedra pómez caliente de hasta diez centímetros de diámetro. Un pequeño tsunami, que sólo presagiaba que lo peor estaba por venir, llegó a Java aproximadamente a 40 kilómetros Sumatra.

Cuatro enormes explosiones ocurrieron a las 5:30, 6:42, 8:20, y 10:02. La peor y la más poderosa fue la última. Grandes tsunamis acompañaron cada una de las explosiones. Un área grande del Estrecho Sunda y varios sitios sobre la costa de Sumatra fueron afectados por flujos de lava del volcán. Esto hizo que el agua que rodeaba la isla hirviera en el lecho del mar, generando una imagen infernal de calor y vapor mortales.

Se pudieron oír las explosiones  hasta 3500 kilómetros de distancia, en lugares tan distantes como Australia y la isla de Rodríguez cerca de Mauricio, a 4800 kilómetros de distancia

El sonido de la destrucción de Krakatoa, como se cree, es el sonido más ruidoso en la historia registrado. Se dice que marineros a 40 km a la redonda quedaron sordos del estruendo. La ceniza fue propulsada a una altura de 80 kilómetros. Las erupciones disminuyeron rápidamente después de aquel punto, y antes de la mañana del 28 de agosto Krakatoa estaba tranquilo.

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Arthur Shawcross

Arthur Shawcross

Arthur Shawcross

Pocos hombres, afortunadamente, ostentan en la historia de la criminología de la edad moderna el record de Arthur Shawcross. Nacido en Maine el 6 de Junio de 1945, tuvo una infancia difícil. Con una inteligencia menor que la media, a menudo era objeto de malos tratos y burlas por parte de otros niños. Era común que Shawcross tuviera comportamientos agresivos, y mojara su cama ya siendo un niño grande.

Finalmente, logra graduarse de la escuela a los 19 años, y se une a la Armada. Es alistado y combate en Vietnam. Posteriormente, Shawcross confesaría que fue en esta circunstancia cuando tuvo sus primeras experiencias como asesino serial, y caníbal. Shawcross asesinó a dos niñas vietnamitas y se comió parte de sus cuerpos.

De vuelta de la guerra, Shawcross se casó cuatro veces, pero los cuatro matrimonios lo llevaron al fracaso. Tan pronto como comenzaba la vida en común, sus mujeres pronto descubrían el comportamiento errático y violento de Shawcross, y lo abandonaban. Como producto de uno de estos matrimonios, tuvo una hija, con la que se reencontró en 2002 y mantuvo contacto hasta su muerte en 2008.

En mayo de 1972, viola y mata a un niño de 10 años, Jack Owen Blake. Igual fin corre una niña de 8 años, Karen Ann Hill. Es condenado a 25 años de cárcel (llega a un trato luego de confesar dónde estaba el cuerpo de Jack). A los 15 años de condena es liberado bajo palabra, pero los problemas, para él y para la sociedad toda, recién comienzan.

En Marzo de 1987 es liberado, y en Marzo de 1988 comienza una frenética carrera de muerte, abuso y canibalismo, que se cobra la vida de al menos doce prostitutas. A algunas las mataba y se comía parte de sus cuerpos, como sus vaginas. A muchas de ellas, las golpeaba ferozmente, hasta deformarlas.

Shawcross es atrapado masturbándose en su auto en la escena del crimen de su última víctima, June Cicero, de 34 años. Shawcross había tirado el cuerpo mutilado en el Río Salmon Creek, y estaba estacionado con su auto sobre el puente desde donde había lanzado el cadáver, cuando fue descubierto por una vigilancia aérea.

Shawcross es atrapado, y alega demencia. El jurado no le cree, ni considera que el haber estado en Vietnam sea suficiente atenuante. Es condenado a 250 años de cárcel, pero muere a los pocos años, el 10 de Noviembre de 2008 de una trombosis y edema pulmonar.

Shawcross gustaba de dar entrevistas a los medios, para regodearse de los crímenes cometidos. De hecho, había concedido una entrevista al Discovery Channel, para la serie Most Evil unos años antes de morir.

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Grigori Rasputín

Grigori Rasputín

Grigori Rasputín

Históricamente, en todas las cortes del mundo han existido los acólitos y personajes varios que rodean al poder, y se nutren de la clase real, como sanguijuelas. Pero el caso del monje Grigori Rasputín es emblemático. Rasputin nació el 22 de enero de 1869, en la region de Tobolsk (actualmente conocida como Óblast de Tiumen), en una villa rural llamada Pokrovskoye, a orillas del río Tura. Fue un verdadero joven salvaje, criándose solo en los bosques, como el “Salvaje de Aveyron”. Su actividad favorita era el cuatrerismo, es decir, robo de ganado.

Rasputín tenía un hermano, y una hermana. Su hermana María era epiléptica, y muere trágicamente ahogada en un río. Su hermano Dmitri era quien había quedado con Rasputín. Cierto día, mientras los hermanos jugaban, caen en una laguna, y son rescatados de morir ahogados por un pastor que pasaba fortuitamente por allí. Pero, Dmitri muere a los pocos días de neumonía. Se dice que ambas tragedias acontecidas durante su niñez marcaron a Rasputín de manera indeleble. Hacia los 18 años es enviado al monasterio de Verkhoturye, como pena por sus robos de ganado. Es en este momento donde tiene una verdadera “revelación”.

Rasputín confesó que al ingresar al monasterio tuvo una visión de la Virgen, y aunque solo permaneció aquí por tres cortos meses, sirvió para determinar el rumbo de su vida.

Al dejar el monasterio, con la firme convicción que ya se había convertido en monje, se une a una secta cristiana condenada por la iglesia ortodoxa, los khlysty (flagelantes). Los flagelantes tenían la creencia de que la única manera de alcanzar a Dios es através del dolor, que se propinaban a si mismo flagelándose, por lo general, lo hacían autoinflingiéndose latigazos en la espalda y otras zonas de su cuerpo.

