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La tragedia del Kursk II
Algunos datos son escalofriantes. El Kursk poseía una boya de emergencia, que automáticamente debía ser desplegada en caso de un siniestro a bordo, pero había sido desactivada por motivos de seguridad, para no dar aviso de su locación.
Los reactores nucleares estaban protegidos por una pared de 13 centímetros de ancho, que gracias a Dios, y para beneficio de la humanidad, habían soportado muy bien las explosiones. De otra manera, la catástrofe hubiera alcanzado proporciones bíblicas. La mampara del quinto compartimento resistió la explosión, haciendo que las barras de control nucleares se mantuvieran en su lugar evitando un desastre nuclear. Los expertos occidentales han quedado admirados por la excelencia de la ingeniería rusa al crear un submarino que soportó semejante siniestro.
La onda expansiva de la primera explosión se propagó por los conductos de aire hasta alcanzar el puesto de mando, llenándolo de humo y fuego. Así el capitán había quedado demasiado aturdido o directamente muerto como para enviar la boya de emergencia.
La presión de los familiares de los marinos, hizo que por fin la armada soviética reconociera el siniestro. Cuando llegó la ayuda internacional ya habían pasado 16 días.
Hasta 4 horas después de la explosión final los sobrevivientes se refugiaron en la parte trasera del submarino. Se estima que allí sobrevivieron, al menos 16 de ellos, hasta 6 días después de la tragedia. Una terrible agonía. Heridos de gravedad muchos de ellos, sin comida ni agua, en el glacial fondo marino, a la espera de una ayuda que jamás llegaría.
Los supervivientes dejaron 3 notas, de las cuales solo dos se hicieron públicas, y no en su totalidad.
El Kursk fue levantado de su tumba marina por un equipo holandés de la empresa MAMMOET que usó la barcaza Giant4, y 115 de los 118 tripulantes muertos fueron recuperados y enterrados en Rusia.
Los reactores, afortunadamente intactos, fueron llevados a la Bahía de Sayda, y desarmados en 2001.
La tragedia del Kursk I
El poderío de guerra soviético había tenido su pico de desarrollo durante la década del 80, pero a partir de los 90, la falta de inversión había hecho que grandes lotes de barcos y submarinos quedaran sin la inversión necesaria para su correcto mantenimiento. Asimismo, el desarrollo del poderío nuclear ruso había sido destacado, produciendo armas de destrucción masiva de tecnología de punta. Pero, en el mundo globalizado de la década del 90 ya no había lugar para una carrera armamentista declarada, y obras de ingeniería que antes habían sido imponentes, ahora se sumían en la más triste decadencia.
Tal es el caso del K-141, el Kursk, el último submarino nuclear ruso de la clase Oscar-II. Había sido botado en 1994, y era considerado una joya de la ingeniería soviética. Medía 155 metros de largo, y cuatro pisos de alto, y era, sin medias tintas, el submarino de ataque más grande jamás construido. Su velocidad media (sumergido) era de 39 nudos, en términos de velocidad marina, era rapidísimo. Su autonomía –capacidad de funcionar sin atracar- era de 50 días, y llevaba 44 oficiales y 58 marineros. Pero, como con toda obra de ingeniería, a veces una pequeña falla puede convertirse en el principio del fin, en una trágica cadena de eventos. Tal es el caso del Kursk.
Durante la Guerra de Kosovo, en 1999 había cumplido una exitosa misión de espionaje sobre la Sexta Flota de la Marina de los Estados Unidos, y en agosto de 2000 había sido comisionado al mar de Barents, para realizar una serie de ejercicios.
El 12 de agosto del 2000, por la mañana, como parte de los ejercicios, el Kurks debía disparar dos torpedos sin carga explosiva a un crucero de batalla, clase Kirov. Pero, la falta de mantenimiento, y las insuficientes inspecciones realizadas, causaron que se derramara una pequeña cantidad de peróxido de hidrógeno (agua oxigenada) y que se filtrara por la tobera del torpedo. El peróxido de hidrógeno reaccionó químicamente con el latón de la tobera, y como la puerta de la torpedera estaba abierta (una práctica común para evitar que el aire se comprimiera en el tubo), la explosión alcanzó rápidamente el primer y el segundo compartimiento, matando en el acto a 7 marinos, y dejando aturdidos al menos a otros 36.
Pero dos minutos y quince segundos después, una explosión mucho más grande ocurrió. Para este entonces, el submarino ya había tocado fondo. La explosión fue equivalente a la de una entre 3 y 7 toneladas de TNT, y alcanzó los 3.5 grados en la escala de Ritcher, según las estaciones sismológicas cercanas. Alcanzó para abrir un agujero de 1 metro cuadrado en el casco, sentenciando la suerte de los marinos abordo. El casco del Kursk era admirable por su composición química de cromoníquel de 8,5 mm de grosor, con una excepcional resistencia a la corrosión, y tenía un doble fondo, lo que le daba el mote de “insumergible”, si tal característica puede ser aplicada a un submarino.
Felicitas Guerrero de Álzaga

Felicitas Guerrero, según un daguerrotipo de la época
Corría el año 1846 en la ciudad de Buenos Aires. Allí fue donde vio la luz Felicitas Guerrero de Álzaga. Nacida en una cuna de plata, dinero nunca le faltó. Su padre, Carlos José Guerrero fue el terrateniente que introdujo a la raza de vacas Aberdeen Angus al país. Su madre, Felicitas Cueto y Montes de Oca, era también de la alta sociedad.