Pero no todo era dolor para los Khlysty. También eran notorias las orgías y fiestas negras, de las Rasputín se convirtió en acérrimo partidario. A pesar de sus intentos para hacerse ver como un hombre santo, Rasputín tuvo cientos de mujeres y varios hijos a lo largo de toda su vida, lo que le dio la imagen de mujeriego que perdurá hasta nuestros días.

Rasputín deja la secta, y conoce a un “iluminado”, llamado Makariy, quien vivía en una cabaña cerca del monasterio. Rasputín lo toma como modelo, y trata de parecerse a este iluminado en todo.

En 1889 Rasputín se casa, y tiene tres hijos (Dmitri y María, como sus hermanos, y Varvara) y también tiene un hijo con otra mujer. Pero, lejos de convertirse en un hombre de hogar, Rasputín se marcha como peregrino, a recorrer el mundo. Así, permaneció más de dos años viajando por tierras eslavas, Grecia y Tierra Santa. Aprendió mucho de historia, esoterismo, teosofía, viejas religiones y tradiciones.

En 1903 de vuelta en Rusia, comienza a albergar el firme propósito de entrar en la corte de los Zares. Pero, al momento es sólo un mendigo en San Petersburgo. Sin embargo, comienza a armarse fama de sanador con las manos y poseedor de poderes sobrenaturales varios.

Pero todo llega, y en 1905 es llamado al palacio del Zar para curar al único heredero, el príncipe Alexei, quien sufría de Hemofilia. Se cree que mediante hipnosis, logra que el joven recupere en parte su salud. Esto le bastó para llegar a dónde Rasputín había querido por tanto tiempo.

Así, se convierte en íntimo amigo de la Zarina, y de su hijo Alexei. Cuando el Zar se va de San Petersburgo a pelear la Primera Guerra Mundial, todo el poder recae en las manos de Rasputín, quien no tiene inconvenientes para influir a la voluble zarina y a su hijo. Así, logra colocar en puestos clave a funcionarios alemanes, dado que la zarina era de ascendencia alemana. Esto fue fatal para la dinastía de los Zares rusos, y últimamente sería una de las causas de su terrible destitución que conduciría a la muerte por fusilamiento del Zar Nicolás II y de toda la familia real en 1917.

En 1916 se arma un complot para matar a Rasputín. Así el 29 de diciembre de 1916, se produce el terrible desenlace. Esa misma noche es envenado durante la cena. No conformes con esto, le pegan cinco tiros, lo envuelven en una alfombra y lo lanzan al río Neva. Pero increíblemente, la autopsia posterior revelará que muere por asfixia por inmersión, es decir, ahogado en el río. Una vez encontrado su cadáver, le extrajeron el corazón y le castraron y desde 2004, en un museo erótico de San Petersburgo, se exhibe un gran pene considerado el de Rasputín.

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Los reductores de cabezas

Los Jíbaros

Los Jíbaros

Desde las selvas de Perú y Ecuador se alza el clamor de los Jíbaros, popularmente conocidos como los reductores de cabezas. El nombre exacto de este pueblo es Shuar, y actualmente alcanzan los 80.000 individuos, diseminados en las distintas regiones amazónicas de ambos países.

Los Jíbaros son uno de los pueblos más resistentes de la historia de la humanidad. Ni los españoles ni los aztecas pudieron conquistarlos. La selva es su territorio, que conocen como ningún otro. Y es esta localía la que les juega a favor, a la hora de repeler agresiones externas. En un lugar extremo, donde cualquiera enloquecería y moriría de hambre o sed o picado por las feroces alimañas de la selva, ellos son los dueños de casa.

Una de las prácticas que más han impresionado a los investigadores y al mundo todo es su costumbre de reducir los cráneos humanos, a menos de un tercio de su tamaño original.

Los Shuar reducen las cabezas de los que son considerados sus enemigos, como trofeo de guerra por cada batalla ganada. El procedimiento es complejo, y para ello emplean los elementos de la naturaleza que los rodea, logrando así un resultado macabro.

Los Jíbaros cortan sin miramientos de ningún tipo la cabeza de sus enemigos. Una vez hecho esto, cortan la piel desde el cuello a la nuca con un corte certero, tiran de la misma y la desprenden del cráneo. Los ojos y demás partes blandas se desechan.

Luego se mete la piel en agua hirviendo con el agregado de jugo de liana y otras especies vegetales, que tienen como finalidad que el pelo no se caiga. Este paso solo debe durar unos diez minutos, ya que si se dejara más tiempo la piel en agua hirviendo, se ablandaría demasiado y se pudriría.

Se retira la cabeza del agua, que por estas alturas ya mide menos de la mitad de su tamaño original. Una vez seca, la piel es raspada por dentro para evitar que quedara carne adherida que pudiera pudrirse y dar mal olor, y se aplica una mano de aceite de carapa, por dentro y por fuera. El carapa es una planta conocida también como el caoba de Brasil.

La piel es cosida por donde se hizo el corte original, como así también los demás orificios, para evitar que se salga su relleno. Queda todo de la forma de una bolsita. Se llena la bolsita de arena caliente o piedras, y se cose el agujero, quedando bien cerrada.

La cabeza así rellena es disecada al fuego, o más bien ahumada. A la vez, se le va dando forma al cuero (que es en lo que se ha transformado la piel humana) con una piedra caliente. Cuando está bien disecada, se vacía su interior, y se pinta la piel de negro. Así, con los ojos cosidos y la cabeza teñida de negro, el alma del enemigo queda atrapada en la oscuridad y no hay por qué temer una posible venganza.

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