Felicitas creció hermosa, y deseada por todos. A los 16 años, su padre la casa con un rico adinerado, Martín Gregorio de Álzaga. Don Álzaga era a la sazón un hombre de ya sesenta años. Felicitas no quiere saber nada con ese casamiento. Pero para su padre es una excelente idea, para que la chica sentara cabeza.
Aparentemente, llega a términos con este matrimonio forzado, y realmente comienza a vivir momentos de felicidad, con su esposo. Lamentablemente, la desgracia la perseguiría desde el primer momento.
Nada deseaba más Felicitas que ser madre. Sin embargo, el destino le negó esta bendición dos veces. El primer bebé murió en el parto. Su segundo hijo, Félix, moría a muy corta edad, aquejado por la terrible peste de fiebre amarilla que azotó a la ciudad por 1869. Al siguiente año, fallece Don Álzaga, aquejado por una profunda depresión.
Así Felicitas queda viuda, a una edad de no más de 26 años, y extremadamente rica. No pasa mucho tiempo hasta que se convierte en el blanco favorito de todo caballero que se preciara de tal de la ciudad de Buenos Aires.
Felicitas nunca se decide por ninguno, y así coquetea con todos, pero no le da sus favores a nadie. Uno de estos personajes, que revoloteaban alrededor de Felicitas era Enrique Ocampo, un hombre también mucho mayor que ella. Poco menos que Ocampo se convierte en un acosador, del cual Felicitas no puede despegarse.
El día del trágico final de Felicitas era un día de fiestas y felicidad. El 2 de Febrero, se inauguraría el Puente de la Postrera. La Postrera era una estancia, si, propiedad de Felicitas. El lugar estratégico donde se encontraba, la hacía el paso obligatorio por muchos años de los pasajeros en ruta a la costa atlántica (la ciudad de Mar del Plata). El puente unía Castelli con Chascomús (dos ciudades del interior bonaerense).
Al acto asistiría el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Emilio Mitre.
Ese día, entonces, el 29 de enero de 1872, Felicitas parte hacia Buenos Aires, para comprar algunas cosas que necesitaba para la fiesta. Al regresar, se encuentra con Ocampo. Al parecer, el hombre le reclama violentamente, no haber resultado favorecido finalmente por Felicitas, ya que ella se había inclinado por otro pretendiente.
Sucede que un día, en viaje a una de sus estancias, se desata una terrible tormenta. Felicitas encuentra refugio en una estancia de un tal Samuel Pedro Sáenz Valiente Higuimbothom. Inmediatamente queda enamorada de él. Por lo que ya había tomado una decisión con respecto a Ocampo.
Ocampo no acepta un no por respuesta y le dispara por la espalda. Luego, él muere. No queda claro si se suicida, o el primo de Felicitas lo remata. Felicitas muere al otro día en brazos de sus padres.
Presos de un dolor sin final, los padres, también sus únicos herederos, deciden invertir parte de la fortuna de Felicitas en realizar una iglesia, en el lugar exacto en que Felicitas muere. Así se construye la Iglesia de Santa Felicitas.
Dicen los testigos que se puede ver el fantasma de Felicitas, llorando en los días de tormenta, aferrada a los barrotes del portón de entrada.
El mito de Tiresias
Posted by paulinagallardo in Mitologia Griega, Mitos on September 12, 2009
Tiresias es un personaje recurrente en la literatura heroica griega, famoso por su facultad de la videncia que parece contradecirse con su ceguera física. En la épica y la tragedia (como sucede en la emblemática Edipo Rey, de Sófocles) sus visiones pueden ser la clave del desenlace.

Tiresias, quien no siempre fue ciego como muchos creen, nació en la gloriosa Tebas como fruto de la unión de un mortal, Everes, y la ninfa Cariclea, que vivía en la corte de la diosa de la sabiduría: Atenea.
Muchos han hablado acerca de cómo perdió la vista y se convirtió en vidente casi al mismo tiempo. Algunos dicen que sucedió cuando era muy joven y se atrevió a espiar a Atenea bañándose desnuda. Sintiéndose insultada en su castidad, la diosa lo dejó ciego. Al enterarse, Cariclea corrió a suplicarle que revirtiera su daño, pero como la diosa se veía imposibilitada a devolverle la vista resolvió recompensarlo con el don de la profecía.
Otros dicen que Tiresias fue hombre y mujer, y que con esta historia se relaciona su ceguera y su videncia. Según esta versión el joven Tiresias un día encontró a dos serpientes apareándose y las separó; Hera, molesta por su actitud, lo convirtió en mujer. Luego de siete años volvió a encontrar a las serpientes apareándose, pero no las separó; por lo cual Hera decidió convertirlo en hombre nuevamente.
Por su conocimiento de los dos sexos, debido a su experiencia, Hera y Zeus un tiempo después lo invitan a participar como árbitro de una discusión sobre quién disfruta más del placer del sexo. Tiresias respondió que el hombre goza una décima parte que la mujer, por lo cual Hera muy enfurecida lo dejó ciego. Pero Zeus, para contrarrestar el daño provocado por su mujer, le otorgó el don de la videncia y una larga vida.
Sea cual sea el origen de la ceguera y la videncia de Tiresias, lo cierto es que, según se dice, vivió por más de doscientos años y los héroes más famosos de la historia griega recurrieron a su sabiduría y a su facultad de la adivinación. Tiresias es un mediador entre los dioses y los hombres y a su vez entre las mujeres y los hombres por su experiencia vivida. Es el símbolo del conocimiento del sexo y del destino irrefrenable.
Se dice que Tiresias murió durante la guerra de los Epígones, mientras intentaba huir. Sin embargo, desde el inframundo siguió manteniendo sus poderes, convirtiéndose en un mediador entre los vivos y los muertos, eternamente.

